Los dragones de mi infancia

El relato que a continuación sigue, ocurrió hace algunos ayeres, pude haberlo escrito hace tiempo, no obstante no tenía motivos para hacerlo, hasta el día de hoy, cuando por fin los incontables sucesos se decidieron acomodar y completar el extraño rompecabezas que venía flotando desarmado en mi mente.

Hace algún tiempo, diez o quince años atrás, yo vivía a las afueras de la ciudad, próximo hacia un lago que corría con la fama de poseer a los peses más deliciosos del país. No éramos muchos los que habitábamos aquella región, y entre los pocos que residían allí, se encontraba una bella joven apenas un año menor que yo, quien vivía únicamente con su padre y su abuela. Yo la había pretendido en más de una ocasión, no obstante, siempre fui rechazado por su padre.

La joven y su padre salían cada domingo a navegar por el lago en busca de cuatro peces para pescar. Siempre cuatro, uno para ella, otro para el padre, un tercero para la abuela y un cuarto para el visitante nocturno, o al menos eso era lo que ella me contaba. Cada semana se repetía la misma historia. Ella expresaba y describía con tanta vivacidad la presencia de aquel invitado, que una noche, despertado por la curiosidad, me asomé por mi ventana. Por dos horas me mantuve estático frente a mi ventana, vislumbrando entre la oscuridad y los tenues rayos luminosos de la Luna, si algún ser se aproximaba a la casa de mi amiga. No fue así. Sin embargo, ella al día siguiente explicaba con gran detalle como el último pescado había sido comido la noche previa por el visitante nocturno. Algunos la tomábamos por loca, otros más aseguraban que era su padre o abuela quien lo hacía, y otros más, poco le prestaban atención. Fuera verdad o no, su padre le advirtió que dejará de hablar del tema. Así de una semana a otra, nunca más volvimos a escuchar acerca del tema. No obstante, yo seguía intrigado por aquella anécdota, por lo que intentaba sacarle lo más que pude del tema.

Lo que prosigue, son sucesos registrados luego de algunas pláticas con la joven.

En cierto día de pesca, su padre le preguntó a ella si creía en los dragones. Ella respondió con risa sarcástica diciendo – ¿Aún crees que tengo seis años? ¡Tengo catorce! Y no, no creo en ellos-
-Yo te sugeriría que tuvieras más conciencia sobre aquellos seres- replicó su padre –Algunos llegan a ser malvados cuando se les trata con desprecio-
– ¿Por qué me cuentas esto?- preguntó ella con cierta risa
-Considero que estás en edad de saber la verdad-
– ¿Me estás diciendo que crees en ellos?- preguntó con seriedad, para luego alejarse ligeramente de él -¿Acaso estoy loca debido a ti? ¿Estamos locos? En mi escuela tienen razón, estoy loca, ¿cómo pude creerme esta absurda historia del visitante nocturno que se come nuestro último pescado?-
-Princesa, por favor, no me lo tomes a mal- suplicó su padre
– ¿Qué no me lo tome a mal?- refutó ella – Me llamas princesa y quieres hacerme creer en los dragones, ¿Cómo quieres que tome eso con calma? ¿¡Cómo!?-
-Hija- dijo primero con tono de súplica, para luego cambiar su voz a una más grave y enojada –Es imperativo que lo sepas ahora, con calma, a que una sorpresa te impida reaccionar. Lo hago por tu bien, y espero puedas confiar en mi-
– ¿Cómo quieres que confíe en ti?- Rompió en llanto la joven –Me has privado de mi vida, me has obligado a vivir detrás de tu “castillo” y cada que un joven viene a casa, lo miras, lo haces pasar, le hacer unas cuantas preguntas y luego no permites que me vea ¿Por qué lo haces? ¿Por qué?-
– Lo hago por tu bien- respondió –Existen centenares de problemas allá afuera, no estás lista para el mundo exterior. No quiere perderte como pasó con tu madre-
– ¿¡Cómo esperas que no esté preparada, si no me dejas salir, si soy tu cautiva!? Jamás estarás por siempre para protegerme-
-Lo sé, por eso no dejaré que salgas con un individuo cualquiera, sólo un verdadero príncipe será digno de poseerte- Ella se hundía en su llanto, mientras el padre gritaba con fiereza sobre su hija, de inmediato, su temperamento cambio, y con tristeza se acercó a ella y le dijo –no llores, las princesa no lloran- y al intentar abrazarla, ella se lanzó al lago.

