El canto

A lo lejos se vislumbra un bar, una tienda, unas casas, unas lámparas, unos edificios. Me veo caminando sobre la acera y moviéndome bajo las lámparas que iluminan esta fría noche. Los hogares se ven abandonados, no hay otra luz encendida más que la de las lámparas que se extienden unos tres metros por encima de la gente.
Me veo entrando al bar, y luego saliendo en un estado poco ortodoxo. Pero no lo hago ya, sólo me veo, como una retrospectiva de lo que cometía cada miércoles y cada jueves durante las noches.
Todo lo veo desde la ventana de mi hogar. Miro la calle y me pregunto si valdrá la pena volver a aquel bar que anduve frecuentando algunas semanas atrás. No hay otra opción, más que salir. Es miércoles y me dispongo a beber dos tragos nada más, evito llevar mi cartera para no gastar en otras bebidas que me han transportado a mi hogar sin razón alguna.

Una vez dentro, el cantinero me mira con decepción. Me sirve el trago de mi elección y luego me dice
-Creí que ya habían pasado las malas noches, creí que no te volvería a ver-
-y yo creí lo mismo, pero esta noche tenía que venir- contesté con un tono seco y callado.
-¿cuántos años tienes? – preguntó -He visto a muchos de tu edad entrar y salir, beber hasta morir y todo por un alguien, todo por un beso, todo por un instante-
-Mi edad ya la conoces, así que espero me comprendas-
-¿Cuántos de los que entran aquí realmente querrán a la que tanto adoran? Y ¿cuántos otros viven cegados y obsesionados por la que tanto ruegan? Claramente hay más de los segundos que de los primeros, pero en ti veo algo diferente a los demás-
-¿Existe alguna diferencia?- pregunté con seriedad
-hoy vienes más apagado y sin afán de reír, ¿qué ha sido diferente hoy?-
-nada, la misma vida monótona de cada día, ojalá y hubiera algo nuevo, algo espontaneo, algo inesperado-
-no se mucho sobre el tema, pero venir aquí no es algo nuevo, inesperado o espontáneo. Venir aquí, es parte ya de tu rutina de mitad de semana-

Dos tragos, y regresé a casa. Al llegar, miré mi teléfono. Dos mensajes de voz, el número remitente no se encontraba identificado, así que me arriesgué a reproducirlos. El primer mensaje duraba veinte minutos, pero no había nada que escuchar.
La segunda grabación era la interpretación en violín de alguna melodía que ya conocía. La reproduje tantas veces pude hasta que quedé dormido.
Desperté con un terrible dolor de cabeza, vi el teléfono y no recordaba lo que había escuchado en el la noche previa. Me acerqué, vi el número y reproduje los mensajes. Al escuchar la melodía, tomé mi piano y me dispuse a tocar las teclas, en sincronía con las notas suaves del violín que ella tocaba. La melodía duraba quizás cinco o diez minutos, quizás menos, quizás más. Al terminar, miré mi piano y recordé su bello rostro, su sonrisa, sus abrazos.
Corrí hasta mi teléfono y marqué aquel número no identificado, pero no contestó. Dejé un mensaje de voz, en el cual no decía nada, quería decir hola, pero no salían las palabras de mi boca.
Pensé entonces, si las palabras fallan, la música es la única que puede fungir como un intermediario de los sentimientos entre dos personas, así toqué otra melodía en el piano, una pieza que ella conocía bastante bien.

Aquella noche, me dispuse a caminar por las calles en los alrededores de mi hogar. El cielo se encontraba despejado, aproveché esta oportunidad y lo miré, me senté en una banca cerca de un parque y olvidé mis pensamientos, simplemente contemplé el cielo nocturno. Conforme pasaban los minutos o las horas, más y más estrellas iban apareciendo. Más y más, pensaba en ella.
Antes de la media noche, pasó un último camión que me dejaría en la terminal de autobuses, sin dudarlo, tomé el primer camión que saliera a la costa noreste. Así, poco antes del amanecer, me dispuse en dirección de algo ya conocido, pero ahora desconocido. Quizás fue espontanea mi decisión, pero no inesperada. Aun así, considero que fue un paso para romper con mi vida monótona que llevaba en la ciudad.

