Esperando al amor

La cantidad de vueltas que ha de dar el mundo antes de que te reencuentres con quien alguna vez cruzaste caminos, no es predecible, es más, ni siquiera es posible determinar si aquellos que alguna vez se encontraron, vuelvan a hacerlo. Siempre tenemos esa pequeña esperanza dentro de nuestro ser, pensamos sobre el nuevo reencuentro y con ansias nos sentamos a esperar algo que muy probablemente, jamás ocurra. Nuestro gran error es quedarnos quietos, aguardando pasivos por algo que ocurrió cuando estábamos en movimiento.
La siguiente historia, es producto de dos conversaciones que tuve con Tonatiuh y Ehecatl hace algunos ayeres.

En aquellas tierras cercanas a la ciudad, vivía una joven de brillantes y redondos ojos. Era considerada como un símbolo de belleza en la región, en la cual no habitaban más de diez o veinte mil personas. Ella, por el contrario, no se consideraba la más hermosa, pues sabía que su pueblo no era todo el mundo. Pero pocos en el pueblo habían logrado salir y conocer otros parajes. Ella había salido hacia diez años atrás, cuando ella apenas contaba con doce años de edad. Visitó la ciudad capital, así como la ciudad del oeste. En ellas descubrió lo que mucha gente jamás había visto en toda su vida, viviendo en el pequeño pueblo. Su asombró fue tal, que jamás olvidará lo visto y vivido.
Al regresar con su familia, se sentía incompleta, el lugar donde había crecido, carecía de sorpresa, de innovación y de vida. De hecho más de la mitad de la población allí, rebasaba los 50 años de edad, y los más jóvenes superaban los 35. Pocos eran quienes tenían menos de 20 y la población decrecía rápidamente. La medicina química no era conocida, y varias enfermedades no podían ser atacadas con la herbolaria clásica.
La joven, siempre era pretendida por varios hombres en un mismo día, pero ella les negaba la entrada. No eran tantos los hombres en edad de contraer matrimonio, por lo que en un mes, los mismos hombres repetían su cortejo hacia la mujer.
Su madre le insistía en que aceptara a un esposo pronto, ya que su belleza no duraría lo suficiente y pronto ella se convertiría en la persona desesperada por obtener quien la amase. Ella se negaba a las encomiendas de su madre, quien era la que principalmente invitaba a los hombres a cenar. Pero ella los dejaba esperando, pues ella aseguraba que su futuro se encontraba en la ciudad. Y como todo sueño, tenía sus limitantes. El dinero no era la moneda predilecta en su pueblo, pues aún se confiaba en el trueque. Un sólo supermercado, con escasos productos, residía en el centro del pueblo. Y era el único lugar donde era posible usar dinero como tal. A los hombres que se dedicaban a ofrecer productos como ganado, madera o productos de la agricultura, hacia las ciudades, eran quienes recibían dinero para gastar en el supermercado. Por lo que salir a la ciudad sin recursos, no era una opción viable, si lo que se quería era buscar un mejor estilo de vida. Aunque, técnicamente, ellos no sabían que estilo de vida era el que se encontraba en las ciudades, pues prácticamente nadie había salido del pueblo.

Un día, los hombres desesperados por una mujer, se organizaron para ofrecerle sus alimentos y dinero, pero como ellos sabían que ella se negaría, le tenían una trampa para secuestrarla. Y así fue lo que ocurrió. Ella fue entregada al brujo (médico) del pueblo, quien decidiría que hacer con ella. La respuesta la encontrarán en la mente pervertida de las persona.

Por otro lado, en la ciudad capital, un joven de igual edad que la joven, pensaba día y noche en aquella niña que había conocido hace ya varios años. Se encontraron en tres ocasiones, antes de que dejaran de verse. En la ciudad capital, su padre le dio un tour guiado al hombre del pueblo, quien iba con su hija. El segundo encuentro se dio en el autobús en el que ambos viajaban hacia la ciudad del oeste y, finalmente, ambos se reencontraron una tarde en un quiosco de la ciudad, antes de que ambos regresaran a sus respectivos hogares. En sólo una de las tres ocasiones, el niño y la niña compartieron palabras. La voz de ella era suave y relajada, sus labios delgados pero de un gran color, y sus mejillas, aquellas con las que el niño molestó a la niña, eran lo que el más extrañaba de ella. Nunca intercambiaron nombres.
El ahora joven, tuvo relaciones poco duraderas con algunas amigas, mas nunca fue capaz de llenar el hueco que aquella niña le había provocado.
Cada noche y cada mañana, el joven recitaba tres poemas al aire, uno a su madre, otro a su abuela y otro a su amor de la infancia. Cada poema era escrito por él minutos antes de recitarlo. Ehecatl me comentó que él se encargaba de entregar los mensajes, aunque no aseguraba que ellas los oyeran. El joven vivía, pues, lejos de sus padres, y por cuestiones de trabajo y estudios, rara vez los visitaba.

