Las galletas perdidas

Hubo en cierta ocasión, un suceso que me dejó una gran incógnita en mi mente, la cual, increíblemente, sigue sin poder ser resuelta.

Eran ya pasadas las cuatro de la tarde, el sol iluminaba con esplendor la tierra y en los cielos no había nube que se opusiera a sus rayos. Recuerdo haber llegado de la escuela con un paquete de galletas ya abierto, estaba a punto de acabármelas, cuando pensé en mi mamá y opté por dejar cuatro o tres para ella. Una vez llegué a casa y saludé, le ofrecí las galletas, pero ella únicamente se decidió por tomar una. La acompañe un rato a ver la televisión; pasados unos minutos, le ofrecí de nueva cuenta las galletas restantes, pero ella las rechazó. Entonces pensé para mí que tal idea era buena y me beneficiaba, ya que podría comer dos galletas más que no tenía en mis planes. Pero no me las comí al instante, sino que las dejé sobre la mesa y me decidí a subir a mi cuarto a recostarme un rato.

Unos quince minutos habrán transcurrido antes de bajar a comer, pero antes de ello, planeé comerme mis galletas, las cuales, para mi sorpresa habían desaparecido mágicamente. Decidí no pensar en ello mientras comía, pero luego me molestó el hecho de desconocer el destino que habían tenido.

Más tarde, mi madre preguntó con una risa nerviosa, si ya había descifrado el misterio de las galletas. Negué molesto, acto seguido, continué con mis tareas, olvidándome del asunto.

Ahora me pregunto, que fue lo que ocurrió. ¿Será que mi mente borró el recuerdo que consistía en haberme comido las galletas sobrantes? o ¿mi mamá se las comió, suponiendo (y acertando) que olvidaría lo que había hecho? o, en el peor de las casos y como a veces me ocurre, ¿pude haber tomado el empaque de cabeza y haber tirado las galletas? Existen razones para pensar en las dos primeras preguntas, pero ninguna a favor de la última suposición, ya que regresé a los lugares en donde estuve y no encontré ni galleta ni migaja alguna.

Explicaré entonces el análisis de la primera pregunta. En ocasiones soy muy distraído y pongo poca o nula atención a lo que hago, provocando que olvidara el suceso. Una segunda respuesta, más escalofriante sería, que el olvidar haber comido las galletas pudo haber sido provocado por el hecho de no haber querido realmente compartir las galletas, entonces el saber que ya no tendría que hacerlo me llevaría a sentirme mejor, pero al mismo tiempo y como autocastigo inconsciente, pude haber reprimido el disfrutar de las galletas. Por último y como tercera respuesta, podría ser que, dado el hecho de haber tomado una siesta haya olvidado los sucesos ocurridos momentos antes de dormir, idea que desapruebo y que, sin embargo, me ha ocurrido.

Para responder la segunda cuestión, únicamente puedo hacer notar la risa nervios de mi madre al preguntarme el paradero de las galletas.

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