Falsas esperanzas

Las luces nocturnas iluminaban su semblante, la veía con el mismo asombro de todos los días. Sonreía ante su belleza, mis oídos se regocijaban al oír tan encantadora voz. Sin embargo, desconocía si sería la última vez que la vería.
La batalla entre el reino del sur y del norte se efectuaría mañana al amanecer. Ella, de nombre Renata, era hija de Copérnico, rey del sur. Habíamos caído rendidos ante el amor, pero nuestra relación seria infructuosa, ya que el rey había prohibido a sus hijas que se casaran con caballeros de su reino, pues él consideraba que ellas serian un buen aliciente para formar alianzas con otros reinos. Para ser más exactos, Copérnico únicamente aceptaría que sus hijas se casaran con príncipes de otras regiones.
Renata y yo habíamos comenzado nuestra relación hace un par de años. En secreto, nos visitábamos varias noches a la semana, pero poco podíamos hacer, pues el rey había ordenado que cada una de las princesas tuviera una sirvienta personal. El rey recibía información que las sirvientas le proporcionaban, en caso de oponerse, serian llevadas a la horca. La sirvienta de Renata era de gran confianza, no obstante, durante una noche que nos encontrábamos riendo y cantando, el rey decidió dar un paseo por el pasillo donde se encontraban sus hijas, al oír risas y gritos, no titubeo en entrar al cuarto, donde fui salvajemente atacado, Renata intento protegerme, pero sus palabras para tranquilizar a su padre fueron inútiles.

Al día siguiente, la sirvienta fue condenada a la horca, Renata sería encerrada en un cuarto sin ventanas por un mes y yo perdería mi título de caballero. La reina, al enterarse de los castigos, habló con su esposo, quien no quería escuchar. Indignada, decidió dormir con su hija hasta que el rey decidiera escuchar. Luego de una semana, Copérnico ya extrañaba a su esposa y decidió retirarle el castigo a su hija. Dos meses después, se me regreso mi armadura y espada, pero ya no podría ingresar al castillo a menos de que fuera por orden del rey.
Desde entonces, hace seis meses, nuestra relación se vino abajo. No obstante, me enteré por esos días que un caballero mensajero del reino del norte aprovechaba sus visitas al reino del sur para encontrarse con Lilia, hermana de Renata. Sus visitas, al principio esporádicas, me resultaban molestas. Pero al paso de los días me di cuenta que conocía una forma de verse con su amante sin ser visto por el rey. Mis pláticas con el caballero fueron más largas e interesantes. Los días provocaron que una nueva amistad se forjara. El nombre de mi amigo era Sergio. Fueron seis meses en lo que mantuve una gran amistad y al mismo tiempo, mi relación con Renata se reforzó. Habíamos descubierto pasajes secretos del castillo y gustábamos de pasar horas y horas en jardines ocultos, cantábamos cuando la noche caía y las estrellas eran nuestros escuchas. No obstante, tan emocionante fue como desgarrador. Me entere que Sergio y Lilia habían terminado su relación, los llantos de tristeza de Lilia se escuchaban entre los pasillos, cabizbaja caminaba durante las mañanas, poco comía y poco hablaba. Intenté hablar con mi amigo, pero era inútil, se había distanciado de mí; Renata comenzó a hacer lo mismo conmigo. Era quizás obvio lo que ocurría, pero las suposiciones no son algo que me guste aceptar. Así que esperé algunos días para hablar con Lilia, quien me comentó sin titubeos que Sergio ahora andaba con su hermana. Era lo que suponía, sentí un enorme hueco en el estómago, mi sangre hervía de ira, pero al mismo tiempo me sentía triste y traicionado. Quería matarlo con mis propias manos, pero no solo a él, también a ella.
Esperé unos días, conocía los movimientos de Sergio y sabía que pronto estarían los dos indefensos en el cuarto de Renata. Aquella tarde, hablé con el rey explicándole que había visto un intruso en el castillo, que había entrado por las ventanas del ala este, lugar donde dormían las princesas. El rey no dudó ni un segundo en ir con su escolta a los aposentos de sus hijas, sigilosamente se aproximaron a las puertas y encontraron a Lilia llorando, el rey suponía lo que había ocurrido, entonces ingresó con estrépito al cuarto de Renata, donde la encontró con el caballero mensajero. El rey, en su cólera, sentencio a Sergio a la horca, los soldados arrestaron al caballero y Copérnico se quedó con su hija. Me esperé unos momentos con Lilia y alcancé a escuchar:
-No te preocupes, ya pronto será castigado aquel que se atrevió a profanar tu cuerpo-
-Pero, no lo hizo- replicó Renata llorando -es mi novio-
El rostro del rey se tiñó de rojo y gritó -¿¡Cuántas veces te lo tengo que repetir!? Tú te casaras con aquel príncipe que nos ofrezca una alianza perfecta, aprende a tu hermana, decente y obediente a las reglas de tu padre, el rey-
-No padre, no sabes lo que dices, tan solo nos ves como objetos de intercambio, pero desconoces que igual somos seres humanos y tenemos sentimientos-
-Ya lo entiendo, mañana serás encerrada en tu cuarto y a tu madre le tendré prohibida la entrada, creo que es la única forma de que aprendas tus deberes como princesa.