Pasaron quizás dos traslaciones, dijo Tonatiuh, y la joven, quien había sido secuestrada, ya tenía dos hijos, uno del brujo y otro de un segundo hombre que venció a los demás pretendientes en una pelea cuerpo a cuerpo. La joven había sido puesta en libertad luego de que diera a luz al hijo del brujo, entonces este dijo “Ella está lista para tomar a alguien de ustedes por esposo”.
Cinco años se mantuvo ella al lado de su hombre, quien con poco cariño la trataba, es más, jamás le prestaba atención, si no era porque su hijo sufría de algo. El hijo aprendió al padre y poco respeto tenía frente a su madre. Ya harta de aguantar, cierta noche robó el dinero de su esposo y salió a la ciudad, donde se encontraría por azares del destino al niño que alguna vez conoció.
Ambos se miraron fijamente, ella intentaba recordarlo, pero en su angustia y estrés, sólo consiguió pedirle ayuda. En tanto, el joven le ofreció su hogar para que pudiera dormir.
Ella se levantó al día siguiente a hacerle de desayunar y a limpiar su cuarto, el joven creyó que ella sentía lo mismo por él, que el por ella. Lo cierto es que ella lo hacía por costumbre, pues había crecido con la creencia de que toda mujer debe servir a todo hombre. Cuando el joven se enteró de ello, le explicó que las cosas no son así desde hace un largo tiempo. Desde entonces ambos cocinaron juntos, limpiaban juntos y disfrutaban juntos. Él le enseñó a bailar y varios temas de ciencia y cultura que jamás hubiera aprendido en su pueblo. Así fueron los meses más felices que los dos hubieran vivido en sus vidas. Hasta que él encontró, entre las ropas de su amada un anillo, él la interrogó y ella contó, mientras lloraba, como la trataron en su pueblo. Él no podía creer cuan salvaje podría llegar a ser el hombre, aun así, le dijo que él estaría con ella hasta el final. Le encontró un trabajo y pronto formarían una familia. Y fue allí cuando las cosas se pusieron turbias. Pesadillas de muerte se le mostraban en los sueños de ella, temía por su vida. Ella poco hablaba y cada vez más se distanciaba, hasta que escapó a su pueblo sin decir adiós.
A mitad del camino, recordó que se encontraba ya embarazada y que la asesinarían si ella regresaba. Entonces huyo a la ciudad del oeste. En aquellos días, el esposo de la mujer y el brujo, llegaron a la ciudad capital, donde siguieron por intuición, el rastro de la dama. Como oliendo las prendas de la mujer, dieron a dar con el joven, quien fue secuestrado y llevado al pueblo.
Allí, el padre de la dama, quien siempre defendió sus ideales, yacía colgado, y semejante futuro le aguardaba a él. El joven jamás habló mal de ella, ni dijo dónde podría estar, simplemente se reservó a recitar sus últimos poemas al viento. Así, y mientras yacía colgado, Tonatiuh, lanzó un potente rayo a la soga del joven, con lo que esta se rompió.

El joven recitó finalmente “No me protejas, cobija a la dama del pueblo” y así él huyó al sur, ella dio a luz a una niña, y juntas vivieron felices en la ciudad del oeste, donde la madre recitó en su lecho de muerte unas palabras que llegaron a oídos del joven, ahora viejo, eran susurros de amor, que eran ininteligibles, pero que él pudo comprender una noche al girar su cabeza al cielo, donde una nueva estrella brillaba y protegía al hombre que alguna vez la amó. La hija huyo al sur, en busca de su padre. Por varios años recorrió el sur del país, pero cuando lo encontró, ya era una estrella a la izquierda de su amada, de nombre Citlalli.

Fin

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