Tomate un café conmigo

Durante varias noches, cierta joven frecuentaba un café en el que siempre pedía lo mismo, leía algún libro, hacía tarea y se retiraba.

Todas las noches repetía lo mismo, su belleza era tal que muchos se enamoraban de ella, pero temían acercársele, algunos inclusive jamás regresaban a visitar el lugar.

Tiempo después, llegó un valiente hombre que le habló, la joven lo miró con indiferencia y respondió –Tengo novio-, a lo que el hombre no respondió y se retiró.

Así pasaron varios meses, y llegó otro joven, no tan valiente como el anterior, titubeando se acercó a ella y preguntó –Está ocupado ésta silla- , ella negó con la cabeza sin voltear a mirarlo. El joven entonces preguntó – ¿Espera a alguien?- Ella aseveró de igual forma, y sin despegar la mirada de su café, ella le repitió la pregunta, el joven respondió un sí con voz baja, apenas imperceptible. Ella entonces volteó su mirada hacia el rostro del joven y le sonrió. -¿Si no es molestia, podría sentarme junto a usted?- ella, quien además de tomar un café leía un pesado libro, aceptó la invitación del muchacho. El joven pidió un chocolate y  mientras esperaban, ella hizo notar el nerviosismo del joven, él negó rotundamente aquel sentimiento, ella insistió y explicó varios de los síntomas que eran notables a simple vista. Él tan sólo regresó sus comentarios con una risa nerviosa.

-Mejor cambiemos el tema-

-Si eso te hace sentir más cómodo- replicó ella

-Cuénteme, ¿Qué se siente estudiar cinco años de medicina y pronto especializarse en el área de cirugía? –

La mujer entonces quedó perpleja, atónita y respondió –Desconozco que me sorprende más, si el que lo sepas, o que lo hayas dicho con tanta seguridad que todo tu nerviosismo se haya ido-

Él sonrió y ella continuó –Veo que eres muy perspicaz, ¿a qué te dedicas?-

-Estudio ingeniería-

-Perspicaz e inteligente- dijo con asombro, y sin borrar la sonrisa de su rostro.

-No tanto, admiro a los médicos, ellos sí son perspicaces e inteligentes-

-Ojalá fuera así, nosotros no tenemos ese pensamiento abstracto como ustedes, seguramente eso te llevó a concluir de manera acertada, pero dime ¿cómo?-

-Verás, es algo simple, tan sencillo que se perderá el asombro. Cuando entré estuve a punto de pisar la manga de tu bata que sobresale de tu mochila, tu libro proviene de la biblioteca de la universidad. Esto me dio el perfil de médico. Lo que sigue, me duele decirlo, pero te ves muy joven para el tiempo que llevas estudiando, no obstante, se puede detectar alrededor de tus ojos unas minúsculas arrugas imperceptibles ante cualquiera, pero que demuestran quizás una edad mayor a la esperada, y para corroborarlo, de entre las hojas del libro sobresale una nota con la inscripción de cirugía. Era muy aventurado asegurarlo, pero calculo que tienes entre 25 y 26 años.  Disculpa mi atrevimiento, pero si no hubiera sido por el análisis, la consideraría de unos 22 años-

Él respondió, ella se terminó su café, así como guardó su libro.

Ella nunca dejo de sonreír, y su asombro iba in crescendo. Ella dijo, cuenta más, a lo que el joven refutó –No, cuéntame sobre ti, no necesariamente de tu escuela, pero de algo que te haga feliz-

Y así se pasaron dos horas, ambos intercambiando experiencias y comentando temas de todo tipo, y conforme se adentraban más, se daban cuenta que tenían centenares de opiniones en común.

Por fin, la madre de la joven llegó por ella, y el muchacho debía partir. Ambos, a lo lejos se preguntaron quizás la pregunta más importante que nadie jamás sería capaz de olvidar “¿Cómo te llamas?” El nombre de ella se perdió en la vacuidad de la noche, pero el de él si llegó a oídos de ella.