Nadó algunos metros, pero en dirección hacia las largas alas, donde sus pies se enredaron. Empezó a hundirse, mientras algunos peces la empujaban al fondo del lago. De la nada, una larga serpiente, de un espesor mayor al normal, emergió de las profundidades y cargó a la niña y la llevó hasta la orilla. La serpiente fue descrita muy larga y muy ancha, con cuernos y ojos puntiagudos. Unos pequeños brazos sobresalían de su pecho. Ella pensó “Un dragón me ha salvado”.
El padre regresó a toda velocidad, y encontró a su hija recostada a las costas del lago. Se la llevó a casa, y allí, ella le pidió disculpas, le describió al dragón que la había rescatado de morir ahogada. Lloró al sentirse mal por la forma en que se había comportado horas antes.
Ella no mencionó el tema en la escuela, ni en ningún otro lado, no obstante, ella había encontrado confianza en mí, y me procuraba los detalles de sus vivencias más extraordinarias.
Otro día, a pocas horas de que saliera el sol, ella dijo haber visto un dragón volar bajo las estrellas. Su color era dorado y carecía de alas. Unos largos y delgados bigotes plateados sobresalían sobre sus fauces y unos pequeños brazos y piernas, le causaron risa. Ella lo contempló hasta que su alarma se hizo sonar y se preparó para ir a la escuela.

Algunos sucesos con dragones siguieron ocurriendo, creo que dos o tres interactuaron directamente con ella, pero todos los demás se encontraban siempre lejos. Volando al atardecer o amanecer.
Así dos años transcurrieron, y nuestras pláticas se habían expuesto a más temas que sólo dragones. Mi corazón ardía cada que vez la miraba, y era tranquilizado con su voz. Me enamoraba más y más de ella, pero nada podía hacer frente a su padre, de quien poco sabía, pues ella poco hablaba de él o su madre. En contraste, le atribuía grandes y apreciables características a su abuela. Sus cabellos castaños claro que eran dorados cuando el sol los iluminaba y casi negros cuando la luna los iluminaba, me encantaban. Su sonrisa sería. Será mejor no continuar con la descripción.

Por fin, ella cumpliría 16 años, y como tal, le correspondía ser invitada de honor en el festival anual del “Ezers” o “el gran lago”. Una celebración en donde se reunían personas de todos los pueblos que habitaban alrededor del lago. Además, se celebraban los cumpleaños de todas las mujeres que cumplían 16 años. Pese a que una enorme cantidad de gente era vista en tal festival, fui testigo de dos presentaciones en las que no hubo mujeres a quien festejar. Dejando a un lado ese tema, se dispone un enorme banquete para todos los invitados. Se baila y se bebe. Las mujeres asisten con vanidosos, vistosos y exuberantes vestidos. Rosa con azul fueron los colores que vestían a la joven. Su padre le advirtió que si ella deseaba una pareja, sería en esta celebración cuando podría encontrarla. Me entera de tal aviso y me dispuse con mis mejores prendas, y pese a mis pésimos pasos de baile, me presenté con gran seguridad. Al verla, con su vestido, su peinado, sus ojos y sonrisa, quedé expuesto, nada pude hacer y fui humillado por otros hombres. La larga tarde, que se convirtió en noche, y ésta en mañana, me la pasé solo, como es mi costumbre en tales eventos. Y no era molesto para mí, si no fuera por ver a dos hombres que fueron aceptados por el padre de mi amiga, alardeando de sus saberes y falsas habilidades. Comí y bebí con ira y decepción. Pronto la perdí de vista por un par de horas, me pregunté a donde se había metido. La busqué por todo el salón y afuera, donde más carpas agrandaban la zona de celebración. Gente por doquier, pero no a ella. Regresé a mi mesa y luego de algunas horas, ella reapareció. Eran pocas horas para el amanecer, y debido a mi flojera, nunca había visto una salida de sol en éste pueblo. Decidí salir, una suave llovizna caía y yo disfrutaba del cambiante color del cielo. Oí, cerca de allí, unas risas, luego una expresión de asombró y luego la voz de mi amiga gritando mi nombre. Me di la vuelta, y era ella, quien corrió a abrazarme. Me dijo haber visto un par de dragones comer las nubes, que era la primera vez que ella los veía hacer eso. Eso explicaría el repentino despeje del cielo, empero, estaba contemplando la bóveda celeste y en ningún momento se me cruzó un dragón. Ella los describió y me explicó que ella le pidió a su padre que no permitiría que se acercan los dos hombres que la pretendían. Ella pasó la mañana conmigo, y debido a que ella no contaba con llaves de su casa, fuimos a la mía, donde dormimos hasta el día siguiente.

