En el fin del mundo

Érase una vez, no hace mucho tiempo, cuando por azares del destino (o por mera casualidad), que entre una reunión de amigos me enteré de la existencia de una isla a la que jamás se había podido llegar. Se decía que ni los más experimentados pilotos y marineros habían cumplido la hazaña de llegar hasta tales confines del planeta.
La plática había comenzado quizás poco antes de la comida, y se extendió hasta más allá del amanecer del día siguiente. Conversábamos de tierras lejanas, de ciudades exóticas, de viajes intergalácticos, de la tecnología que aguardaba, de la inteligencia de nuestros antepasados, de los inventos e ideas inconclusas, de la realidad y de los sueños, de la vida y de la muerte, del amor y del desamor, de las experiencias y de los deseos.
Como toda gran platica, empezamos sobrios y terminamos con cierta cantidad de alcohol en la sangre. En ocasiones las palabras se entremezclaban, y las ideas que surgían de nuestras bocas no eran las que habíamos pensado, o peor aún, nuestras ideas no eran siquiera claras cuando se formaban en nuestras mentes, provocando que aquello que salía de nuestra boca, fueran meras incoherencias. Tal vez no era la bebida, sino el cansancio el que nos detenía de hablar claramente y, sin embargo, todos nos encontrábamos en el mismo estado y éramos capaces de comprendernos.
Recuerdo la seriedad con la que hablábamos de ciertos temas, seriedad que era inmediatamente interrumpida por una risa de alguno de nosotros, el tema de plática era cambiado por algún otro que nos permitiera reír, y pronto a llorar. Los sentimientos que tocábamos se mezclaban en pocos minutos, nuestras conversaciones saltaban entre temas muy contrastantes. Apuesto a que cualquiera que nos viera, nos tomaría de a locos, dementes, ebrios, perdidos y sin remedio. Pero nosotros nos comprendíamos, conocíamos el hilo de nuestros razonamientos.
Nuestros relojes parecían haberse paralizado, seguíamos comiendo y bebiendo. Cuando el sol se ocultó, comprendimos que había pasado algún rato, y cuando el sol volvió a mostrarse, nos asomamos sorprendidos a la ventana. Parecía que ya era hora de que regresáramos a nuestras casas, y así fue, nos despedimos unos de otros, y cada quien tomó su camino.

Dos días más tarde, recordé nuestra plática, e intrigado por aquella isla que habían mencionado, investigué sobre las tierras del fin del mundo, pero toda la información hablaba de la tierra del fuego, en Argentina, al sur del planeta. Y aquellas tierras eran ya conocidas y habitadas. Por lo que las tierras que habían comentado anteriormente, seguramente no eran éstas. Continué mi pesquisa entre páginas y foros del internet, pero no parecía haber respuestas.
Pensé por algún momento, por algunos días, y comprendí que había dos opciones, o todo esto fue un sinsentido dicho por dos amigos, o la única forma de encontrar algo que no ha sido siquiera descubierto era buscarlo en forma de mito.
Deseché la idea de que fuera una mentira creada por el influjo del alcohol, así que visité a un viejo catedrático en la universidad del sur. Aquel hombre era ya reconocido por todo el mundo gracias a sus trabajos referentes a los mitos y su historia. Hablé con él y lo primero que me dijo fue “te felicito por tu fe, hace años que aquel mito no había sido tocado” yo sonreí y le pregunté más sobre aquellas tierras, a lo que respondió “Las tierras del fin del mundo, son aquellas en las que los barcos se caen, en donde los mares regresan al fondo del planeta, donde los aviones dejan de volar, donde los vientos dan la vuelta y donde las bestias marinas aun habitan. Hace ya diez siglos o más, se había intentado llegar a tales lugares, a lo más a lo que se logró, fue a una isla, antes de que los barcos cayeran por cascadas sin fin, antes de que los navíos fueran traídos de vuelta a causa de los vientos, antes de que las flotas fueran destruidas por serpientes bicéfalas de varios nudos de distancia, y otros seres que solo es posible encontrar allá. Los hombres ni siquiera fueron capaces de pisar tierra, y se contentaron con rodear la isla. Los tratados de aquellas épocas dicen que los sobrevivientes vieron descender un sinfín de nubes, y que una luz que emergió de ellas, les habló, ellos fueron incapaces de comprender, pero sabían que ya no deberían regresar a aquel lugar. Se creé que allá se encuentran las puertas del paraíso. Pero sólo son creencias que no han podido ser comprobadas.
La última vez que se tocó el tema fue hace un par de años, cuando se envió un grupo de pilotos militares para sobrevolar la isla, perdimos comunicación con ellos en pocas horas. No hubo indicios de problemas meteorológicos o técnicos en los motores de los aviones, simplemente desaparecieron.”

