Caminos Encontrados III

El librero

Pasó el mes, y por fin me sentía listo para iniciar mi pesquisa, Emma me regaló la armadura que alguna vez utilizó su hermano en su juventud. Acepté el regalo con sumo agrado. Monté uno de los corceles del castillo y fui a toda velocidad al norte. Para descubrir quien la había secuestrado, debía entrar al cuarto de la princesa para iniciar mi investigación.
En dos semanas había llegado por fin al reino del norte, fui recibido por los reyes, quienes al escuchar la razón de mi presencia, se llenaron de alegría, la reina dijo -Luego de 4 meses por fin alguien se dispone a buscar a nuestra hija-, el rey de inmediato agregó -la guerra que desató el rey del sur, sólo ha retrasado nuestra búsqueda, ellos creen que nosotros tenemos algo que ver con la desaparición de nuestra hija, ¡pero eso es absurdo!-
Pedí a ambos que se tranquilizaran y que me permitieran entrar al cuarto de su hija. Me condujeron al mismo y me quedé perplejo al ver un enorme librero repleto de libros y cuadernos. La madre aseguró que no habían movido nada desde el incidente. Observé con minucia cada rincón, el polvo ya se había acumulado en el piso, lo cual me dificultó la observación, y por ende casi paso por alto unas extrañas pisadas. Me agaché y acerqué con cuidado al piso, lo que buscaba era a un hombre de gran estatura y pies muy grandes, quizás de un gran peso y alcohólico, debido a las gotas de vino regadas por el piso. Vi a través de la ventana, pero no había escaleras o tabiques salidos que fungieran como escalones, ni siquiera un lugar para colocar una soga. Los libros y alhajas tiradas indicaban que había habido una pelea o forcejeo antes que el “hombre” se la llevara.
Pero tenía mis dudas sobre el “hombre” y porque se la llevaría. Los reyes accedieron a que me quedara a dormir en el cuarto de su hija, probablemente en la noche pudiera hallar las respuestas.
Tuve una cena ligera, y en la noche me asomé por la ventana, volví a recorrer la habitación, pero no encontré nada extraño o distinto a lo visto en la mañana. No me quería rendir en mi búsqueda, así que para evitar el sueño, tome un libro de poemas de varios autores, uno de los cuales recitaba:

Hay, entre el cielo y la tierra, entre las nubes y las estrellas, seres invisibles, seres mágicos que sólo se muestran en las situaciones más extremas de la vida y a las personas que cuentan con un corazón noble y sincero.

La luz que ilumina la mente
La luz que ilumina el alma
Vuela por los aires,
Gélidos y cálidos
Entre nubes y estrellas

El aleteo de los seres,
Magníficas bestias
De brillante tornasol,
Que iluminan con el reflejo de sus alas,
Más allá del sol,
Donde el cielo y la tierra se combinan
Donde las estrellas y la luna son de un mismo tamaño

La luz que ilumina la mente
La luz que ilumina el alma
Vuela por los aires,
Gélidos y cálidos
Entre nubes y estrellas

Bestias que pocos han visto,
Entes de una sonrisa sin igual,
Brillantes ojos
Capaces de diferenciar lo falso de lo verdadero

