Caminos Encontrados II

La pregunta

Eran los tiempos en que los reyes lideraban guerras y las princesas eran rescatadas de las garras de los dragones. En aquella época, recuerdo con sumo detalle la guerra que el rey Fabio comandaba al norte del continente. Yo regresaba de una complicada expedición en las tierras de los dioses y sacrificios, en ocasiones recuerdo con dolor el acontecimiento que provocó mi amor por la Luna, pero también estoy feliz, porque cada noche que me siento solo, puedo voltear al cielo y mirarla, y si ella me lo permite, conversamos.
Una vez arribé al viejo continente, fui secuestrado junto a mis compañeros del navío y entregado a las tropas del rey Fabio. Creímos que acabarían con nuestras vidas, y lo hacían, mientras se burlaban de nosotros y nos torturaban, nos dejaban en ayuno por varias horas, nos convirtieron en sus esclavos y sudábamos sangre a la luz del sol. Creo que varios preferían perder la vida a seguir intentando sobrevivir. Mi caso era distinto, yo quería saber porque habíamos sido capturados tan sólo instantes después de haber llegado al puerto, no sabía ni siquiera quien era ese tal Fabio o porque mantenía una guerra en el norte. Las preguntas eran demasiadas y debo admitir, creí que no podría responder todas.
Luego de un mes transcurrido y más de la mitad de mis compañeros muertos, llegó el rey Fabio, al fin pude conocerlo en persona; alto y con una gran barba castaña, unos profundos ojos azules y aparentemente atlético, supondría que apenas tendría 35 años. El rey, con su ceño fruncido, gritó con tono de pregunta -¿Quiénes son estos holgazanes y decrépitos?- era obvio que se refería a nosotros, los capturados.
-son- respondió uno soldado titubeando -son los presuntos culpables-
-¿Presuntos, eh? ¿Qué te hace creer que son culpables?- preguntó el rey, mientras levantaba el tono.
-Los vimos llegar con mapas y productos ajenos a nuestra cultura, es bastante claro que saben algo de la desaparecida-
El rey pidió que le mostraran nuestras cosas, no eran más que alimento que no se conocía en estas zonas, cartas de tiempo y mapas celestiales, por allí una brújula muy rudimentaria y un arco con varias flechas.
-Está claro que no son de estas tierras, son visitantes, no saben nada de nosotros como nosotros sabemos nada de ellos, déjenlos libres, de todas formas morirán en los próximos días dada las condiciones en las que se encuentran- sentenció el rey con frialdad.
Esa misma noche, nos golpearon hasta dejarnos inconscientes, para así despertar al amanecer a las afueras de un pueblo. Al entrar, éramos vistos como raros, todos evitaban el contacto visual con nosotros. Ya moribundos, ¿qué nos podía importar?
Sobrevivimos la primera noche, pero el hambre y la sed ya nos mataban desde adentro, yo comenzaba a delirar y mis incoherencias ya molestaban a mis compañeros. Inconsciente de lo que decía y pensaba, fui abandonado cerca de un río. Dos días viviría а lo mucho, bebiendo quizás el agua del río una semana, pero ya no estaba en condiciones de hacer cálculos, observar o siquiera pensar, era cuestión de esperar.
Hacia el mediodía del segundo día, ya sin fuerzas y tendido bajo el sol, un gran y dorado carruaje se detuvo cerca de mí, yo hablaba y lloraba, pero no comprendía quienes me cargaban y me daban de beber un delicioso vino, suave y dulce.
Desperté en un cómodo sofá de terciopelo rojo y dorado, un delicioso aroma a verduras y carne me levanto el ánimo. Una mujer joven me traía de comer, luego de saciar mi hambre pude observar con mayor detenimiento y al poner mi mente en retrospectiva, caí en la cuenta de que quien me había rescatado era la reina. La vajilla, muebles y adornos me permitieron llegar a semejante conclusión. Le pedí a la mujer que me había traído la comida, que me permitiera hablar con la reina, pero ella se negó, pues la reina lo había pedido primero.
Para la hora de la cena, un gran banquete nos esperaba a la reina y a mí. Ella era unos diez años mayor que el rey, pero con una salud destacable, aunque indecisa en ocasiones, pude notar su intranquilidad. La reina, de nombre Emma, era muy divertida en su forma de hablar y relajada. Ella habló primero y respondió a mi duda “¿Por qué me rescato?” Ella dijo que se sentía muy mal por el trato que su esposo nos había dado, luego con voz entrecortada y quedita, dijo que ninguno de los demás había sobrevivido, no me sorprendí, más bien estaba sorprendido porque yo siguiera con vida. Fue mi turno de hablar y pregunté el porqué de la guerra, ella no dudó en decir que Fabio estaba loco, entonces continuó -Mi esposo, el rey Fabio, obligó a la hija del rey del reino del norte a casarse con nuestro hijo, los reyes dudaron al principio, pero accedieron luego de un mes. No conozco a la princesa, no obstante, mi hijo la describió con profusa pasión y delicadeza, lamentablemente, la razón por la que Fabio quiere la boda, no es por querer juntar dos almas que se aman, sino para poder tener una alianza con el otro reino y así tener vía libre a las minas del norte-
Yo intenté sorprenderme por las causas de la guerra, pero no es la primera vez que ocurre este tipo de asuntos. Mientras comía, dos pensamientos me vinieron a la mente: ¿Cómo era la princesa? y ¿por qué si ya se había acordado el casamiento, se disputa la guerra?
Un largo e incómodo silencio nos rodeó mientras comíamos, esperé a que retiraran nuestros platos e hice el comentario de mi segunda pregunta, Emma me miró con unos ojos llorosos -La princesa fue secuestrada de la noche a la mañana, mi hijo fue enviado por su padre en su búsqueda, pero ya van tres meses y no hemos sabido ni de él ni de ella- Eso sí me sorprendió, he de admitir. Quería ir en la búsqueda de la princesa, pero en mi condición, sería fácilmente abatible, así que opté por quedarme a vivir en el castillo por un mes, no tuve grandes inconvenientes, y prefería preparar mi comida y lavar mi ropa, a dejárselo a las mucamas, quienes ya tenían trabajo de sobra.

 

Continuar con la tercera parte

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