Llegué en dos horas al lugar, caminé hasta el puerto y lo recorrí por largas horas. Mire al horizonte, hasta donde el cielo y el mar se vuelven uno. Bajo el ardiente sol de mediodía, me mantuve esperando a que ocurriera lo no planeado, lo no esperado, lo imposible. Y así fue, larga la espera, la luna alcanzó a asomarse y con ella los titilantes puntos dorados que adornan el cielo nocturno.
En aquel momento, vi a una mujer de cabello corto, caminando hacia mí. Me miró con gran alegría, la reconocí y ambos corrimos. Nos abrazamos con gran pasión, con gran bonanza. No queríamos soltarnos, queríamos que el momento fuera eterno. De inmediato, me alejó y antes de que hubiera un cordial saludo, ella dijo –Sé que le has escrito cartas a la luna, que le has dedicado versos y que has permanecido en vela por ella-
-No lo puedo negar- repliqué cabizbajo –Pero era un ingenuo, un joven inexperto, un novato en la escritura y como tal, caí en el cliché de tomar a la luna como inspiración para varias anécdotas y relatos, pero jamás para algún poema. He de admitir que me enamoré de su vestido plateado y azulado, de su frío temperamento, de su sabiduría, de su andar sobre las ciudades y las aguas; pero todo ha quedado en el pasado, y de aquellos amores que tan sólo han quedado como experiencia, como enseñanza, no quiero hablar; como tú tampoco has de querer escuchar – Me acerqué a ella, la abracé y mirándola a los ojos le dije –Ahora miro las estrellas en el cielo, y recuerdo cuan brillante es tu sonrisa. Las estrellas titilan en armonía, cantando una canción muda, pero que en mi mente hace recordar tus bellas palabras, tu encantadora voz y mis recuerdos contigo-
-¿Por qué eres así?- preguntando a modo de broma.
Pensé por un momento, pero no supe que responder, ella rio y dijo –No respondas-
Un largo silencio nos rodeó, para algunos hubiera sido incomodo, pero para nosotros, no era más que un momento en que nuestros pensamientos se comunicaban, en que nuestros ojos miraban más allá del horizonte, en que nuestros oídos oían más allá del sonido de las aves volar. Tomados de la mano caminamos hasta la playa, donde nos recostamos y miramos las estrellas, yo volví a relatar historias sobre las constelaciones, ella en ocasiones contaba sus historias. Reíamos y hablábamos de temas tan variados, parecía que nos conocíamos desde ya hace décadas, pero apenas nos habíamos conocido.
-Te vez muy cansado, ¿no has dormido bien?- preguntó ella preocupada
-No te preocupes, estoy bien, nada que una buena noche no pueda arreglar- respondí
-Entonces haré que hoy sea una buena noche- Acto seguido, comenzó a cantar. Su voz calmaba mi cuerpo y mi mente se disponía a viajar a lugares en los que jamás había estado. Yo sonreía mientras miraba sus brillantes ojos, sus labios se movían con frágil delicadeza y de ellos salían notas agudas y medias que arrullaban mi ser. Pronto, ella me pidió que cerrara mis ojos, tardé en hacerlo, pero el sueño acumulado terminó por hacerme ceder.

Su canto de cien canciones aun resonaba en mi mente; sin embargo, cuando desperté ella ya no estaba junto a mí. Me levanté confundido, pero bien descansado. Miré a mí alrededor y para gran sorpresa mía, me encontraba de nueva cuenta en mi casa. ¿Habría sido todo un sueño? ¿Habría sido efecto de uno o más tragos en el bar?

 

En el fin del mundo (Capítulo previo)

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