Al terminar de leerlo, la hermosa Luna golpeó con toda su luz el cuarto, corrí rápidamente a la ventana y antes de llegar a ella, vi las manchas de vino, las cuales eran ahora plateadas, de inmediato grite de alegría y desde la ventana, le agradecí a la Luna por mostrarme el camino; ella, no obstante, callada se mantuvo durante la noche.
Quería dormir, pero el sueño ya se había esfumado, entonces caminé por la habitación, observando el librero desde diferentes ángulos. Aquel enorme mueble de madera me mantenía impactado, sentía su gran energía, su fuerza, como si quisiera hablarme. Aquella sensación me causaba tanto temor como curiosidad. Me acerqué a ver los demás libros contenidos en el mueble, muchos de poesía y narrativa, otros más sobre herbolaria y medicina, y muy pocos relacionados con la realeza. Observé unos cuadernos de notas, muchos de ellos con ilustraciones, hechas seguramente por la princesa. Entre sus cuadernos, encontré lo que podría ser un diario, estaba a punto de tomarlo, cuando un reloj saltó desde lo alto del librero hasta mi mano gritando -Si has de tomar aquel libro, sólo has de regresarlo, mucho ya tienes con el simple hecho de estar en esta recamara-
Miré el reloj y lo coloqué sobre la cama, eso no pareció causarle demasiada gracia y comenzó a gritar en un lenguaje que desconocía. Intenté no hacerle caso, no obstante y justo abrí el libro, oí una muy profunda y grave voz que decía -¡No!- quise mantener la calma, pero al saber que la voz provenía del librero, lancé el diario y me puse en guardia contra todos los objetos aparentemente inanimados. El reloj rio y replicó -No has de temer, pues nuestra extraña forma no quita lo humano que somos- atónito, bajé mi espada y pregunte a que se refería, el reloj entonces habló con tristeza – Somos hombres que trabajábamos aquí, sirvientes de los reyes y la princesa, pero hemos sido encerrados en muebles y objetos, ¿que quién nos encerró? eso no lo sé, pero sólo estamos vivos de noche, de día somos simples objetos sin vida-
El sol ya salía y tanto el librero como el reloj, fueron a dormir, igual que yo.

A la mañana siguiente y con la mente más fresca, escribí mis observaciones para poder concluir que, quien la había secuestrado había sido uno de los dragones, mascotas de Selene, hija de la Luna. Les dije a los reyes que viajaría a las montañas heladas y que esperaba no demorar más de tres meses para regresar.

