El bucle

Las puertas se abrieron de par en par, y el joven entró con paso dubitativo. Trató de mantener un perfil serio y reservado mientras caminaba por el largo pasillo que únicamente estaba adornado por pinturas de estilo barroco. El joven las contemplaba de reojo, pero se mantenía sereno y derecho, caminando hacia la única puerta al final del pasillo. La iluminación en el pasillo no era buena y una vez que entró a la habitación, la cantidad de luz no mejoró. Una ventana cubierta de polvo dejaba transmitir ciertos rayos de luz solar, pero los focos a medio encender y las oscuras paredes sólo reforzaban el tétrico ambiente en donde el joven se mantenía de pie. Esperó por una hora, sereno.

De la nada emergió un hombre alto y gordo, su vestimenta era elegante, pero no así su lenguaje, que abundaba en expresiones que ridiculizaban al joven.

“Ha sido paciente, pero no así su labio inferior, el cual tiembla de cansancio. Lo hemos observado”

Y de un momento a otro, un hombre y una mujer, igual de altos que el primer hombre, emergieron de las sombras.

“Lamentamos haberlo hecho esperar, pero usted lo ha hecho de manera formidable” dijo la mujer, luego continuó “Su presencia nos avisa que usted recibió con éxito nuestro correo. No dudó en venir. Viste bien, pero su corbata mal doblada y su camisa mal fajada nos indican que ha venido con gran prisa” los otros hombres rieron y ladraron adjetivos para menospreciar al joven, quien intentaba a toda costa, ignorar sus palabras.

“Nos agrada su porte, inmutable, seguro será una gran adquisición para nuestro escuadrón de ingeniería” dijo con voz grave el primer hombre, a quien podríamos llamarle el jefe.

“Tome cien billetes y compárese un nuevo traje, lo veremos a esta misma hora, mañana. Siga con cuidado nuestras instrucciones” concluyó finalmente el segundo hombre.

Así los cuatro se despidieron.

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El joven regresó a la mañana siguiente, cruzó por el largo pasillo y llegó a la habitación. Un computador portátil aguardaba. Las sillas se giraron y los tres individuos del día anterior saludaron; acto seguido, el jefe preguntó “¿Imprimió el mensaje?”

“Sí” respondió firmemente el joven.

“¿Lo entrego en la agencia de correos personalmente al licenciado que nombré en el correo?”

“Sí” volvió a responder

“Entonces cruzó el eje central, caminó dos cuadras hacia el sur y se encontró con el vagabundo vendedor de cigarrillos”

“Así es”

“¿Le entrego la clave?”

“Sí, es esta” respondió mientras mostraba un trozo de papel sucio con unas letras y números escritos en él.

“Ingrese la contraseña”

El joven escribió la contraseña y el computador se encendió, un mensaje de alerta apareció y éste se apagó.

“Verá, el portátil fue robado de una mujer de mediana edad, sabemos que la información que guarda es de suma importancia y su vida, así como la suya y la nuestra, dependen de que aquella información sea extraída. Usted no es el primero en intentarlo, y tampoco sería el primero en morir, si es que llegase a fracasar.” sentenció con una risa juguetona la mujer.

El joven se mostró perplejo y sin palabras, y aunque las tuviera, le sería imposible utilizarlas.

“Usted tiene una tarea más sencilla que sus predecesores, la contraseña le abrirá puertas, sólo no intente abrir las del más allá” concluyó la mujer, mientras le guiñaba el ojo.

Los tres salieron de la habitación, por donde llegaron, por las sombras. Debajo del portátil, una nota en letras doradas recitaba “tiene cinco horas para avanzar, reporte todo lo que suceda, en el suelo hay un paquete de hojas y un par de plumas, entregue con la secretaria de la entrada. Su pago será efectuado mañana por la mañana. Recuerde, el fracaso no es una opción”

Así, el joven continuó, observó por distintos ángulos el portátil. Intentó desarmarlo. Cubrió la webcam por seguridad. Finalmente, la encendió e ingresó la contraseña, tecleó diferentes comandos antes de que el mensaje de error se mostrara. Todo fue inútil. El foco que se encontraba sobre él, parpadeaba, en cualquier momento se apagaría y la única fuente de luz sería el monitor de la computadora. No ocurrió, sin embargo, tampoco hubo avances. Las horas transcurrían, o es lo que cualquiera esperaría, pero el reloj del computador no cambiaba, se mantenía estático, las 12:00 p.m. es lo que mostraba en la esquina superior derecha. Un error en el sistema operativo, tal vez.

