Cenicienta III

El baile

Llegó el día de la fiesta, y las otras damas se esforzaron por mantener sucia la casa, cosa que poco le importó a Cenicienta, pues no tenía vestidos que usar ya que sus hermanastras los tenían en su poder.
Poco antes del anochecer, ella se quedó en la soledad de su hogar, rompió en llanto y se dirigió a la tumba de su madre; allí, los pájaros cantaron y le llevaron un hermoso vestido negro, con zapatillas brillantes y un delgado velo que le cubría el rostro sucio. Y ocurrió, de suerte, que iba una noble familia al castillo y se encontraron con la hermosa Cenicienta, le preguntaron si también iba a la fiesta y ella asintió.
Una vez en la fiesta, miró al apuesto príncipe bailando felizmente con una de sus hermanastras, aquella de virtuosa voz. Así, por varias horas, las mujeres bailaban con Fabio, hasta que por fin, llegó Cenicienta. A pesar de tener el rostro cubierto, él pudo hacer notar que ella era la indicada. Sus movimientos y su cuerpo dieron las pistas, pues un hombre enamorado encontraría siempre a su amor, aunque éste no le fuera correspondido.
Ambos bailaron hasta poco después de la media noche, cuando ella recordó que sus hermanastras regresarían en poco tiempo a la casa. Sin decir palabra alguna, salió corriendo del castillo, Fabio ordenó a los guardias que la detuvieran, pero ella fue más rápida que sus palabras y ya se encontraba cerca de casa. En la planta que le regaló su padre, dejó el vestido y las zapatillas, se cambió e instantes antes de que llegara la hermanastra con sus hijas, ella ya se encontraba tendida junto a la chimenea.

A la noche siguiente, Cenicienta seguía aún sucia por las tantas tareas del hogar. Pero tan pronto las mujeres salieron, ella si dirigió a donde había dejado su vestido, pero para su gran sorpresa, este había sido sustituido por uno aún más hermoso que el anterior, de color rojo y blanco, con zapatillas de terciopelo de igual color que el vestido. Se colocó el nuevo velo y se dirigió en su caballo al castillo. Allí, el príncipe la recibió con gran felicidad, bailaron y bailaron por horas, y una vez más, ella volvió a escapar. Pero Fabio lo supuso y le dejó ir, para poder seguirla y averiguar donde vivía.

A la mañana siguiente, el rey le pidió a su hijo que esta noche bailara con una mujer diferente a la de las noches anteriores. Fabio se opuso a tal idea, pues él ya sabía con quien quería casarse. Durante la comida previa al baile, familiares y amigos de otros reinos les disgustaba la idea de que Fabio se casara con una mujer de pueblo, además de que ella no era tan esbelta como el resto de las damas de la nobleza, pero tal imperfección o perfección era una de las cualidades que llamaban la atención al príncipe.
Félix no concluyó con su comida y decidió retirarse del banquete.

En tanto, Cenicienta esperaba a que sus hermanastras se fueran para poder ir por su vestido y alistarse al baile, no obstante, su impaciencia provocó que saliera de la casa antes de tiempo. Allí había ahora un vestido azul y zapatillas de cristal. Emocionada, cantó un par de oraciones para su mamá y papá, para luego partir al castillo.
Al mismo tiempo, Fabio llegaba a casa de Cenicienta para advertirle que no se presentara al baile, no obstante, fue recibido por la madrastra, quien emocionada invitó al príncipe a pasar. Él intentó preguntar por su amada, pero de eso no pudo hablar. Las hermanastras, quienes ya estaban listas para el baile, secuestraron al príncipe, quien en un principio se resistió a los encantos de las damas y al final sucumbió ante ellas; pero no por mucho, pues al mirar un retrato de Cenicienta en la pared, recapacitó y con su gran fuerza, logró escapar de la casa, con una foto de ella.

A las afueras del castillo, guardias reales patrullaban y bloqueaban el paso a toda mujer que cargase un velo. Mismo que Cenicienta traía. Fabio y su corcel viajaban a todo galope, pero sus esfuerzos resultaron inútiles. Pues en esos momentos, Cenicienta estaba siendo capturada, ella intentó pelear pero fue inútil contra la gran cantidad de guardias que salieron del castillo. El rey observaba con gran deleite desde su balcón.
Fabio arribó al lugar ya muy tarde, no se presentó al baile y en su lugar se dispuso a pelear contra su padre. La discusión tomó pocos minutos, pues pronto Félix desenvainó su espada para calmar la ira de su hijo, no obstante, el vio aquello como un reto, por lo que también mostró su espada y ambos blandieron sus sables, uno contra el otro. El rey ganaba en experiencia, pero el príncipe lo compensaba con su rapidez. Lamentablemente, la experiencia pesó más al final y, mientras peleaban en el balcón, Félix tiró a su hijo del mismo, observó su fatídica caída y ya regocijado, se dirigió al calabozo donde Cenicienta se encontraba.
Dentro, sonrió y preguntó -Veamos qué ocultas debajo de aquel velo, ¿acaso temes que mi hijo te rechace por una rostro horrible? tu cuerpo no es digno de un príncipe, si fueras más esbelta, probablemente, pero sólo probablemente te consideraría. Es obvio, por tu complexión, que eres una campesina buscando salir de tu miseria, intentando ganarte el corazón de los adinerados, intentando engañar, eso es lo que eres. Espero te gusten las cenizas, pues un largo tiempo aquí te espera, Cenicienta.

El rey entró afligido al salón de baile, los rostros alegres y brillantes de las damas le hicieron difícil explicar lo ocurrido, por lo que se limitó a decir que su hijo había sido asesinado. Todos creyeron por un momento que se trataba de una broma, pero el ruido cesó cuando dos guardias entraron con una camilla en la que se encontraba el cuerpo de Fabio. Los gritos y lágrimas no se hicieron esperar. Uno de los guardias dijo haber capturado al culpable, el rey sonrió y exclamó -¿Quién se atrevería a realizar tan osado acto?- el guardia mantuvo su tono sereno y respondió al oído del rey. Ambos se retiraron junto con el cuerpo de Fabio y el segundo guardia. El baile fue cancelado y largo silencio se vivió durante la semana.
En tanto, el rey sabía que su hijo no estaba del todo muerto, y cuando dio por cancelado el baile, encerró a su hijo en la celda aledaña a Cenicienta. Ambos se miraron fijamente y luego se abrazaron por un largo rato, lloraron y durmieron uno recargado en el otro.

Continua con el desenlace de esta historia ->

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