Tomé mi caballo y me dispuse a seguir mi camino, pero hice una pausa en una taberna para comprar agua, pan, carne y vino para el trayecto. Allí, para mi gran sorpresa vi a un joven un año mayor o un año menor que yo, apostando. Las botas, su barbilla, puente de la nariz y anillo en su dedo anular, me hicieron darme cuenta que él era el hijo de los reyes Fabio y Emma. Sin dudarlo, me lancé contra él y lo golpeé en su cara, el príncipe, confundido, desenvaino su espada y me retó a un duelo, el cual no pude negar. En una lucha pareja, decidí finalizar el duelo, pero él no accedió, así que mientras seguíamos peleando, le pregunté con ira y tristeza, por qué no estaba en la búsqueda de la princesa, a lo que él respondió -Podrá ser hermosa e inteligente, pero para que conformarse con una si aquí puedes tener varias, ¿para qué soportar las mentiras de un corazón frío? ¿Por qué arder en el fuego de la traición cuando puedes decidir no temer una posible traición? -, no acepté su razonamiento y blandí mi sable con mayor fuerza; sorprendido, me preguntó quién era, pero en vez de darle respuesta a esa pregunta, repliqué -Mañana tu madre se enterará que no fuiste a buscar a tu futura esposa-
-De hecho acabo de enviar una carta a los reyes del norte, en la que explico mi sorpresa y tristeza al ver a su hija muerta, regresaré como el príncipe que no pudo casarse y vivirá en desolación el resto de su vida- respondió con risa malévola, a lo que refuté – Tu teatro de mentiras se caerá cuando yo vuelva con ella, sana y salva-
El príncipe sonrió y me pidió que retractara lo dicho, lo cual negué, entonces sentí como algo atravesaba mi cuerpo, al mirar abajo, una flecha me había quitado mis esperanzas de vivir. El príncipe se acercó a mí y me susurró -No sé quién seas, y no me interesa saberlo, pero debiste haberte retractado cuando te di la oportunidad, ahorita mismo te hubiera presentado a unas amigas, pero es una lástima que tan bella armadura se halla manchado con tu sangre sucia- Intenté golpearlo, pero mi dolor aunado a mi falta de sueño sólo consiguió tirarme en el piso, quería decirle que así no es como se ha de tratar a una princesa, pero él concluyó -Esa mujer era tan hermosa, muy decidida, sincera y con gran vitalidad, es una lástima que ahora no tenga quien la salve, aunque siento más lástima por ti, ya que nadie en este reino te conoce-
Así, fui abandonado por segunda vez, en tierras desconocidas. La noche llegó y la Luna no se asomó, en vez de ello, un gigante dragón plateado, con alas azules y doradas descendió de los cielos y me cargó hasta más allá de las estrellas, en ese momento creí que era uno de los ángeles enviados a recoger mi alma, no obstante, al llegar a la montaña helada, sabía dónde estaba, un sin fin de bestias aladas, con ojos tan brillantes como rubíes o zafiros caminaban, yo quería hablar, quería moverme, pero ya había perdido mucha sangre.
Desperté al día siguiente con mucho dolor, o mejor dicho, fui despertado por una mujer preciosa, que usaba un vestido verde muy detallado, su largo cabello castaño claro caía como una cascada dorada sobre su espalda, quise saludarla, pero no pude pronunciar ni una silaba, ella estaba curando mi herida con sus suaves manos, pronto volví a quedarme dormido.
Al segundo día me desperté con menos dolor, ella se encontraba allí, mirando a la espera mientras bebía un cálido brebaje de un olor seco. Intenté levantarme, pero me fue imposible, sin embargo, ahora si pude saludarla y agradecerle por lo que había hecho por mí. Acto seguido, cerré mis ojos, entonces ella habló, recitó el poema mismo que había leído yo. Quedé una vez más, profundamente dormido.
Desperté el cuarto día con más ánimos. Ese mismo día, pude comer junto a la bella dama, nos miramos por largo rato, absorto en su belleza y en lo que podía ver por medio de su rostro, una pregunta me tomó desprevenido “¿Quién era yo? ¿Qué se supone que hacía yo? ¿De dónde venía y a dónde iba?” pensé, no tenía respuesta a tal pregunta, tan sólo dije en voz baja mi nombre, pero arrastrando las palabras; ella río y respondió –No te entiendo, serás el innombrable para mí- yo sonreí y le hice la misma pregunta, a lo que ella respondió sin titubeos –Soy la princesa Paola-, en ese momento terminé de despertar, observé todo con mayor detalle, sabía dónde estaba y sabía a donde debía ir, tan pronto terminamos de comer, le conté mi historia, ella me miró tristemente, pero se negó a regresar a casa, -He aprendido a vivir con estos dragones, quienes muchos llaman bestias, muchos dirán que matan, que no tienen piedad, que son unos salvajes, pero eso es porque es lo único que ven aquellos que matan y no tienen piedad, aquellos corazones desleales y arrogantes son incapaces de ver la bondad y la lealtad, en cambio como tú o yo, no vemos a estos dragones como bestias, sino como amigos, como seres compasivos y amables, es más, se podría decir que son salvadores, por ejemplo, a ti te salvaron de morir y a mí de casarme con alguien a quien no amo. Agradezco tu ayuda y tus intenciones, pero yo no soy una princesa que necesite ser salvada de los dragones, ahora ellos se han convertido en mi familia- explicó ella con calma, a lo que respondí –Tienes razón, no vengo a salvarte, pero tampoco puedes desaparecer sin siquiera decirle a tu padre y a tu madre que estás bien, además debemos poner fin a la guerra entre el reino del norte y del sur-
-Y ¿Cómo pretendes que regresemos?- preguntó ella con seriedad
No me había planteado tal pregunta, pensé por un momento y de entré los árboles salió mi hermoso corcel de pelo castaño dorado, corriendo se abalanzó contra mi tirándome, el golpe fue doloroso, pero también de felicidad. Paola miró al caballo, atónita se enamoró del equino, por lo que le prometí regalárselo tan pronto regresáramos a su reino. Ella saltó de alegría, pero pensó por un momento si era prudente o no regresar. Luego de pensarlo un largo rato, aceptó y nos dirigimos a su hogar.

Continuar con la cuarta parte

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