Cenicienta I

La siguiente historia que estoy a punto de relatar es muy conocida en el mundo de las princesas; versiones distintas se han escrito en libros y películas, no obstante, las letras siguientes se combinarán para formar palabras que contarán la verdadera historia de Cynthia.

La familia

Largo tiempo atrás, cuando los reyes conquistaban reinos y los príncipes luchaban contra dragones, existía un pequeño pueblo en donde vivía un inteligente campesino, que, por sus virtudes, había llegado a convertirse en duque. Tenía varias compañías por gran parte de Europa. Nacido de una familia pobre al norte de lo que ahora es Holanda, luchó contra corriente para llegar al lugar en donde actualmente se encuentra. Aprendió del oficio de su padre y las habilidades de su madre, ambos lo habían instruido con gran educación a pesar de tener pobres bases académicas.
El tiempo pasó y el pequeño Fernando se convirtió en un joven curioso y explorador, dejó su hogar y se aventuró por varios pueblos y localidades mayores de Europa. Entre sus viajes conoció a un viejo mercader de quien se hizo amigo y le enseñó el arte de su negocio. Fernando aprendió de inmediato y años más tarde, luego de que el mercader muriera, terminó heredando el negocio. Aprovechó entonces para viajar en los navíos donde transportaban las mercancías y conoció magníficos lugares alrededor de Europa y la ya colonizada América.
Fue en uno de esos viajes, en los que atendería la negociación más importante de su vida, el matrimonio. Fue en Nueva España donde se encontró con una bella mujer morena clara, de largo cabello oscuro y rasgos finos. Era hija de un mercader español, el padre de la mujer no aceptaba que nadie se acercara a su hija, pero tan pronto se enteró de la reputación y fortuna de Fernando, aceptó que ambos se casaran. Él se la llevó a Europa, donde tuvieron a su hija Cynthia, con quien pasaron felices años. Su padre la trataba como a una princesa y siempre le recordaba que no podía conformarse con menos. Su madre, acostumbrada en su tierra natal a ser tratada como algo menos, admiraba a los delicados tratos de su marido, y le recordaba a su hija que una princesa no se mide por la belleza externa que muestra o la cantidad de objetos con los que cuenta, sino con el nivel de humildad y asertividad con la que se muestra. Sus padres trataban de educarla y adiestrarle en todas las áreas posibles. Los años pasaban y poco después de que ella cumpliera sus quince años, su madre enfermó de una infección de la que no se había oído hablar antes. Sus pulmones ardían cada vez que ella respiraba, se sentía cansada con mayor frecuencia y sus extremidades se debilitaban. Fernando y su hija le procuraban los mejores cuidados, lamentablemente por aquellos tiempos las ventas internacionales habían caído debido a los asaltos por barcos piratas; la situación se mostraba desoladora para la familia, por lo que Cynthia se dio a la tarea de emprender su propio trabajo. Su padre intentó detenerla, pero sabía que tenía un espíritu fuerte y bien forjado, por lo que la ayudó en su empresa. Ambos se dedicaron a la importación de telas de las localidades vecinas y a la producción de quesos y leche, ayudados por su gran cantidad de vacas con las que contaban. Tal idea terminó por solventar los gastos médicos de la madre, pero no suficientes para salvarla. En el cumpleaños 16 de Cynthia, su madre falleció acompañada de sus dos grandes amores. Con una hermosa sonrisa en su rostro, fue sepultada. Padre e hija se encontraron con una terrible aflicción, tal sentimiento les imposibilitó seguir con sus labores cotidianas, provocando que grandes sumas de oro y plata se perdieran.

Pasaron quizás dos o tres meses, y Fernando decidió por fin continuar con su trabajo, inclusive se le vinieron a la mente sin fin de ideas para expandir su negocio, todo con tal de no olvidar a su esposa, sino el dolor que le provocaba. Cynthia, en tanto, se había encerrado su cuarto, donde leía horas y horas los cuentos de hadas e historias fantásticas relatadas por viajeros y escritores. Había historias que la hacían reír y otras más, que la hacían llorar. Se entretenía horas con aquellos personajes ficticios, pero luego de terminar de leer, sentía una extraña tristeza, pues sabía que en la realidad no existían los amores a primera vista, los finales felices, los príncipes encantadores, es más, ni los hombres educados, salvo por su papá. Miraba por horas a través de la ventana, y oía cantar a las aves. Con el tiempo ella comenzó a silbar con los tonos de sus compañeras aladas y pronto ambos seres pudieron comunicarse; no obstante, tales silbidos no salían a la frecuencia deseada y se oían más chillones o graves, lo que atrajo la atención de unas cuantas ratas de campo. Y conforme los días pasaron, también pudo comunicarse con los roedores, quienes se convirtieron en sus nuevos amigos.