El joven intentó por todos los medios que conocía, pero su gran limitante se encontraba en que carecía de conexión a Internet. Se decidió por ingresar directamente al sistema de la tarjeta madre y ver que podía hacer desde allí. El reloj del sistema decía 12:00:00 los segundos se alternaban entre 01 y 00. Aquello confirmó sus sospechas sobre el error en el reloj del sistema. No obstante, ¿cómo podría funcionar el sistema si el reloj del mismo no funcionaba? La pregunta quedó en el aire, en el aire denso de la habitación. Las paredes parecían achicarse conforme el “tiempo” transcurría, sin avances, la muerte se encontraba más cerca. Ingresó la contraseña n veces, dio aceptar n + 1 veces, y nada, nada, nada. La desesperación lo hacía temblar, parecía que moría de frío, pero era el miedo a partir de este mundo. Sabía o sentía que lo vigilaban y, sin embargo, perdió los estribos, gritó un sinfín de palabras altisonantes, golpeó la mesa, aventó al aire los papeles y finalmente, regresó a su silla. Miró con tristeza el portátil, lo encendió una vez más y esté, le pidió la contraseña; él la escribió. El correó se abrió y éste decía

 

“Hemos leído su currículo con gran emoción, sus conocimientos en programación y redes nos serán de gran utilidad. Hemos tomado medidas drásticas, ya que el trabajo que se le ofrece no es del todo público, por lo que hemos investigado su historial con su institución de estudios y en las oficinas donde ha prestado sus  servicios. Recibiéramos una notificación de que ha leído el correo, por lo tanto, si ya lo ha hecho, está amenazado de muerte, conocemos donde vive, su familia y pareja, todos ellos corren riesgo. Ahora, preséntese a los treinta minutos pasado el mediodía de éste jueves. Se le requiere que se presente formalmente, buscamos seriedad y discreción, se le advierte de una vez, que toda palabra dirigida a nuestra persona será motivo de muerte, igualmente, la impaciencia y el temor serán fuertemente castigados.

Gracias por su atención, lo esperamos en la siguiente dirección…”

 

Hoy era jueves, el joven dudó por un segundo, se medió acomodó su traje y salió corriendo hacia la dirección que se leía en el correo. Pensó tener el tiempo necesario, media hora para llegar al punto de encuentro, no obstante, en el computador se veía la siguiente hora 12:20 p.m. El joven salió corriendo y se dirigió a la dirección solicitada, se le hacía familiar el nombre y no cayó en la cuenta, hasta que se encontraba caminando sobre la avenida. El número 2456 era el mismo en donde él vivía, caminó con miedo, pero recordó las fuertes palabras del correo. Se hizo a la idea de que más de una vida dependía de su postura. Se acercó a la puerta del departamento, y esta se abrió de par en par.

 

El largo y oscuro pasillo se encontraba adornado por estatuas en posiciones de dolor, con expresiones altamente realistas, cada estatua era más aterradora que la que le precedía. En sus rostros se podía sentir el dolor, oír sus suplicas, y en sus ojos, perfectamente tallados en mármol, se podía ver el último vestigio de su alma antes de dejar el cuerpo. El joven, caminó a paso veloz, temiendo llegar tarde a su cita. Con su frente en alto, serio e inexpresivo, entró finalmente por la única puerta en todo el pasillo. El cuarto era lúgubre, las sombras lo cubrían y un sólo rayo de luz iluminaba una mesa y la puerta por donde entró. Esperó pacientemente, finalmente, un hombre alto y gordo emergió de la nada; su vestimenta era elegante, pero no así su lenguaje, que abundaba en expresiones que ridiculizaban al joven.

“Ha sido paciente, pero no así sus manos, las cuales tiemblan por el miedo. Lo hemos observado”

 

Y de un momento a otro, un hombre y una mujer, igual de altos que el primer hombre, emergieron de las sombras.

“Lamentamos haberlo hecho esperar, pero usted lo ha hecho de manera formidable” dijo la mujer, luego continuó “Su presencia nos avisa que usted recibió con éxito nuestro correo. No dudó en venir. Viste bien, pero su corbata mal doblada y su camisa mal fajada nos indican que ha venido con gran prisa” los otros hombres rieron y ladraron adjetivos para menospreciar al joven, quien intentaba a toda costa, ignorar sus palabras.

“Nos agrada su porte, inmutable, seguro será una gran adquisición para nuestro escuadrón de ingeniería” dijo con voz grave el primer hombre, a quien podríamos llamarle el jefe.

“Tome cien billetes y compárese un nuevo traje, lo veremos a esta misma hora, mañana. Siga con cuidado nuestras instrucciones” concluyó finalmente el segundo hombre.

Así los cuatro se despidieron.

 

La historia de la mañana siguiente se repitió con el mismo número de acontecimientos, la entrega del mensaje, la recepción de la contraseña, el computador inquebrantable, el reloj inamovible y el correo final que lo solicitaba a una entrevista de trabajo. Así transcurrieron los días, siempre era jueves y siempre asistía a la entrevista; siempre era jueves y ya tenía el trabajo en el que debía ocuparse. Pasaron tres o cuatro jueves, tal vez cinco, cuando finalmente el joven se percató de que el tiempo jamás transcurría para él. Y al mismo tiempo se encontró con que salía de su departamento para regresar al mismo. Así, un jueves decidió asistir a la entrevista, quebrantando la regla del miedo, de la seriedad, de la pasividad.

