El pacto de aurora I

Parte I

En la oscuridad del hogar había un espejo roto, los que habitaban la casa le daban poca importancia. La casa fue vendida y adquirida por nuevos dueños, quienes la remodelaron. Cambiaron el espejo, pero este se quebró días antes de que muriera uno de los habitantes de la casa. Nadie le dio importancia y vendieron la casa.
La nueva familia remodeló algunas partes del hogar, entre ellas, el espejo. La familia estaba compuesta de cinco integrantes: papá, mamá y tres hijos. Eran una familia exitosa, tuvieron días felices por seis años, hasta que el espejo volvió a quebrarse, a nadie le había importado. Una semana después, murió el hermano menor. La tristeza cayó sobre la familia y al año, una segunda grieta se formó, el infortunio caería sobre el padre. Los llantos aumentaron al mes siguiente, cuando, con una tercera grieta en el espejo, el niño de en medio partiría al más allá.

La madre notó por primera vez las tres grietas en el espejo y las miro detenidamente. Pensó por un instante, creyó que había comprado un espejo defectuoso hace años y que sería inútil llamar al lugar donde lo compró, pues ya habían transcurrido siete años desde entonces. Pensó como se pudo haber quebrado, en caso de que no hubiera venido con fallas de fábrica. Se mantuvo sentada en el baño, frente al espejo, esperando a que algo sobrenatural ocurriese; pero nada ocurrió.
Los días caminaron con normalidad aparente, pero la madre casi no salía del baño. Su hija, de 19 años decidió planear unas vacaciones para ambos, esperando que su mamá pudiera alejarse de los acontecimientos recientes. Al principio se negó, pero encontró la forma de retirar el espejo y llevárselo.

La familia arribó a un pueblito que colindaba con el mar, el vehemente calor contrastaba con el frío aire del norte. El sol se ocultaba a las ocho de la tarde y salía a las seis y media de la mañana. Podría decirse que era un clima benévolo para cualquiera que quisiera pasar unas agradables vacaciones. La gente era muy amable, pero muy sería. Eran personas de pocas palabras. La verdadera razón por la que la joven había elegido tal lugar para vacacionar, era porque me estaba buscando. Había sido profesor de la niña el año pasado y la asesoré en la realización de un proyecto urbano-satelital. Había escuchado diversos problemas psicológicos asociados a la pérdida de seres queridos, pero este me resultaba instructivo para entender la mente humana, pues nunca antes había oído hablar de una relación espejo-madre. Sofía, mi exalumna, fue a buscarme tres días luego de que llegaron al pueblo. Me llevó a su casa para presentarme a su madre, cuando la vi, sentí una sensación que hace tiempo no tenía, creía saber quién era, pero me era imposible recordar su nombre, se me vinieron algunas ideas a la mente, pero sin éxito. Escaneé el lugar, observe objetos cercanos y pude recordar ligeramente, que quizás su nombre empezaba con S.
En caso de que fuera quién yo creía que era, seguía siendo tan radiante como siempre.
-Buenas tardes, me llamo…- fui interrumpido fuertemente por ella, quién replicó -no estoy interesado en conocerlo, acabó de perder a mi esposo y dos hijos, además de que no soporto este clima caluroso de la playa, quiero volver a casa- su voz se trastornaba a cada palabra, luego con ira gritó -¡Sofía! ¿Cómo se te ocurre traerme a este lugar que tanto odio? te pido me regreses a casa, aquí no hay nada para mí- su tono de voz, que acostumbraba a ser ligeramente chillante, se agravó.
-No vengo a pedir su mano, vengo a analizar junto con usted, el curioso caso el espejo. Me resulta un caso excepcional que quisiera estudiar- dije con ímpetu.
Como por arte de magia, su rostro y hombros se destensaron y su voz volvió a su tono dulce.
-discúlpeme, no estoy acostumbraba a estas situaciones, creo que empezamos con el pie izquierdo-
-No se preocupe, suele ocurrirme en la mayoría de los casos. Pero por favor, cuénteme lo que sabe o ha descubierto-
Estuvimos varias horas platicando, reímos bastante y lloramos también. Mucho de los detalles que me describió no parecían tener relación, así que pasadas la ocho de la noche y luego de cenar, le dije que iríamos a ver el espejo por fin. Ella saltó de alegría. Le pedí a Sofía que estuviera atenta a cualquier anomalía que pudiera presentarse.