El tiempo pasó y dos años más tarde, me enteré que se estaba organizando un viaje hacia las tierras del fin del mundo, fui el primero en apuntarme, y al parecer el único. Quizás me había apresurado demasiado en inscribirme o el miedo cegaba a las personas a enlistarse a tierras desconocidas. El caso que fuera, me tenía sin cuidado, y yo esperaba con ansias la fecha en que la búsqueda iniciaría. Lamentablemente, eran aquellas ansias las que revivieron un insomnio que hace tiempo ya había olvidado. Tal vez medio año, tal vez un año había transcurrido sin que me peleara conmigo mismo en la cama. Pero estos últimos dos meses, los incontables sueños habían regresado, las pesadillas volvieron a atacar y las sombras se asomaban desde cada rincón de mi cuarto.
Intenté meditar, pero mi mente giraba en torno a cientos de pensamientos de toda índole. Apenas lograba parar uno, cuando cientos más me atacaban. Los recuerdos me debilitaban, cerraba los ojos frente a ellos. Pero las probabilidades del futuro me abrían los ojos a la fuerza, me hacían revolcarme sobre mis sabanas. Sudaba de horror al ver los seres que emergían de las paredes y se alargaban más allá del techo. Mi cuarto se alargaba en todas direcciones, y entre más lo hacía, más sombras emergían. Inmóviles, inexpresivas y negras miraban hacia abajo, hacía mí. Como un niño, intentaba cubrirme el rostro con la colcha, pero esta se encontraba inaccesible. Así, con los ojos cerrados y abiertos, pasaba la noche.
Había veladas en las que era capaz de cubrirme, pero el calor que se generaba era tan sofocante, que me era imposible respirar. Asomaba mi rostro para respirar, y allí estaban las sombras, alargadas, apuntando con sus dedos hacía mí. En ocasiones se agarraban de las manos y comenzaban a girar alrededor de mi cuarto, mientras saltaban y bailaban, Siempre apuntándome con su dedo índice de la mano derecha.
Otras noches más, me sentaba, pues mantenerme bocarriba tan solo me hacía ver cuán alto e infinitamente se elevaba el techo. Pero al sentarme, parecía que me arrodillaba ante las sombras, que comenzaban a murmurar en un dialecto incomprensible para mí. Quería recostarme, pero una fuerza sobrenatural me regresaba a mi posición, sentado, frente a una o varias sombras. Así, terminaba pasando la noche.
Y cuando los ojos no se encontraban abiertos, los sueños y pesadillas se mezclaban, provocando hermosas fantasías que sucumbían en imágenes fatales, provocando que despertara con mi corazón revolucionado. Infortunadamente, no todas las pesadillas terminaban de aquella forma, y estas continuaban mientras yo intentaba correr en calles donde era imposible moverse, intentaba gritar sin voz, o era torturado por golpes de personas que tanto amaba.
Hubo noches en que las pesadillas me transportaban a recuerdos de mi vida, pero eran alterados y cada pizca de felicidad era removida. Una grata conversación, se convertía en un largo silencio entre nosotros. Una fiesta se transformaba en una ceremonia de luto. Un hogar, en un laberinto. Un foco apagado, en un estrés por querer encenderlo; jamás enciende y despierto aterrorizado. Intento encender la luz de mi cuarto, y esta no prende, me entero que sigo en un sueño, aprovecho aquel conocimiento como una ventaja, pero no existe tal. La pesadilla continúa en tantas formas que es imposible describirla.
Cuando finalmente despierto, me levanto de golpe y miro a la ventana, allí la miro, a la Luna, brillante, le pido ayuda, empero ya no funciona. Su luz ya no me acoge como en el pasado, puede iluminar mi noche, pero ya no provoca un efecto positivo en mí. Simplemente se ha vuelto una luz inerte. Le hablo, responde, pero ya no me siento protegido. Vuelvo a hablarle, y responde, pero ya nada es útil. Con su luz me abraza, y he de agradecer su esfuerzo, acto seguido, la luz se desvanece y las sombras me rodean. Cubren las ventanas y quedo a merced de mis más oscuros sentimientos.

Y si acaso la noche es horrible, el día no lo era menos. Me pregunto a ratos ¿cuántas horas habré dormido? Me miro al espejo y veo en mi rostro las marcas de la batalla por sobrevivir un día más.
La falta de sueño me provocaba un cansancio terrible, que terminaba por limitarme en mis actividades diarias. Más de una ocasión me quedaba dormido por tres horas al medio día o justo después de comer. Pero aquello poco ayudaba a reponer mis energías o motivaciones. Y los días empeoraban, conforme los días avanzaban, me costaba trabajo discernir qué recuerdos eran reales y cuales eran falsos. Las confusiones provocaban mentiras en mi mente. Ya no podía hablar de lo que había pasado, temía contar una mentira o una alteración de los sucesos. Miraba a todos con escepticismo, como si fueran ilusiones de mi mente, les hablaba por mero compromiso, pero entre más alejado del mundo estuviera, más seguro me sentía.
Regresaba corriendo a casa, y me encerraba en mi cuarto. No a leer, ni a estudiar, sólo a recostarme e intentar dormir.
El viejo recuerdo regresó, y cada día la lucha era por no caer en el vacío y tomar la vía fácil, a la vez valiente, a la vez cobarde. La incertidumbre era la misma que la que sufría en estos momentos. ¿Habría alguna diferencia entre continuar el camino natural o detenerlo de golpe? Lo pensaba por horas y días.