El tiempo pasó y Fernando se vio preocupado por la integridad y salud mental de su hija, quien ya salía muy pocas veces de la casa. Para apoyarla a combatir el duelo, la llevó a sus viajes por Europa y entre ellos, navegaron por el atlántico, para llegar a la nueva España. Allí, ella conocería a sus abuelos, tíos y primos maternos. Una semana se mantuvieron cerca de Orizaba, donde Cynthia disfrutó de los exóticos bailes regionales y curiosa gastronomía, feliz saltaba y corría entre vivos pastos, pero poco cómoda se sentía aun así.

Regresando a Europa, los meses siguientes fueron de felicidad para Fernando, quien frecuentaba a dos mujeres de la alta sociedad, una viuda y otra soltera. Su hija le sugería que se decidera por una o por ninguna, al final tomó por pareja formal a la viuda, quien tenía dos hermosas hijas, las tres mujeres de gustos refinados, la mayor con gran habilidad para la música y el canto; y la menor, con amplia virtud en la pintura. Ambas de igual estatura, pero una de piel morena y otra clara. Sus cortos cabellos les sentaban de maravilla y causaban cierto revuelo entre los jóvenes de la villa. La alegría había vuelto a la casa, las negociaciones entre naciones aumentaba y grandes fortunas llegaron pronto, con lo que las tres nuevas mujeres abusaban del nuevo dinero. El padre poco le importaba derrochar sus ganancias con tal de mantener contentas a las cuatro, pero Cynthia sabía que tal actitud por parte de sus hermanastras no debía ser permitida. La madrastra concordó con la idea de su hijastra y regañó a sus hijas para que calmaran sus deseos avariciosos y materiales. El ambiente en la familia parecía mejorar, pero no por mucho, ya que cada vez que Fernando se ausentaba, Cynthia quedaba a merced de las tres mujeres que le trataban deplorablemente y aprovechaban para obligarla a hacer los quehaceres del hogar.
De hecho, eran Fernando y Cynthia quienes se dedicaban a mantener limpia la casa y a administrar la economía del hogar. Ya que las otras mujeres venían acostumbradas a vivir rodeadas de sirvientes y grandes cantidades monetarias. A pesar de tener grandes virtudes en las artes, ellas no parecían respetarlas y muestra de ello, era la detestable manera de burlarse y destruir la decoración del hogar, la cual constaba de porcelana y pinturas de diferentes partes del mundo.
Cynthia sabía que su padre únicamente seguía con ellas porque era la forma en que podía olvidar a su esposa.

Los días pasaban y cada viaje de negocios implicaba un regalo para las damas. Las hermanastras solían pedir joyas y vestidos; mientras que Cynthia se limitaba a flores o libros, aunque de vez en vez se interesaba por algún vestido también.
Los regalos para su hija siempre eran los más hermosos, pero las hermanastras eran incapaces de darse cuenta de ello, pues se veían cegadas por su avaricia y lujuria.
Entonces ocurrió que, durante una terrible tormenta, el barco donde viajaban Fernando, su tripulación y mercancías, se hundiera. Habían logrado sobrevivir en un pequeño bote, pero Fernando había sufrido una infección en su pierna, lo que le quitó la vida a los días siguientes. No obstante, tuvo energías suficientes para enviar el regalo que su hija le había pedido. Dos días más tarde, uno de los marineros y ya conocido por Cynthia, le entregó la rama con brillantes hojas verdes y rojas, añadiendo -Me pidió que te entregara este obsequio, fue la última flor con la que se encontró antes de zarpar del norte- Cynthia la tomó con cuidado y se despidió, la madrastra mostró una falsa tristeza y sus hijas estaban enojadas debido a que sus regalos no habían llegado.
Cynthia se dedicó a hacer la comida y a realizar la limpieza en el hogar, mientras sus hermanastras se empeñaban en ensuciar lo ya limpiado. La madrastra tenía una enorme sonrisa en su rostro al saber que las riquezas de su pareja ya le pertenecían.
Conforme los días pasaban y estos se convertían en semanas, la madrastra fue disminuyendo más y más a Cynthia, hasta que por fin le quito su cuarto y la obligó a dormir en el ático.
Había entonces tardes en las que Cynthia se pasaba horas y horas junto a la tumba de su madre, al lado de esta, había plantado la flor que su padre le había regalado. Allí, ella platicaba con las blancas aves, allí podía llorar sin temor a ser juzgada y allí, a veces dormía.

Continua la segunda parte de esta historia ->

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