Carta al amigo eterno

Me encontraba recostado bajo la sombra de un árbol, aquella fresca sombra producida por las rojas hojas del mismo, aquellas que me cubrían de los rayos provenientes del sol de otoño. Mis pensamientos volaban de una tierra a otra; imágenes reales e irreales se formaban en mi mente. El tiempo parecía no transcurrir, y la digestión debido a la comida previa ya hacía sus efectos. Mis parpados se negaban a permanecer abiertos, por más esfuerzo que hiciera, mis extremidades tampoco apoyaban. Al contrario, de poco a poco me sentía más y más ligero, sin fuerza, sin pensamientos. Como si me encontrara levitando, me dejé llevar al honorable mundo onírico.

Inmediatamente fui despertado por una dulce y aguda voz, con mis ojos entreabiertos vislumbre la silueta de una mujer, sin embargo, los rayos del sol me daban de frente y poco podía distinguir quien era. No obstante, al oír por segunda vez sus palabras, sabía de quien se trataba. Me levanté de golpe, mientras ella se reía de mis actos. Finalmente, le pregunté la razón por la que se encontraba aquí, frente a mí. Ella no dio explicación, y se fue.

Las letras que me dispongo a exponer, no son más que una mera opinión obtenida a partir de un sinfín de sucesos que parecen manejarse con el único propósito de hacerme fracasar. O hacernos fracasar. En más de una ocasión nos hemos encontrado frente a la puerta de quien tanto anhelamos tener entre nuestros brazos, y lo normal es estar esperando bajo la lluvia, la nieve, el ardiente sol; además de enfrentarnos a vientos tempestuosos, sequías y todo tipo de fenómenos meteorológicos.

Lamentablemente, la puerta no se abrirá. En el mejor de los casos así se mantendrá. Sin embargo, mis letras van más enfocadas al momento en que la puerta se abre, la mujer anhelada extiende sus brazos como bienvenida, y una vez que se decide por hacernos entrar a su hogar, nos aleja de manera brusca y cortante. Poco entendemos aquellas señales, pero nuestros movimientos y pensamientos ya no se ven activados por el raciocinio, sino por la fiebre del amor. Así, empieza el cortejo, en el cual uno imprime un exceso de energía, mientras que del otro lado, pasivamente observa y escucha nuestros movimientos y versos. Motivados por la ferviente sangre, somos incapaces de observar la cruda y fría realidad. Si corremos con suerte, caeremos en el famoso y universalmente agujero llamado “friendzone”, pero en caso contrario, seremos utilizados por una mujer despiadada y aprovechada. Tomará cada miligramo de nuestra energía, cada centavo de nuestra cartera, cada instante de nuestro tiempo y cada amigo o posible pareja. Nos cuidará con tanto recelo, pero ella se tomará sus libertades con quien sea. Así, moriremos en sus frívolas manos, abrazados en un gélido cuarto, sollozando por nuestros pecados.

Y cuando entramos a la friendzone, ¿acaso no ocurre lo mismo? Opinó que no, pero cada quien, basado en sus experiencias dirá. La friendzone es un lugar que hemos decidido aceptar como lugar para vivir. Si bien, son ellas las que nos han enviado a esos terrenos, nosotros somos los que terminamos por aceptar y caminamos por nuestra voluntad a las tierras de la ansiedad, tristeza y desesperación. Tan fácil como negar la amistad a alguien con quien no queremos ser simplemente amigos. Tan sencillo como ir al grano con quien deseamos algo más. Tan trivial como expresar nuestro sentir con suma seguridad, entendiendo los pros y contras que aquello implica. Pero hemos optado por la cortesía, por lo políticamente correcto, por no quedar mal, por aceptar una amistad que no queríamos.

Hemos, además, creído que el tiempo es nuestro amigo, pero el tiempo es amigo de nadie. Confiamos en que el tiempo apoyará nuestra campaña, y conforme él camine, ella se rendirá ante nosotros. El tiempo jamás acompaña, es tan sólo una entidad que va a nuestro lado, mas nunca en nuestra compañía. Confiamos en factores externos, culpamos las situaciones ajenas a las nuestras, cuando nosotros somos los culpables de un fracaso o de un éxito.

Cuando hemos aceptado la friendzone, aceptamos que creemos que en algún momento ella se fijará en nosotros. Entonces nos mantenemos presentes para ella, siempre queremos acaparar su centro de atención, la agobiamos y finalmente, perdemos también su amistad. Esto último es lo que queríamos, perder su amistad para llegar a algo más. No obstante, las circunstancias, nos obligaron a perder su amistad para ser nada más. Es entonces, cuando nos afligimos, y rendidos nos preguntamos ¿Qué hice mal?, cuando el problema fue aceptar ser su amigo.

Pero el dolor no culmina allí, sino que se amplifica cuando nos enteramos que nuestra “amiga” tiene novio, y que él es su verdadero centro del mundo, que él es su todo, que él lo tiene todo. La envidia nos corroe, pero nosotros llegamos primero y la quisimos a ella primero. Entonces, incansables, continuamos nuestra amistad para con ella. Creemos… Lo que nos lleva al desenlace de éste relato, la mente puede llegar a ser malvada, diabólica, infernal, y todo lo peor que se pueda imaginar. En nuestra mente imaginamos que su novio la corta, que su novio la abandona y que, nosotros entraremos a escena como héroes para consolarla. Al ser sus amigos, ella encontrara consolación con nuestras palabras y abrazos, y allí se detendrá todo. Continuaremos siendo amigos, puesto que si ella no nos encontró atractivos antes de andar con su novio, tampoco lo hará después de haber terminado. Somos el eterno amigo.

Finalmente, y para evitar todo suicidio, todo sollozo y todo dolor; comento el último desenlace, el sol a través de la tempestad. Cuando ella, termina aceptando al eterno amigo, como su pareja. Una relación fuerte, no forjada en un falso amor de cuento de hadas, sino en un amor que nació de un hombre hacia una mujer, creció junto a amistad de la mujer, adoleció frente al novio de la dama y terminó por madurar pese al rechazo de la mujer.

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