Finalmente, una noche, dormí como nunca antes. Las sombras emergieron pero dejaron de mirarme. El calor dejo de sofocarme y se convirtió en un abrazo cálido. El laberinto de la pesadilla me envió a un palacio enorme. Era tan blanco por dentro, que mis ojos lagrimaban por la luz. Allí, vi una silueta femenina caminando, parecía que salía de un cuarto y entraba a otro. Yo caminé hacia ella, pero ella parecía no saber de mi existencia. Mientras yo la seguía, ella caminaba entre cuartos. La blancura de las paredes, pisos y muebles, seguía siendo cegadora, por lo que lo único que veía eran siluetas ligeramente oscuras. De repente, le perdía la pista. Esperé un momento, dos momentos, tres momentos; hasta que ella apareció corriendo con algo en la mano, se estrelló contra mí como si no me hubiera visto, y me pidió disculpas, me miró con curiosidad y me pidió que la acompañara a un cuarto, donde me sentó en un sofá y me dijo “duerme, es lo que necesitas”.
Desperté confundido, pero renovado a la vez.
Un segundo sueño algunos días después, ocurrió en el jardín del palacio, desde donde oí tocar las cuerdas de un violín. Las notas no me eran reconocibles, pero la melodía que resonaba en mis oídos, era relajante, mi mente descansaba con tales notas. Y así, una noche más logré descansar.
Hubo, finalmente, un tercer sueño, donde me encontraba en el palacio, dentro de un amplio cuarto, desde el cual la miré caminando por el jardín donde alguna vez me encontré. La joven vestía un vestido rosa o azul, no recuerdo. Quería platicar con ella, conocerla, pero no podía gritar para llamarla desde la ventana. Corrí hacia la puerta, pero esta se encontraba cerrada con un candado. ¿Era acaso un prisionero en mi sueño? No sería la primera vez, por lo que no desesperé. Y desde arriba la veía caminar con gracia, su cabello era largo y rizado, entre negro y rojizo. Caminé por la habitación y vi un piano de cola. Quise tocar algo, pero me era imposible recordar las melodías que conocía. Al principio probé presionando teclas al azar, hasta que finalmente salió una canción muy conocida. Me sorprendí de mí mismo al poderla interpretar sin errores, o tal vez cometí demasiados y no me di cuenta. Continué tocando un fragmento de una pieza, y en ese momento ella abrió la puerta y preguntó “¿Eras tu quien tocaba el piano?” quedé atónito al verla, era aún más hermosa de lo que imaginaba.
Respondí –Lamento que mi interpretación no fuese la adecuada, no quise tocar su piano-
-¿Bromeas?- replicó –Fue increíble como tocaste-
-Gracias- respondí –creo, no sabía cómo agradecerte y te he dedicado esta pieza. Aunque quizás no interpreté tan bien como dices-
Ella dijo otras palabras mientras sonreía, yo también sonreía, pero el sueño se perdía, se desvanecía, yo estaba despertando.

Las pesadillas desaparecieron, el insomnio se fue, y una nueva noche caía sobre mi cuarto.

La fecha de salida de la flota estaba marcada para un primero del quinto mes, sin embargo, no había persona alguna en el muelle o el puerto. Las naves se encontraban, sin embargo, listas para zarpar. Corrí en busca de alguien que me pudiera dar alguna explicación, pero no había a quien preguntar. Recorrí las calles, hasta que finalmente me encontré con un grupo de hombres ebrios que salían de una cantina. Me miraron de arriba abajo, me rodearon y uno de ellos dijo “Tú has de ser el único valiente”. Me alejé ligeramente de él, pues su aliento alcohólico era detestable. Otro hombre luego dijo “Toma las naves, son todas tuyas”. Yo no sabía que responder, y un tercer hombre sentenció “Puedes partir cuando quieras, el clima se ve benévolo esta mañana. Te advierto, sin embargo, que regresarás aún más perdido que nosotros. Te aseguro, en nombre de mis hermanos, que tu mente no será la de antes, perderás tus recuerdos y en el mejor de los casos, no volverás.”
Tan sólo sonreí ante sus palabras, y me alejé de ellos. Caminé hacia el otro lado de la calle, donde me encontré con cuatro hombres jóvenes. Los saludé y le pregunté si sabían algo sobre la campaña para regresar a las tierras del fin del mundo. Uno de ellos respondió que se registraron apenas esta mañana para salir, dos de ellos provenían de familias que se dedicaron a navegar por los mares y los otros dos era investigadores.
Pese a la flota de diez navíos, tan sólo ocupamos uno. Llevábamos ropa suficiente y alimento para más de tres meses. Los aparatos tecnológicos que llevábamos eran de la más alta tecnología patrocinados por diferentes universidades y empresas reconocidas.
En tres horas, ya habíamos partido hacia el noroeste, o al menos es lo que los antiguos mapas marcaban.

La primera semana en altamar fue complicada, y aprovechaba cada noche para mirar el fantástico cielo estrellado y la radiante luna. Estudiaba las constelaciones y uno que otro tema de astronomía. Pero esa sólo era mi excusa para que no me preguntaran por que miraba todos esos días a la Luna. La siguiente semana sería luna nueva, y serían siete días en los que no nos veríamos. En ocasiones platicaba con ella, pero no respondía, entonces la conversación se convertía en una de un solo sentido.
Durante las mañanas salía, y platicaba con mis compañeros, pero no hablaban mucho. Los dos, que eran hijos de capitanes reconocidos, tenían miedo de dirigirse al lugar donde sus padres desaparecieron, y preferían no mencionar palabra alguna. Los dos investigadores, se mantenían estudiando los vientos, tomaban fotos de todo lo que fuera posible, hacían mediciones de todo y leían libros de geografía, historia y física.
Las dos semanas siguientes fueron más calladas que de costumbre, todos nos sumergíamos más en nuestros pensamientos. Pasábamos mucho tiempo en nuestras cabinas, y aunque nos encontrábamos acompañados, nos sentíamos solos. Dejé mis libros de astronomía, para retomar algunos de psicología. Me llamaba mucho la atención el comportamiento que teníamos conforme nos acercábamos hacia un punto en que quizás ya no habría regreso. Paranoicos, comenzamos a dudar unos de otros. Algunos lloraban por un dolor inexistente, otros reían sin parar. A veces no comíamos en todo el día, y en más de una ocasión pensamos lanzarnos al mar y dejar que el barco naufragara. Llegó entonces, durante una de aquellas noches, un sueño. Era el palacio otra vez, aún más brillante que otras veces, allí se encontraba ella, la joven, la princesa que habitaba el palacio. Me era imposible verla debido a la luz, por lo que únicamente la imaginaba por su voz, suave, dulce y de volumen bajo. La sentía un poco lejos de mí. Pero ella hablaba con bastante calidez. “No temas por nuestro encuentro, que las tierras a las que se dirigen no son lo que dicen ser” me decía, y lo repetía, así por toda la noche. Así, hasta el amanecer.