Furioso, Copérnico ordenó a su ejército a iniciar una campaña en contra del reino del norte para el amanecer. Los soldados comenzaron a movilizarse, en tanto, cuatro caballeros llegaríamos mañana al mediodía para someter al rey del norte. Aproveché la noche para encontrarme con Renata, por la ventana se observaban las luces nocturnas que iluminaban su bello semblante, su dulce voz encantaba mi corazón. Un largo abrazo provoco que ambos lloráramos, su tristeza parecía tocar con sutileza las cuerdas de mi alma, nos miramos fijamente antes de besarnos por última vez.
En ese momento llegó la reina, le conté que liberaría a su hija de la opresión de su padre; la reina aceptó, nos otorgó su bendición y partimos al bosque, donde encadené a la princesa mientras dormía.
A la mañana siguiente, Renata despertó asustada al verse atada de piernas y brazos. A caballo llegamos antes que el ejército al castillo del norte, donde le pedí que le contará lo ocurrido a Sergio.
Así ocurrieron las cosas, sin embargo, en lugar de advertir a su reino del futuro ataque, tomó a Renata y se la llevó al este. Desde donde me encontraba observé su dirección, sabía que no llegarían muy lejos pues se encontrarían con un extenso rio. A todo galope, los alcance.
-Debí suponer que entregarías a tu hermano a la horca, para que así pudieras escapar- le dije indignado – traicionas a Lilia, me traicionas, traicionaste a tu hermano, ¿qué sigue? a Renata-
-No seas ridículo, Lilia y tú fueron simplemente mis peones para llegar a esta preciosidad, nos conocimos hace tanto tiempo, ella sabía que contigo no habría nada, y debiste haberlo visto, somos tan tontos los hombres que inclusive me enamoré ciegamente de la hermana de Renata, pero supe lidiar con la situación y pronto volví a soñar que Renata. Te enterarás tarde o temprano que el amor no es como lo cuentan, como las mujeres no son lo que aparentan y esta actriz es el claro ejemplo de la realidad-
Miré con decepción a quien antes hubiese sido mi amor, y desenvaine mi espada, Sergio hizo lo mismo y el duelo comenzó, con gran ímpetu blandimos nuestras espadas de lado a lado, un golpe en las piernas me dejó tendido en el césped, pero desde allí me arrastre hasta la princesa de la discordia a quien tomé y amenacé con matar, Sergio sonrió y, sin embargo, sabía que no le haría daño, por lo que el duelo continuó hasta que por fin un movimiento erróneo lo hizo tropezar, pase atrás de su amada, pero la ira de quien fuese antes mi amigo, lo cegó, provocando la muerte de Renata y un ligero rasguño en mi brazo. Sergio tardó en darse cuenta. Yo aventé mi espada y me arrodillé ante ella, fuera o no una actuación lo que ella había sentido por mí, yo si me había enamorado de ella y al verla desangrándose, murmurando, mi corazón fue el que rompió en llanto, mi alma se quebró y devastado, la abrace. Inmediatamente, Sergio me alejo de ella y lloro sobre ella, yo me acerque también y le cerré sus ojos al ver que ya no respiraba, en ese momento ella suspiro “te amo” ambos levantamos nuestra mirada; mi rival, confundido, se suicidó para acompañar a su amada en los reinos del inframundo.
La escena fue devastadora para mí, nada supe de la campaña iniciada por Copérnico y he de admitir que poco me interesó y a la fecha me es indiferente lo ocurrido. En aquel instante, vi todo moverse de lado a lado, mareado por el dolor, tristeza e ira, me lance al rio, esperando morir, pero afortunadamente (o desafortunadamente) sobreviví. Nadé a la otra orilla. Tardé horas en llegar, en momentos pensaba dejarme ser arrastrado por la corriendo, pero una u otra cosa me motivaban a vivir. Cansado, me recosté en la playada, donde fui encontrado por un ente.

Fin

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