A la mañana siguiente, un grupo de hombres armados hicieron despertar a la gente, el hombre jefe era el padre de mi amiga y la estaba buscando, cuando salimos para que ella se fuera a casa, fui atacado verbalmente, y luego físicamente.
-¡Maldito! Secuestraste a mi hija por dos noches, ¿sabes cuál será tu castigo?-
-¿Secuestrar?-
-No te hagas el inocente, te aprovechaste de mi hija y ahora yo me aprovecharé de ti-
El hombre tenía una resaca, como se le veía en sus ojos. Al igual que sus amigos, quienes los mostraban hinchados y con grandes ojeras. Comenzaron a golpearme, hasta que su hija intercedió y por lo mismo, recibió un golpe. El padre de inmediato detuvo a sus hombres y sentenció.
-No sé cómo una princesa sea capaz de defender a un proletariado. Pero ten en cuenta que tus días están contados, y cuando menos te lo esperes, no habrá princesa o dragón dispuesto a salvarte-
Fueron más los locos de sus amigos que sus palabras las que me hicieron dejar el pueblo. Me despedí de ella, con un abrazo seco y una carta, con la dirección en la que podría encontrarme.
Yo vivía sólo y buscaría casa con mis tíos en la ciudad. Buscar a mis padres en las ciudades del norte sería una ardua tarea. A los pocos días recibí la siguiente carta.

“La cabaña que habitabas ha sido quemada, está será la única carta que recibas de mí, mi padre ya sospecha que huiste y está a punto de casarme con el hijo de uno de sus amigos. Los dragones se presentan con mayor frecuencia. ¿Será que intentan ayudarme? Tal vez ahora sea la damisela en peligro. No respondas esta carta, o ambos moriremos. Se despide de ti, tu amada”

Y así terminó una larga amistad entre nosotros, nos conocíamos desde niños, y con una carta que contenía gotas de llanto, ambos fuimos lanzados a una dura realidad.

Diez años más tarde, y mientras visitaba a mis padres en el norte, me encontré con una mujer que se veía muy delgada y decía un sinfín de incoherencias, aun así, tenía el puesto de directora en una escuela primaria. Me topé con ella por azar, mientras buscaba una dirección de unos departamentos en venta. Ella me reconoció, y pese a que yo no, ella aún mantuvo gran efusividad. Pronunció mi nombre y me abrazó. En ese momento sentí su esquelético cuerpo. Me preocupe por esta mujer, quien luego mencionó como sobrevivió a su matrimonio arreglado por su padre. Entonces me llené de terror al verla tan demacrada, su cabello había perdido el brillo, sus ojos que antes eran color miel, ahora eran negros y profundos. Su suave piel, ahora esta agrietada. Y seguramente sufría de desnutrición. Me invitó a comer en su casa, un pequeño departamento, que consistía en una sala-cocina, un baño y una recamara. Ella hablaba como siempre y se había nutrido de gran conocimiento, no obstante, de vez en vez soltaba una risilla maniaca o una frase que carecía de sentido. Su antes piel clarita, ahora se veía manchada. Ya no habló de dragones, sólo de sus varios divorcios y de la muerte de su padre, cuando por fin pudo venir a vivir a la ciudad.
Yo estaba preocupado por ella, por lo que agendé vernos de nuevo en su casa una tarde. He de admitir que cocinaba con gran talento. Y aquella tarde comí de manera espectacular. Habíamos platicado por tanto tiempo, que ya eran más de la once y ella aseguraba que era inseguro salir de casa. Insistió en que me quedara. Aseguró que en su cama, cabíamos los dos. No obstante, al entrar a su habitación, me negué por completo. Sus paredes y puertas del closet se hallaban tapizadas por dibujos de dragones, del pueblo donde vivíamos y dibujos de princesas. Los colores eran varios, pero me impactaba el diseño de sus rostros: ojos y boca abiertos, iluminados de negro. Todo era muy realista. No me quedó más que decir –Eres una gran artista-
Me quedé a dormir, pero no pude dormir, primero por el temor que sus dibujos infundían en mí, y luego porque ella se despertó en la noche y se dispuso a mirar la ventana, perdida su vista en las nubes, comenzó a llorar y a gritar “¡Tú te lo llevaste y no te lo perdonaré!”. Al día siguiente, no hice más que mentir y decir que tuve una plácida noche. Así, me dispuse a contactar a dos psicólogos amigos míos. Les comenté del caso que había visto y ellos me pidieron que la llevara con ellos. Así fue, una simple mentira bastó para llevarla con una psicóloga muy buena, desde mi punto de vista. La sesión duró cinco horas. Al salir, me recomendó un psiquiatra, quien le recetó una dieta, y un par de medicamente. Sacrifiqué un mes de noches. No dio resultado nada de lo que le recetaron. El psiquiatra entonces decidió que fuera internada. Se investigó acerca de sus padres y se encontró una coincidencia. Su papá fue internado en un psiquiátrico en esa misma ciudad.