Las semanas seguían transcurriendo, y en mis sueños conversaba con aquella mujer, que aseguraba vivir allá, en el fin del mundo. Mis sueños me mantenían cuerdo, o quizás ya me había vuelto loco y la razón para seguir viviendo era pensar que había alguien allá.
Por aquellas fechas, uno de los marineros se decidió por acabar con su vida. Hasta donde yo sé, duró sorpresivamente veinte días sin dormir. Nos repartimos su comida para nosotros e hicimos una ceremonia para su alma. Arrojamos finalmente el cuerpo al mar.
Todo esto me parecía una locura, un sueño, una pesadilla. Y tal vez lo era, pero la realidad con la que se sentía, me hacía creer que había cometido uno de los errores más grandes de mi vida.
Comenzamos a platicar más entre nosotros, hablábamos de nuestras vidas, de nuestros secretos, de nuestros traumas, de nuestros deseos y aspiraciones. Pero jamás les hablé de ti. La muerte de nuestro compañero nos cambió, dejamos de leer, dejamos de aislarnos. Comenzamos a ser más unidos, y al final, terminamos conociéndonos por completo. Si me preguntaban la vida de alguno de mis compañeros, podía recitarla sin error alguno, podría recitar inclusive los “hubiera” que le provocaron sus errores. Pero la mujer de mis sueños era el único conocimiento, el único fragmento de mí del que me sentía orgulloso. Sentía que si ellos se enteraban de ello, ya no sería yo, ya no sería nadie. Pienso, en estos momentos, que son los secretos los que nos definen como únicos. Es emocionante compartir recuerdos con alguien, pero si no es con la persona adecuada, en vez de compartir, estas quitando parte de tu ser y lo estas esparciendo por allí. Y es lo que creo que hacíamos, nos despojábamos de nuestro ser al hablar de todo sobre nosotros; nos desarmábamos, dejábamos de ser seres y así, los sentimientos desaparecían. El miedo ya no existía, pero el amor tampoco. Ya no éramos felices, pero tampoco sufríamos de tristeza. Así, cada noche, era feliz de conversar contigo. Permitías que mi ser se reformara, que no perdiera mis emociones. Comencé entonces, a escribir este relato. Tal vez para ti, tal vez para mí, tal vez para mantenerme cuerdo, o tal vez para saber que tanto enloquecía cada día.

Un mes y medio, y no hay tierra a la vista.

Dos meses después, seguimos en altamar, a paso lento, peleando contra una tormenta que amenazaba con destruirnos. Hemos perdido comunicación con toda torre de control. Soy el único miedoso del grupo, el único preocupado y ansioso; los demás, ya no son nada, y pelean valiente y perseverantemente contra los intensos vientos de la tempestad. Para estas fechas hemos dejado de hablarnos, otra vez, puesto que ya no tenemos nada que contarnos. Ahora ellos son una especie de autómatas, quizás ya no sueñan, quizás su único objetivo es llegar, tomar muestras y regresar. Ya no se sorprenden, ayer vimos un grupo de ballenas hermosas y enormes, pero para ellos no eran más que masas grises moviéndose en el mar. Las aves, las nubes, el mar; ya no les causaba ni gracia ni aburrimiento, lo veían como un algo que debía estar allí por alguna razón y que no había necesidad de prestarle atención. He de admitir que el mar también dejó de importarme, pero de vez en vez, las olas o las tonalidades de las aguas me producían cierto asombro.

Tres meses después, vimos tierra. Era una isla pequeña, o es lo que alcanzábamos a ver desde arriba. Conforme nos acercábamos, nos enteramos que para llegar a la isla, era menester caer por unas cascadas. Intentamos virar, pero las corrientes nos jalaban hacia la isla, los vientos empujaban y nuestro destino parecía estar sellado. Ellos dejaron de luchar, comprendieron que era la única forma de aterrizar en la isla. Pasaron dos días, tal vez tres o cuatro, y no veíamos para cuando caeríamos por las cascadas.
Finalmente, nos tambaleamos, los vientos eran agudos y fríos. Una densa neblina nos cegó. El sol dejó de iluminar, y el firmamento se apagó. Allí, caímos. Cientos de metros en caída libre, la neblina parecía disiparse, y las cascadas se veían más altas de lo imaginado. Inconscientes, tocamos tierra.

