Inspiración

La Luna, aquel astro que recorre las noches y va cambiando de fase a través de los días. La Luna nos presenta esa inspiración, ese cliché, para escribir y para dedicar cartas de amor. Pero, ¿por qué? ¿Qué hace a la Luna diferente del Sol? ¿Será que preferimos salir de noche? ¿Será que su vestido plateado, anacarado o simple blanco nos resulta puro o elegante? ¿Será que el vestir dorado del sol nos evoca a la realeza y por tal lo identificamos como un rey y, por ende, un ser inaccesible; en cambio, la Luna como una princesa, alguien más cercano a nosotros? tendría sentido pensar así suponiendo las distancias entre la tierra y estos astros. ¿Vemos a la Luna bella y al sol feo, o es por qué ni siquiera somos capaces de mirar al sol? ¿Qué hay de Venus, nombrada en honor a la diosa de la belleza? Si no es por el nombre, y es por el físico ¿qué hay de Saturno y sus majestuosos anillos? O si somos estrictos, son solo masas de piedra o de gases, girando y moviéndose en la vastedad del espacio.
No obstante, hemos de identificar el género de ambos astros, tan famosos en tantas culturas y religiones. Según la lengua, el astro cambia de género; en algunos idiomas la luna es un ser masculino, y el sol un ser femenino. En otros casos, ambos son seres indeterminados, en otros son ambos mujeres o ambos hombres. Y en otros, como es el caso del español, son El sol y La luna.
Dado que en español la luna es una mujer, o eso imaginamos, dedicamos cartas y canciones a las mujeres en nombre de la luna. Pero ¿y si fuera el Luna, las mujeres nos dedicarían cartas y canciones?
Pese al género, la luna parece ser fuente de inspiración en varias lenguas, ¿por qué? no estoy del todo seguro. Me cautiva ver al astro en las noches, y más aún, en las mañanas. Pero si veo otro astro, no lo hago menos y de igual forma, lo contemplo.

La larga serie de pensamientos concluyó cuando finalmente conocí a la Luna. Tardé bastante en verla en verdad, puesto que ni todas las noches frente a mi ventana, observándola; o en las calles mirando de cerca su vestido; o en las mañanas, viéndola compartir el cielo con el sol; me fueron suficientes para poder distinguir que la joven que se encontraba frente a mí, era la Luna. No daba siquiera muestras de serlo. Un día, ella sonrió, entonces me di cuenta de que aquel brillo en su sonrisa no se comparaba con aquel que hubiera visto en la tierra. Sus dientes y labios formaban un rostro que únicamente había visto en el astro nocturno más próximo a nosotros, la Luna. Me acerqué a ella, y una rápida entrevista, me hizo olvidar mis preguntas existenciales hacia ella. Me provocó una sensación de miedo y de amor a la vez. Su nombre: Selene. Más evidente no podía resultar este encuentro. Nuestras conversaciones eran cortas, no duraban más de diez minutos. Pero conforme me acercaba a su zona de confianza, intercambiábamos palabras, y en unos meses, nos comunicábamos con frases. No tardamos en contarnos cortas experiencias, creo que ese es el punto en que una amistad había nacido. Y no sólo eso, la inspiración. Dirán lo que quieran, pero este escrito, es fuente de la Luna. Quizás la idea de inspiración, proveniente de nuestro satélite natural, no es tan descabellada.

Me pregunté algún tiempo si la Luna, Selene, que había conocido era la verdadera y única, ¿es acaso inmortal? ¿Ha conservado su vida, su edad, su salud, su inteligencia así desde siempre? ¿Se ha mostrado a tantos hombres y mujeres durante la vida de la humanidad? ¿Asciende y desciende cada noche y cada día?

La pregunta tardó un año en responderse, o tal vez más. En el viejo continente me encontré con la Luna, una vez más, pero ésta vez, de nombre Aidana. Dada la experiencia previa, me percaté que era ella la luna. Inmóvil, permití que ella hablara, que ella se presentara y que ella me diera el permiso para hablar. Reaccioné lentamente. La respuesta había sido encontrada, y reforzada con alguien más, Indira es su nombre.

La Luna desciende a nuestro mundo y se muestra ante nosotros en diferentes medios humanos. Para mí, el astro ha de ser mujer, y así ha llegado a mí. Para otros, un él; para otros un algo, un animal, una planta, un recuerdo o un sentimiento.

La luna tiene características muy claras, la belleza, la sabiduría, la sonrisa, la frialdad en ocasiones, la memoria y la omnisciencia. Pero para que alguien se convierta en la Luna de alguien, debe ocurrir un algo, un evento monumental, un cataclismo en tu ser al estar frente al otro ser. La luna causa, por ejemplo, en mí, amor, respeto, valentía, inteligencia, confianza e inspiración.

¿Habrá en el futuro una nueva Luna en mi vida, capaz de agregarse a mi trinidad?
Mi jovialidad e inexperiencia me dicen que sí, el camino de la vida aun es largo, sinuoso, complejo, divertido, asombroso y triste. Mucho hay por esperar y mucho hay que dar.

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