Sin color

En tiempos remotos, habría logrado escapar ileso de los demonios, como la vez que fui traicionado por los Bacabob, dioses jaguar que sostenían los cuatro cielos. O cuando fui transportado al mundo de las tinieblas y rescatado por mis familiares. Podría inclusive relatar cuando luché junto a Kukulcán contra las eternidades del tiempo y por poco moría en las manos del tiempo y la nada. Pero nada de ello me hizo tan vulnerable como la partida de las voces.

En los días recientes, aún bajo el cielo soleado, caminaba con suma serenidad y era capaz de reconocer los rostros, leer sus pensamientos, entender sus gestos, sonreír en el momento adecuado para recibir un saludo o felicitación sin razón alguna. Los azules que me cubrían, tan sólo eran un manto que me impedía soltar las lágrimas por tu partida. Podría ahogarme en mares azules, ríos turquesa o lagos transparentes y puros, pero sería incapaz de dañar de éste cuerpo que me ha sido prestado, y preferí cantar a un cielo añil que brillaba más y más con una letra creada de la nada y que las voces acompañaban en coro, pero eran voces que se iban apagando poco a poco, quedaban atónitas con cada verso que mi mente improvisaba. Las horas pasaron y mi voz fue la única que quedó. En aquel momento me percaté de la realidad, el cielo se tornó de un cian y luego un triste celeste, síndrome de la desolación que había sufrido en ese preciso momento.

¿Dónde me encontraba? ¿Qué eran todos estos edificios a mi alrededor? ¿Por qué la calle no tenía transeúntes ni automóviles? Las lámparas se encendieron justo en el extraño momento en que el cielo se tornó purpura y luego negro. Los faros brillaban con un amarillo intenso que dañaba las pupilas, pero que eran incapaces de iluminar mi corazón que se sentía abatido por la súbita derrota. Las voces que tan lealmente me habían acompañado por centurias, callaron en un santiamén. Me abandonaron en este mundo de soledad, donde el dorado de mi corazón pasó a ser un ámbar oscuro para luego opacarse y teñirse de ocre. Maldije a los cuatro cielos, recordé la traición causada por ellos, pero ellos ya no existían, habían perecido hace milenios. Me tiré al suelo, y sin el manto azul, rompí en llanto. A lo lejos y bien delineada, una sombra se acercó a mí. Tan blanca como la nieve, me ofreció su mano para levantarme, lo dudé por un momento, pero qué suceso peor podría ocurrir luego de haber sido abandonado en una soledad que poco me afectaba. Y al momento que nuestras manos se entrelazaron, allí estaba ella, vestida totalmente de blanco, hermosos ojos que brillaban perdidamente y magníficos labios que jamás pude probar. Me levanté de un salto por la emoción que esa persona provocaba en mí. Quise abrazarla, pero al momento de intentarlo, la atravesé, el mundo oscuro empezó a derrumbarse y la oscuridad se convirtió en un mundo gris y frío.

Todo cambió repentinamente, el cielo brillaba con un carmesí que cegaba los ojos, debía andar a tientas. Lo poco que podía ver era gris, distintos tonos de gris. Una extraña confusión creaba un sinfín de pensamientos que iban de mi pasado a un falso futuro. Intenté relajarme, pero era poco lo que podía hacer pero intentar olvidar la escena que me rodeaba. Cerraba mis ojos, y continuaba caminando, confiando en mi instinto. Sin embargo, poco a poco disminuía mi velocidad, como si me fuera quedando dormido. Debía abrir los ojos para seguir en vela. Era horrible la escena, los edificios se encontraban fragmentados. Las calles desoladas, todo era gris. Gris oscuro o gris claro, no había otro color. Entonces me rendí ante el sopor, caminé despacio con los ojos cerrados, hasta que me tendí en el suelo. Frio, era frío como como la nieve. Imaginaba una nieve blanca y pulcra. Imaginaba su cuerpo bailar sobre la nieve, su vestido hueso se movía junto al aire, y su cabello castaño ondulaba en armonía con la naturaleza. Hasta que quedé dormido, entonces su cabello se tornó de un rosa intenso, su vestido en rojo profundo y sus labios antes de un rojo coral, ahora presentaban un rojo jaspeado. Esos tonos me incitaban a besarla, a tomarla como si fuese mía, pero me era imposible, cada paso que daba, era un paso en que ella se alejaba.
Corrí, o al menos lo intenté, pues no podía moverme ya, estaba atorado, atrapado, sujetado por un algo que era cubierto por la nieve. Ahora la nieve ya no era blanca, era un rojo pálido, empero, mientras ella se alejaba, la nieve se tornaba rosada. Rosa amaranto era el color definitivo de esta nieve. Ella se alejó, con una sonrisa irónica, soltando palabras ininteligibles. Grité, o eso intenté, pues ningún sonido se generó de mis cuerdas vocales.