 

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Despertamos en una playa, llena de barcos varados y cubierta de huesos humanos.
Desde la playa buscábamos las cascadas que tocaban los cielos, pero no las hallamos. El horizonte se veía limpio, pero nos encontrábamos desorientados. Todos nuestros aparatos se destruyeron y el barco quedó en algún lugar del mar. El sol nos golpeaba de lleno en el rostro, y nos levantamos con gran esfuerzo. Caminamos hacia el centro de la isla, donde nos encontramos con un enorme lago. Quisimos rodearlo, pero era tan amplió, que cayó la noche y jamás encontramos su final. Acampamos, dormimos y despertamos. Decidimos construir una barca con la madera que se encontraba allí cerca, y preferimos cruzar el lago. Nos adentramos a este, y lo navegamos de forma recta para cruzarlo. Pero no parecía haber nada del otro lado del lago, nada más que agua. Volteamos a nuestros lados, y sólo había agua. Volteamos hacia atrás, y la costa del lago se alejaba de nosotros. La noche la pasamos en el lago, ya sin siquiera volver a ver tierra.
Al día siguiente, continuamos remando hacia algún lado, y una vez más, nos encontramos con unas cascadas, que se extendían a lo largo del lago. Caímos por ellas e inconscientes, arribamos a una playa. Esta se encontraba limpia, carecía de naufragios y se encontraba llena de árboles de todos los tipos imaginables.
Conforme nos adentramos en la isla, nos encontramos con un enorme palacio, y una fortaleza que rodeaba una extensa área.

Yo conocía el palacio, me emocioné y grité “¡Es aquí, es aquí!” Mis compañeros me miraron sin mostrar algún gesto. Me tomaron por loco, y decidieron rodear la fortaleza. Yo les aseguraba que sería más sencillo entrar por la puerta principal. Pero decidieron no escuchar, continuaron su camino, y yo caminé hacia el palacio. Un enorme jardín de rosas de todos los colores coloreaba el camino hacia la entrada. Caminaba con grata bonanza. Veía la enorme puerta dorada y allí me encontré con la princesa. Al verla, mi corazón comenzó a latir con gran ímpetu. La abracé, ella me abrazó.
-Ha sido un largo tiempo desde la última vez que nos vimos- dije con emoción
-No tanto, tal vez dos o tres días- respondió ella riendo
-Para mí, fueron años-
Me invitó a pasar a uno de los cuartos del palacio, en donde se hallaba un piano, un violín, un chelo y otros instrumentos musicales. Era tal cual el cuarto donde la había soñado alguna vez. Platicamos hasta que el sol se ocultó, en ese momento me pidió que saliera del palacio, su rostro de felicidad cambió por uno de estrés y miedo. Me lanzó hacia las calles de la ciudad que rodeaban la fortaleza que habíamos visto antes. –No me busques hasta el amanecer- me dijo.
Me mantuve en vela toda la noche, y poco después de que los gallos cantaran, me permitió entrar al palacio, donde recibí un exuberante y delicioso desayuno. Durante la mañana, conversamos sobre tantas cosas, y de aquellas he decidido escribir la siguiente.
-¿Qué te ha traído por estos rumbos?- preguntó con una hermosa sonrisa.
-La curiosidad. Me habían comentado que aquí los barcos se caían y los aviones desaparecían. Que las bestias marinas emergían de los mares y se comían flotas enteras. Se dice, aun, que este es el verdadero límite del planeta- respondí, luego pensé por un momento y continué –Aunque me resulta extraño imaginar un límite en una esfera. No lo comprendo, por esa misma razón he decidido venir-
-Hace siglos que no vienen personas a este lugar, nuestros libros dicen que hace dieciocho siglos llegaron los últimos marineros o piratas. Desde entonces, nadie nos ha visitado-
-Nos dimos cuenta, en la isla a la que arribamos se encontraban centenares de navíos destruidos junto a los cuerpos muertos de quienes alguna vez los navegaron-
-Llegaron entonces a la isla del fin del mundo. Ese es el límite del planeta, nadie avanza más allá, ¿por qué? No lo sé exactamente, pero mi hermano es un estudioso de aquellas áreas y sería capaz de explicarte con mejor detalle la razón. ¿Cómo llegaron hasta acá? Por cierto-
-Había un lago en el centro de la isla-
-No es un lago- refutó con un tono agresivo, y luego rio –es el mar por el que llegaron, las cascadas por las que volvieron a caer, debieron haberlos regresado a la playa donde se encontraban varados los barcos. Me sorprende que hayan llegado a estas tierras-
-A mí no me sorprende- repliqué.
-¿Y por qué no?-
-Me sorprende el hecho de que nos encontráramos en sueños sin siquiera antes habernos conocido. Creo que estas tierras y tu esconden algo más, por esa misma razón se ocultan de todos-
-Tienes una gran imaginación. Pero lamento decirte que no ocultamos nada, y tampoco nos ocultamos de nadie. Nuestra ciudad fue puesta aquí, y aquí hemos vivido por cientos de años. Estamos atrapados, nadie puede salir sin regresar-
-¿A qué te refieres con que nadie puede salir sin regresar?-
-Hay un camino, al otro lado de la ciudad, donde hay una puerta, la puerta da a un callejón, el callejón da a otra puerta y esa puerta da a algún lugar del mundo del que ustedes vienen. Por ese medio nos enteramos de acontecimientos, avances científicos, literarios, médicos, etcétera. Pero si sales, regresas. Nadie sabe cómo, pero en menos de un día, ya estás de regreso en nuestra ciudad.-

La conversación se alargó hacia temas referentes a nuestra vida personal. La curiosidad por saber más sobre las tierras en las que me encontraba, desapareció. Me interesaba más saber sobre ella, no podía dejar de mirar sus ojos, sus cabellos, sus labios.