Regresó a su departamento, donde las puertas se abrieron de par en par y le dieron la bienvenida, el caminó por el pasillo a gran velocidad, mirando con detenimiento las paredes del pasillo. Es cierto, cada nueva entrevista, la decoración cambiaba y se volvía más lúgubre que la anterior. No obstante, ahora el pasillo carecía de objetos en sus paredes o pisos. Todo estaba forrado de un fino y oscuro terciopelo. No había ni una lámpara que proporcionara luz al pasillo. El joven caminaba con el recuerdo de las veces anteriores. Se estampó contra la puerta, la abrió y entró con fuertes gritos hacia los tres individuos que siempre lo recibían una hora tarde. Más nunca se aparecieron, hasta que finalmente pasó aquella hora. El jefe, se acercó al joven y lo miró de arriba abajo “¡Habla!” exclamó “¿No puedes? Creí que tenías deseos de expresar tus emociones, tus dudas, pero veo que has comprendido nuestro correo” respondió el jefe con un rostro serio.

“Su mente se encuentra dando vueltas, se muestra inmutable, se muestra serio, su frente en alto cree que le dará seguridad, pero no frente a nosotros. Su vestimenta, aunque adecuada, presenta errores, ha venido con prisa, pero podrá solucionarse” Comentó la mujer, todos callaron por un instante, un instante que pareció eterno en todo sentido, luego ella comento “Es cierto, has quebrantando las reglas que tanto mencionamos en tu correo de invitación”

El segundo hombre, abrió la puerta y dejó entrar a un señor de edad ya avanzada, para luego preguntar “¿Lo recuerdas?”

El joven intentó responder, pero sus palabras no salían, es más, su boca era incapaz de abrirse.

“El miedo y la impaciencia serían castigados severamente” sentenció el jefe “Nos temes, por eso no puedes hablar. Estás impaciente por morir, por ende, te es imposible articular tus labios” concluyó el jefe.

El viejo era el mismo vago quien le entregó en ocasiones anteriores la contraseña.

“Él tenía la llave a las puertas de tu hogar, ahora sólo tiene, para ti, la llave al más allá” dijo con sarcasmo la mujer.

“Ya no” replicó con voz entrecortada el viejo “Ya no temas, tus palabras no serán más peligrosas que los actos por los que eres castigado, habla” le pidió al joven, quien miró al suelo.

“Las he olvidado”

“Es que nunca las tuviste, por eso no podías hablar” explicó el viejo, luego añadió “Creías tenerlas, pero las incoherencias no son dignas de mencionarse palabras, son sólo letras acomodadas en un sentido arbitrario”

El joven, aún cabizbajo, pidió disculpas al vagabundo, entonces él le respondió

“No te disculpes conmigo, discúlpate contigo, he venido por ti, por tu alma, y la única forma de que puedas librarte del castigo, es disculparte contigo mismo. Ahora míralos, ¿Quiénes son?”

El joven levantó su mirada, se dio cuenta que los hombres eran demasiado altos como para que sus rostros pudieran verse.

“No los ves ¿verdad?” preguntó el anciano “Si no te perdonas no sabrás quienes son y te castigaran eternamente en este mundo, tan pequeño, del que jamás saldrás”

El joven se tiró al suelo, rompió en llanto y se llevó sus manos al pecho, el aire le faltaba y su pulso descendía con gran rapidez.

“Es momento de partir, son las 12:00 p.m. te daré un instante más para que puedas verlos”

El joven se limpió las lágrimas y miró al techo, las sombras se alargaban como altos robles. El instante resultó ser eterno, entre el llanto y la desesperación, recordó sus momentos, tanto insignificantes como gratificantes a lo largo de su vida. Entonces, las sombras disminuían de tamaño. Hasta que finalmente, él miro el rostro de las tres. El los conocía perfectamente, se aventó contra la mujer a abrazarla, el viejo lo detuvo. El jefe le extendió su brazo y el otro hombre miraba con una sonrisa endemoniada.

“Si lo haces, aceptarás ser castigado eternamente, bajo éste techo que lo único que hará será caerse encima de ti, destruyendo tu dignidad, tus virtudes y finalmente, tu vida. Ellos no son lo que aparentan, son únicamente proyecciones de tu mente, es así como los ves, pero no son así. Te has mantenido encerrado en tu mundo, sin siquiera ver a través de la ventana. Vela, la tienes cubierta de mugre, te has reusado a ver. Vives en tus recuerdos, no, ya no vives siquiera en tus memorias, tardeaste en recordar. Vives de los que tú crees que son los demás. Encerrado y con temor al exterior, te crees seguro, pero aquí es donde más has sufrido. ¿Cuántos jueves has vivido aquí? No han sido cinco, han sido incontables. Ve el reloj del computador, frente a ti, ¿Qué hora es?” preguntó con tranquilidad el anciano.

“12:00:01 p.m.” respondió el joven

“¿y ahora?”

“12:00:00 p.m.”

El joven se sentó frente al computador y cerró sus ojos, el anciano de inmediato tomó una postura erguida, sus manos se convirtieron en garras, y de sus hombros y espalda salieron un par de largas alas en llamas.

El joven recordó todas vida, una vez más, así, se entregó a la muerte, quien finalmente le dijo, con severidad

“Este cuarto ya no es tu mundo”

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