Las estrellas se asomaron, doradas y cadmio, otras más de un amarillo acromado. Titilaban de felicidad, burlándose de mi oscuro lamento. Cantaban una canción que no generaba sonido alguno, pero las veía danzar en los cielos, formando intrincadas figuras que formaban serpientes o dragones en el firmamento.
Salté lo más alto que pude para callarlas, pero salté con mayor fuerza y las sobrepasé. Ahora se encontraban debajo de mí, el planeta ya era imposible de ver. Seguí subiendo hasta más allá del cielo que conocemos. Azul, violeta y lombarda era los tonos que ahora podía presenciar. Quería dejar de seguir subiendo, sentía que empezaba a caer, pero estaba seguro de que seguía elevándome. La sensación era horrible, la caída se hizo eterna, hasta el punto en que parecía carecer de peligro. Entonces me azoté contra mi colchón, pero seguía la sensación de vértigo. Bocabajo, intente voltearme o mover siquiera alguna parte de mi cuerpo. No pude, me sentí atrofiado, todo me pesaba. Cerré mis ojos.

Al abrir mis ojos de nueva cuenta, me encontré de nuevo bocarriba, inmóvil aun, mirando el techo de mi cuarto en la penumbra de la noche. Un leve rayo de luz de la luna entraba por mi ventana. Sentí la plateada luz de la Luna abrazarme. Me recargué en ese tenue brazo de luz, y lloré. Fue una noche larga, en la que mi mente caía en un remolino de pensamientos y cuestiones absurdas, donde las incógnitas carecían de respuesta aparente, o es que buscaba una respuesta aún más profunda. Permití que mis pensamientos se lanzaran en el abismo, donde esperaba que no regresaran jamás. La luz de la Luna se fue esfumando poco a poco, hasta que no quedó nada de ella. El color dejó de existir, negro era todo ahora. Cerré y abrí mis ojos, o abrí y cerré mis ojos; lo desconozco, la sensación era la misma. Sentí una leve descarga en mi cabeza, luego en mi cuello y en mi garganta, luego en mis manos y pies. Pensé, si es que a eso se le puede decir pensar. Paré de respirar por un segundo, un minuto o una hora. Todo mi cuerpo se entumeció por un instante, pero ahora no luché por moverme, dejé que la fantasía se apoderara de mí. La ausencia de color era una clara señal, y me entregué a ella.
Mi cama desapareció, el piso también y todo lo que había a mi alrededor, o al menos eso sentí, entonces caí. Pero no intenté nada, me rendí por esta noche, pues pensé que los pensamientos se habían perdido en el abismo. Jamás regresarían. Sería bueno que me perdiera igual y jamás regresara.

En mi ignorancia e insensatez, vislumbré un verde muy tenue y bastante oscuro en la lejanía. Intenté enfocar mi vista, o era una simple alucinación. Pero desperté de mi rendición, e intenté nadar en la nada, buscando aquel verde que se dejó ver por un instante.
Brilló de nueva cuenta en otra dirección. Me moví y seguí el verde. Entonces, detrás de mí, los azules y turqueses, celestes y marinos, me seguían. El negro se consumía y se estrechaba, mientras un muro verde bosque se acercaba a mi a gran velocidad, como estrellas o mariposas decorando el muro, aparecieron puntos de verde oliva, verde lima y verde menta. Los azules y verdes se terminaron combinando. Un color jade con manchas de color cerceta y cardenillo iluminaron el espacio vacío. Un único punto negro quedó en el centro. Se oían los gritos y palabras calladas durante mi viaje. Me producía un terror el sólo oírlas. De pronto un fuerte grito grave provino del oscuro punto negro, seguido de un agudo alarido. Todo el color fue absorbido de nueva cuenta por el punto negro en el centro.

En un instante todo quedó a oscuras una vez más. En un instante, un largo rayo de verde plateado atravesó el espacio infinito. Al siguiente instante, fue un rayo plateado el que atravesó el espacio. Así, sucesivamente. Hasta que desperté en mi cama, como si todo lo anterior hubiese sido un sueño, pero estoy seguro de que no lo había sido, sino aquella fría tarde, no hubiera llegado ella a mi casa a darme un abrazo y susurrarme al oído “Alcancé a rescatarlos antes de que cayeran al abismo”,

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