Hacia el mediodía me dijo -tengo que acomodarte en algún hogar, este mes será muy complicado para que logremos vernos, pero te prometo que tendrás las comodidades a las que estabas acostumbrado en tu mundo-
Bajé mi cabeza y ella respondió -no te pongas triste, ya nos veremos algún día, y esperó que ese día no dependamos del tiempo-
Fui por mi maleta y saqué unos manuscritos, los acomode y se los entregué –los escribí durante mi viaje, son cartas, versos y frases dirigidas a la princesa que aparecía en mis sueños. Ahora que te veo, te los entrego-
Ella los tomó con gran felicidad, y los ojeó. Entonces exclamó – ¡qué bonita letra tienes!, los leeré con gran atención-
Ambos nos sonreímos y nos despedimos.

Salí del palacio y caminé hacia una calle. Me sentía seguro de mí, como si conociera las calles, como si ya hubiera estado antes allí. Me dirigí a un edificio, donde me ofrecieron un cuarto. Me acomodé; acto seguido, llegó un botones a entregarme un telegrama “veo que has llegado con facilidad. Espera un mes”

Por un mes recorrí las calles. La ciudad presentaba un estilo medieval. El medio de transporte más rápido era el caballo y únicamente era utilizado en determinadas avenidas. Era una ciudad muy limpia, cálida de día y fría de noche. La gente se movía con poco o nulo estrés; de vez en vez se les veía corriendo por alguna extraña razón. Su idioma era muy similar al francés, pero tenían muchas palabras que jamás había oído en mi vida.
Alguno de los treinta días de espera, soñé con la princesa. Y otra noche me fue imposible conciliar el sueño, con lo que escribí una carta para alguien más, alguien que conoce casi tan bien mi vida como yo.
Algunos días más tarde, me enteré que existía el sistema de correo en la ciudad, y que además, existía un método de envió al planeta tierra. No dudé en dar mi carta para que fuese enviada a la persona que quería que leyera mí carta. Hasta la fecha, desconozco si se haya decido por leerla o no.
Entre los aspectos relevantes del lugar, la moneda de uso era intercambiable por cualquier moneda. Me gasté todo mi dinero en alimentos y libros publicados en estas tierras.

Pasó el mes y la princesa y yo nos volvimos a encontrar. Fui invitado a su palacio para cenar con ella. En la cena, ella hizo notar lo sorprendente que escribo. Tal vez así sea, aunque no me considero un buen escritor.
Platicamos de tantas cosas más, le conté cuan maravillado estaba con la arquitectura y color de la ciudad. Hice notar, cuan hermosa sea veía. Reímos tanto, hasta el anochecer. Cuando nos decidimos por caminar afuera del palacio, afuera de la ciudad. Tomados de la mano, recorrimos el majestuoso y largo jardín que se encontraba antes de llegar a la ciudad. Desde allí, observamos las estrellas. Jamás había visto un cielo nocturno lleno de tantos puntos blancos y dorados. Recordé de mis libros de astronomía, algunas constelaciones; y las fui señalando mientras, ella y yo nos encontrábamos recostados en el pasto fresco.

Una hora, tal vez dos más tarde, una ligera brisa trajo consigo la lluvia. Nos levantamos del césped y caminamos de regreso al palacio. A la mitad del camino, la lluvia se convirtió en un fuerte torrente. En aquel momento recordé que en el bote en el que habíamos llegado había dejado algo importante. Le dije a la princesa que debía regresar a la playa, por algo que quizás podría carecer de valor, pero era de suma importancia. No quería dejarla, pero ya que me encontraba afuera de la ciudad, creí conveniente dirigirme al bote. Ella aceptó, sin embargo, lo tomó como una osadía.
La lluvia se complicó y al llegar a la playa, me era imposible caminar en la arena. Busqué, de todas formas, el bote. Las nubes cubrieron los cielos y todo se encontraba totalmente oscuro. Tanteando, llegué a un bote, y allí pasé la noche.
A la mañana siguiente, me di cuenta que aquel no era el bote que buscaba. El sol apenas se asomaba y el frescor de la mañana me traía tantos recuerdos de la infancia. Me senté sobre la arena, y permití que las pequeñas olas tocaran mis pies. Así, me mantuve por varias horas, meditando y mirando al horizonte, observando las aves volar, hasta que quedé dormido.
El sonido de unas aves me despertó. Me levanté de golpe y seguí buscando el bote, pero ya no estaba. Ni siquiera en el que había pasado la noche. Caminé de regreso, empapado y cubierto de arena.
Me sentía muy mal, como un tonto, por haber dejado a la joven luego de una magnifica velada. La dejé por buscar algo que sabía, ya era imposible de recuperar. Toqué la puerta del palacio, y me disculpe con ella. Ella sonrió, y pareció aceptar mis disculpas.
A la otra noche, volvimos a cenar. Caminamos por las empedradas calles de la ciudad, hasta llegar a unas bancas junto a una fuente, allí nos sentamos y continuamos platicando. Mientras mirábamos las estrellas, le contaba alguna historia sobre las constelaciones. Quizás verdad, quizás mentira. A fin de cuentas, un relato. Ella reía, y yo también reía. Nos mirábamos, y nos sonreímos. El tiempo no parecía pasar entre nosotros. Me percaté entonces, de que ella se veía algo cansada, sus ojos se veían pequeños, pero igual de tiernos como siempre. La abracé, y ella se recargó en mí, luego dijo -si me sigues abrazando, me quedaré dormido-
-entonces- respondí –tendré que cuidar de ti, llevándote a tu cuarto-
-creí que me dejarías aquí, cómo la otra vez- respondió con un tono seco, pero con un sonrisa.
-ni me lo recuerdes, que no sé porque regresé a buscar algo que, en el fondo, yo sabía que ya estaba perdido-
Ella se recargó en mi brazo derecho y se quedó dormida. Instantáneas después, unos relámpagos se hicieron notar a lo lejos, una tormenta se acercaba.
La cargué, y la llevé a su palacio, donde la recosté en su cama. Yo me senté en un sofá que se encontraba en el mismo cuarto, y miré como dormía con ternura. La cubrí y me recosté en el sofá, donde también quedé dormido.
En mi camino al palacio, pude percatarme que desde aquí, la Luna se veía muy diferente a como se veía en la ciudad de donde venía. No es que fuera cuadrada, más grande o de otro color. Realmente era la misma, pero cuando la veía, sentía que algo diferente había en ella, la miraba pero parecía inerte, como un pedazo de roca en el cielo. Durante la noche, y poco antes de quedarme dormido en el cálido y cómodo sofá, pensé en la Luna, y el sentimiento incómodo que me provocaba.