El padre no había muerto, estaba internado. La joven fue sometida a un largo análisis. Se le detectó, entonces, una alta cantidad de alucinógenos en la sangre. Se me inculpó y fui llevado a juicio. Creían que yo la había drogado. Entonces, pedí que se examinará su casa. Les conté que había llegado a la ciudad y no sabía de ella desde hace una década. Estuve bajo libertad condicional, mientras los detectives investigaron su cuarto. Dentro de él había droga escondida y hongos que liberaban esposar dentro del cuarto. Los dibujos fueron llevados con los psicólogos. Se entrevistaron a testigos que conocían a la mujer, todos decían que llevaba ese cuerpo desde hace par años, pero nadie me conocía. Fui entrevistado repetidas veces, hasta que fui liberado.

Tuve algunos días de descanso, y luego se me ocurrió sugerir que investigaran la casa del pueblo donde ella vivía. Un grupo de policías se fue con el padre y otras más fueron a la casa. El psicólogo que había examinado los dibujos, también acompañó a los policías a la vieja casa. Allí, se encontraron libros de princesas. La sorpresa fue grande, al ver que las ilustraciones de los cuentos, concordaban con las descripciones que la mujer hacía. En la casa se encontraron grandes cantidades de droga. Yo expliqué lo que sabía de ella cuando éramos jóvenes, con ello, se llevó a juicio al padre. Todo esto duró cerca de ocho meses. Cuando el padre fue sentenciado a cadena perpetua. Murió a los pocos días por un derrame cerebral. El hombre tenía una enorme obsesión con los cuentos de hadas, que inclusive, quería que su hija viviera en uno.

Un año tardó ella en recuperarse y estar lista para salir del internado. Yo había encontrado un departamento y trabajo en la ciudad, que decidí cuidar de ella. Le encontré un puesto en la empresa y ella comenzó a desarrollarse ávidamente con los integrantes de la empresa. En su mente, en ocasiones soltaba frases incoherentes o recordaba sus alucinaciones de dragones, príncipes y duendes, causados por las sustancias a las que fue obligada a tomar. Me acostumbré a ello, escribí algunos cuentos basados en lo que ella me contaba. No obstante, una noche en la que no podía dormir, y mientras ella recitaba con ira ““¡Tú te lo llevaste y no te lo perdonaré!”. Abrió la ventana y se lanzó. Era evidente que había muerto, aun así, bajé a ver su cuerpo, a abrazarla y despedirme de ella. Ella lo había lo hecho en la cena, pero no presté atención a sus palabras, las cuales fueron – Hoy estaba pensando en todo lo que has hecho por mí, no tengo forma de pagártelo. He vivido con gran felicidad estos días, que no importaría morir pronto-

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