 

Transcurrió una semana, y  durante una larga e intensa lluvia, mucha de la gente entraba al café a guarecerse, entre ellos muchos jóvenes vivaces que intentaban hablar con la dama, que día con día se volvía más y más famosa por la admiración que le era recibida. Y aún más famosa, por los rechazos que ella otorgaba. Entre toda la gente, llegó el joven quien había interactuado por fin con ella hacia siete días atrás. Él llegó empapado, cabizbajo y temblando de frío. De inmediato ella se levantó de su mesa y gritó -¡Eduardo!- corriendo a ayudarlo. Pero no había mucho que ayudar. Ella recogió sus cosas, sacó un paraguas y le dijo –acompáñame- Ambos salieron del café y ella lo llevó a su casa.

Allí, ella le dio una toalla para que se secara y le proporciona una playera y pantalón secos que pertenecían a su hermano, pero que ya no vivía con ellas. Entonces, ella lo invitó a cenar con su mamá.

-Me gustaría seguir conversando contigo dentro del café, pero hay un mar de ojos y oídos acechándome, ya me es imposible estar allí-

-Yo, bueno- titubeando –Te lo agradezco bastante-

Ella presentó a Eduardo como su mejor amigo ante su madre, ella entonces dijo –Finalmente nos conocemos, mi hija se la pasó platicando de ti toda la semana, sobre todo lo que has hecho y cuan interesante eres-

Eduardo empezó a sentirse incómodo, pero conforme hablaba, la madre de la joven empezó a darse cuenta de que quizás su hija no mentía después de todo.

Al finalizar la cena, él le ayudo a recoger la mesa y se ofreció a lavar los trastes. La lluvia había finalizado y el joven pudo retirarse a su hogar, con un corazón embellecido y alegre.

 

Después de aquella cena, no volvieron a verse, y él iba a su casa, pero nunca estaba. Así fue por dos o tres meses. Entonces Eduardo se decidió por escribirle cartas, explicando lo que él hacia durante su semana. A ella, aquello la mantenía cautivada, y un día ella se dispuso a visitarlo a su hogar, donde desafortunadamente no se encontraba. Y así uno u otro se buscaban y nunca se encontraban, ella pronto optó por igual escribirle. Todas las cartas finalizaban con un “Vamos a tomarnos un café”.

Por fin llegó diciembre, cuando ambos concordaron. Bebieron un café y él dijo

-Hasta aquí hemos llegado, podríamos alargar nuestro tiempo seis meses más, pero no lo veo posible-

-¿Por qué?- preguntó ella confundida

-Ya no tengo con que sorprenderte, con que alegrarte, con que confundirte o que contarte-

-No necesitas de eso para que sigamos juntos-

-Nunca lo estuvimos, eso es lo peor-

-Pero seguiremos siendo amigos-

-Me dolerá aceptar la verdad, puesto que yo siento algo por ti, y no podría siquiera continuar dirigiéndote palabra alguna sin sentir un dolor en mi pecho-

-No lo hagas- suplicó ella

Él le dio la espalda y concluyó – Si no hay sorpresa y miedo, alegría y tristeza, confusión y sabiduría, nuevas y viejas historias; ¿de qué sirve nuestra unidad?-

-Somos felices como somos, compartimos tanto en común, nos escribimos con tanta gracia y entusiasmo, que inclusive somos capaces de sentir lo que el otro sintió-

Eduardo se dio la vuelta, la miro, le limpió las lágrimas que escurrían por su bello rostro y replicó –Aquí está mi última carta, ábrela cuando llegues a tu casa-

Ella intentó rechazarla, pero él le abrió su puño y la colocó en su mano. Finalmente, y cuando parecía un adiós seco, sin tacto, la beso en sus radiantes labios.

Ambos se abrazaron, se besaron, lloraron, gritaron.

Acto seguido, y al darse cuenta que la gente los observaba absortos y sin expresión en sus rostros, ella preguntó -¿Quieres ser mi novio?-

-Esa era mi línea- respondió él, quien tomó su chamarra y se fue. Dejándola sin respuesta. Allí, ella se mantuvo, llorando e hincada en el suelo, rodeada por decenas de miradas. Se sentía mareada, poco le importaba lo que pensaran de ella. Por varios minutos intentó recuperar el aliento, y cuando lo logró, salió corriendo de la cafetería, empujando a quien se le atravesara.

Cuando llegó a su cuarto, lloró hasta quedarse dormida.

Al día siguiente, despertó con su puño ensangrentado, había mantenido la carta de Eduardo en su mano toda la noche, ya que las esquinas de la hoja le habían cortado. Ella abrió la carta y leyó:

 

“Mi respuesta es: sí”

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