A la mañana siguiente, desperté temprano, poco antes que ella, y continué mi escrito. Dos de los sirvientes del palacio nos llevaron el desayuno al cuarto. Cuando ella despertó, no nos dirigimos la palabra. Hasta terminando de desayunar, cuando ella me pidió que saliera del palacio. Su tono era un tanto seco, pero cálido. No lo comprendía. Pronto, me dijo que tenía varias cosas por hacer, pero que esperaba que nos viéramos esta noche.
Yo salí confundido del palacio, ligeramente atormentado no por las palabras, pero por el tono en que fueron dichas.

En la noche, nos decidimos por salir a caminar por el bosque que se encontraba a las afueras de la ciudad, allí ella y yo nos miramos fijamente, yo sonreía y ella también. Le pregunté entonces cuál era su nombre, ella no quiso responder. –No es justo- repliqué con un tono suave –Tu sabes mi nombre, pero yo no sé el tuyo-
Ella bajó la mirada y saltó a abrazarme, para luego susurrarme al oído –Merari-
-Hermoso nombre, jamás lo había escuchado antes- respondí.
La lluvia comenzó a caer y nuestro abrazo continuó, la lluvia cesó, y nuestro abrazo se mantenía. Entonces ella volvió a susurrarme –No quiero que esta noche termine-
-ni yo- respondí
Ella me abrazó con más fuerza.
-Sabes, en el instante en que volvimos a encontrarnos mi corazón se detuvo, no sabía cómo interpretar aquel sentimiento. Y cuando te vi sonreír por primera vez, a mi corazón dejaste encantado. Ahora que te veo y miro tus bellos ojos, veo un brillo que nunca antes había presenciado, veo el firmamento y los cielos en ti. Cada noche que nos hemos visto, quiero dejarme caer en tus brazos. Mientras he escrito cada carta dirigida hacia ti, he pensado y luego querido darte mi corazón. He sucumbido ante tal sentimiento que hace tiempo había enterrado muy en el fondo de mí, creí que no emergería; empero, junto a ti, el mundo me es diferente, hace tantos años que la compañía de alguien no me levantaba tantos sentimientos positivos. Contigo me siento cómodo y en confianza, contigo no he dejado de sonreír, y si lo he hecho es porque aquellos días no nos habíamos visto- dije, y quizás tenía más palabras que decir, pero ni con todas las palabras, podría expresar el sentimiento que tenía ahorita, aquel sentimiento que únicamente pudo ser, finalmente, expresado con aquel beso con que había soñado desde hace algún tiempo.
Y mientras nos besábamos, los cielos se nublaron y un torrente volvió a caer sobre nosotros.
El tiempo pareció detenerse, el beso pareció durar toda la eternidad, pero cuando hubo terminado y la lluvia dejó de caer. El silencio nos rodeó, nos sonreímos y ella bajó su cabeza mientras decía –No deberías darle tu corazón a cualquiera-
-Pero tú no eres cualquiera- respondí
-Gracias- dijo, pero como si quisiera decir algo más, levanté su rostro y vi aquello que quizás había temido, aquello que había decidido olvidar, me alejé de ella y dije –No lo había comprendido hasta este momento, y es que tal vez sigas pensando en él, no puedo yo saberlo- en ese momento, ella volvió a bajar su cabeza con aflicción. Mis palabras se esfumaron, me di la vuelta y sentencié –Confío en ti, como lo he hecho desde la primera vez en que te vi en mis sueños. Confío en que cuidarás bien de mi corazón. Buscaré a mis compañeros, que espero se encuentren aún con vida afuera de la ciudad. Y buscaré la forma de regresar a mis tierras-

Salí de la ciudad en busca de mis compañeros, busqué en los alrededores, pero no hallé nada que me diera indicios de su paradero. Las lluvias continuas, ayudaban a que la tierra fuera sensible a las pisadas. No obstante, esa misma lluvia enlodaba las tierras y hacia que las pisadas desaparecieran. Caminé en todas las direcciones posibles, pero en el fondo sabía que no los encontraría. La gente del pueblo me había comentado que el bosque afuera de la ciudad es bastante salvaje y que prácticamente nadie ha regresado con vida de este. Mi verdadera razón de estar en el bosque, era gritar con todas mis fuerzas, era llorar, era desahogarme, era pensar, eran muchas otras cosas.
Esta noche no había Luna que mirar, aun así, miré las nubes moverse sobre mí, hasta que dormido quedé.

