Los tulipanes

Alguna vez sentí algo por alguien que no sentía lo mismo por mí, aunque pensándolo bien, todos en este mundo hemos sentido algo por alguien no correspondido, y pese a ello, seguimos detrás de aquella persona, esperando a que nuestra insistencia muestre compasión en la otra y volteé a mirarnos. Lo que no sabemos, o sí sabemos, pero preferimos no notar, es que aquella persona nos mira hacia abajo, como una piedra molesta en su camino. Con desprecio nos patea y nosotros nos reímos y agradecemos por el gesto de “atención” que nos acaba de prestar. Nos da alas para seguir detrás de ella. Pero, ¿Quién soy yo para hablar del amor? Un joven de apenas veinti-pocos-años. Por otro lado, para el amor no hay edad. En lo cierta están aquellos que lo han dicho. Un bebe ama, un niño ama y un joven ama. Lo que cambia a lo largo de los años, son las maneras en que afrontamos tal sentimiento tan complejo y la forma en que definimos lo que es el amor.

En esos años joviales, me enamora de una joven, apenas mayor que yo por dos años, o por uno, o por siete, o por veinte, no lo sé. Las circunstancias de la vida nos unieron de tal forma, que nuestra relación jamás funcionaría. Cada día, mes y año que transcurría, mi amor por ella crecía. En cierta ocasión, un familiar cercano a ella me preguntó “¿Qué es el amor para ti? O ¿Por qué estás tan seguro de que la amas?” Mi respuesta tardó algunas semanas en ser resuelta. Y he aquí mi replica. “La conozco casi desde mi nacimiento, casi desde los tres años. O desde los cinco. Es difícil decirlo, los recuerdos de mi infancia temprana son muy vagos. El amor fue creciendo a lo largo del tiempo, no fue algo que surgió de un instante a otro. Yo no creo en eso, el amor es un sentimiento que crece. La emoción o liberación de sustancias químicas en nuestro cuerpo son las que nos confunden, nos emocionan y nos deprimen en instantes, no hay raciocinio, hay un desencadenante y un freno. Pero el amor, el amor verdadero implica un raciocinio. O ese es mi punto de vista. He compartido largas conversaciones con ella, y me he dado cuenta que me preocupo por su bienestar, por su felicidad. Por ende, no la forzaría a algo que ella no desease. En nuestras conversaciones, la confianza ha aumentado exponencialmente, nos hemos abierto a temas que no trataríamos con cualquiera. Hemos reído y llorado. Nos hemos enojado y perdonado. Eso es el amor para mí. La amor por todo lo que hemos pasado; y, aunque quisiera algo más, sería simplemente imposible.”

El amor se convirtió en obsesión, perdí la lógica y me volví un loco por ella. Acosándola, llamándole y mensajeándole a cada segundo. Abrazándole y tratando de besarle. El respeto se quebró, las peleas se volvieron imperdonables. El respeto se perdió. La confianza desapareció. Entonces, me decido por hacer un tulipán de origamia cada vez que sintiera la necesidad de hablarle, mensajearle, o de pensar en ella. Llegué a cargar hojas de colores ya cortadas cuando sabía que la vería, si pensaba abrazarla o besarla, me alejaba de todo y de todos para formar uno, dos, tres, cuatro o tantos tulipanes de papel fueran necesarios.

Tres años han transcurrido y tengo una caja llena de tulipanes de papel de todos los colores imaginables. De todos los tamaños. Hasta hace un par de meses, el sentimiento se terminó de diluir.

Es catorce de febrero, y creo que lo mejor será regalarle la caja. Haga lo que haga, ya no es de mi importancia. Sólo he de advertirle que, si los desase, encontrará frases que formarán una historia. Si encuentra el orden apropiado, conocerá mi secreto y tendrá que salvarme.

 

Continuará…

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