El frío sol del amanecer me despertó con una suave briza matutina. Caminé hacía el mar por donde llegamos y a lo lejos vi unas montañas que se elevaban al infinito. Busqué entre la arena alguno pedazo de madera que me funcionara, pero nada. Regresé entonces, resignado, a mi cuarto en la ciudad. Comí un desayuno sencillo, me bañé, cambié de ropa y caminé al palacio. Dejé una nota en una en la puerta del cuarto de la princesa, esta recitaba así “Quizás me vaya, pero jamás dejaré de pensar en ti. En la lejanía de mis tierras, seguiré escribiendo para ti, y si el tiempo lo permite, volveremos a encontrarnos, con nuevos bríos y sentimientos”.
Pronto caminé hacia la costa, donde las montañas habían desaparecido. La conclusión era obvia, tuve toda la tarde para buscar los restos de bote que hacía tiempo se encontraba en la playa. La noche cayó, y continué buscando. Finalmente, hallé un remo. Excavé en la arena, me metía al mar y busqué algo, y justo antes del amanecer hallé el bote. Lo examiné y grité de alegría “¡Este es el bote en el que llegamos!”.
Miré hacia la ciudad, y luego zarpé al mar, hacia las montañas. No había avanzado ni cien metros, cuando ella, Merari, corrió hasta la costa y gritó mi nombre. Me detuve, pensando si era prudente regresar o seguir mi camino. Me decidí, finalmente, por regresar. Ya en la costa, pregunté. Ella respondió –Somos prisioneros del tiempo, pero ahora que tengo la oportunidad, decido no esperar, hoy es el día en que hemos de volver a encontrarnos-
Se subió al bote y remamos juntos hasta poco antes de llegar a las montañas. Pero el cansancio de las dos noches previas me traicionaba y ya no podía mantenerme más tiempo despierto. Ella se dio cuenta y me permitió dormirme entre sus brazos.

Al despertar, nos encontramos en aquella playa repleta de barcos y cuerpos de marineros de hace centenares de años. Nuestro bote quedó bastante lastimado, pero no lo suficiente como para seguir usándolo y navegar hacia el horizonte.
Ya en altamar, busqué dentro del bote un pequeño compartimiento. Ella me miró con escepticismo y luego hizo notar – ¿Siempre tienes que hacer algo inesperado?-
-No- respondí, mientras seguía buscando algo –Pero aquí hay algo que hice antes de llegar a las costas de tu ciudad-
-¿y qué es?-
-Espera a que lo veas-
Lo encontré, aunque he de admitir que estoy sorprendido que haya sobrevivido. Era un collar hecho con hermosas piedras de ámbar rojo y anaranjado.
-Lo hice pensando en ti-
Ella me abrazó y agradeció por el detalle. Durante el abrazo, cerré mis ojos y sentí la cálida briza en mi rostro, entonces ella dijo –Nos aproximamos a las montañas que se elevan al infinito, hemos de volver a cruzarlas-
Esas montañas que no tenían fin en los cielos, eran realmente las cascadas por las que habíamos llegado. Remamos hasta ellas, pero la fuerza con la que impactaban el mar era tan enérgica que nos alejaba de ellas. Remábamos con ímpetu, pero nos era imposible atravesarlas. Cada metro que nos acercábamos, eran dos o más los que nos alejábamos. El ímpetu con el que las aguas caían sobre el mar generaba un estruendoso sonido, magnífico y digno de la naturaleza.
-¡Se supone que hemos de cruzar las aguas!- gritó Merari. – ¡Tenemos el tiempo contado, si las aguas dejan de caer, estaremos aquí varados, hasta que vuelvan nuevas aguas de tu tierra!- hizo notar con gran horror.
Pensé, pensamos, por uno, dos, tres, treinta, sesenta, ciento veinte segundos, pero ninguna idea surgía. Los segundos se movían, el tiempo transcurría, o tal vez no lo hacía. Era difícil saberlo, puesto que el sol ya no se veía, y aun así, su luz iluminaba por igual todo el océano.
En un ataque de intrepidez, salté del bote y le pedía a la princesa que hiciera lo mismo, ella dudó, pero finalmente lo hizo.
-¿Cuál es tu plan?- preguntó
-Toma mi manó- exclamé –Nadaremos juntos por debajo de las aguas, quizás eso disminuya la fuerza que nos aleja-
Ella me miró escéptica, pero parecía la única idea a la vista.

Arribamos a las playas de mis tierras, lo que haya pasado entre el mar y las cascadas, es cosa que jamás sabré. Mis recuerdos me traicionan y poco o nada recordamos desde que nos sumergimos en el mar para cruzar a este mundo. Intentamos levantarnos, pero el cansancio nos lo impedía. Así que nos mantuvimos recostados y desde la arena, miramos el atardecer. Ninguna palabra fue dicha aquella tarde, ningún pensamiento cruzó mi mente, simplemente disfrutábamos de los bellos e intensos colores que se iban dibujando en el enorme lienzo al que llamamos cielo. Vimos aparecer las estrellas una por una, vimos pasar quizás una estrella fugaz, me volteé y la miré, y miré el cielo en ella. Nos abrazamos, y recostados, esperamos hasta el amanecer.

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One thought on “En el fin del mundo

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