Nos dirigimos a una de las recámaras, el espejo era de gran altura, pero algo angosto. Vi las grietas y me acerque a analizarlas, pero no encontré algo extraño. Entonces pregunté -¿ha tocado las grietas?- su respuesta fue negativa. Aquella sugerencia le dio curiosidad y al momento acercó su dedo índice en una de las rupturas. Lo siguiente fue una experiencia fuera de lo normal, pero más aún, perturbadora. Sangre comenzó a emanar de la ruptura. La mujer gritó de forma tan aguda que término por lastimarme los oídos. Luego lloró diciendo que había oído las voces de su esposo e hijos. Yo no recuerdo haber oído algo, pero juraba que eran palabras de sus seres queridos las que había resonado en su cabeza. Al no creerle, se lanzó contra mí, atizándome severos golpes en el cuerpo, intenté defenderme, pero su locura era incontrolable. Gritaba y maullaba en tonos agudos, pero luego, los graves de su voz salían a flote y decía frases inteligibles que en lugar de tranquilizarme, aumentaban mi horror.
Esta escena duró varios minutos, los gemidos de angustia y dolor se mezclaban con un semblante serio y sin emociones. Se movía con gran agilidad y aventaba todo lo que había a su alrededor. Pero jamás se acercaba al espejo, aseguraba haber visto a otra mujer que extendía su mano y le pedía algo a cambio. Yo me acerqué al espejo, sin embargo, solo vi mi reflejo y la sangre ya seca.
Era ya muy entrada la noche, Sofía se asomaba de vez en cuando para asegurarse de que todo estuviera bien, en términos generales. Su madre la desconocía, se agarraba el cuello como sí quisiera estrangularse y con un sonido ahogado murmuraba -Toda mi familia está muerta y pronto los alcanzaré en el mundo de los muertos- dicho esto, se tiró al piso y me abrazó de las piernas pidiendo ayuda, lloró un largo rato hasta que ambos nos quedamos dormidos.

A la mañana siguiente, Sofía nos despertó, me levanté primero y levanté el rostro de su madre, el cual estaba bocabajo. Al levantarlo, nos quedamos atónitos, ella había adelgazado, su cabello había perdido su brillo jovial y sus ojos se veían más pequeños de lo normal. En general, la mujer estaba demacrada, pero seguía con vida. La cargamos y la llevamos a su cama.
Tardó en despertar cinco horas, y al hacerlo, gritó afligida y con miedo. Intentamos tranquilizarla pero todo era en vano, daba patadas en la cama y soltaba golpes al aire. Su hija y yo salimos del cuarto esperando que se tranquilizara. Al cabo de unos minutos, los gritos cesaron y ambos entramos al cuarto, la primera en abrir fue Sofía, quien gritó -¡No!-, tal aullido me provocó un fuerte escalofrío, sentí que el tiempo se detenía, observé todos los detalles como nunca antes, vi a Sofía tirada en el suelo, intente correr, pero me sentía muy pesado, quería preguntar que ocurría, pero mi boca no se abría. Todo esto ocurrió en un segundo, puesto que al siguiente, entré corriendo a la habitación, donde se encontraba ella colgada de una soga. Me subí a la cama y corté la soga, en mis brazos tenía el cuerpo moribundo de una hermosa joven que había conocido años atrás. Acaricié su cabello, sentí su complicada respiración y limpie la sangre que brotaba de su boca. Sofía decidió no ver a su madre, a pesar de estar en condiciones de ser salvada.
Estábamos acostados en la cama, intentaba que no perdiera la respiración, entonces le dije que llamaría a una ambulancia, pero me lo impidió. ¿Qué clase de locura la había atacado al grado de ya no querer vivir más? Claramente no era ella. Le canté una canción, quizás cambié la letra un poco porque no la recordaba, pero aquello la calmó. Cerró sus ojos y se recostó sobre mí. La tenia allí, a mi merced, como antes la hubiera querido tener. Tan inocente y tan frágil, así es la belleza.
Tardé en soltar su mano, miré sus labios y esto provocó una ráfaga de pensamientos en mi mente. Entonces llamé a su hija, para que cuidara de ella, mientras yo miraba el espejo una vez más, esperando, por fin, encontrar una respuesta.
Al encontrarme con el espejo, me sorprendí al ver que la sangre ya no estaba y que una nueva grieta se estaba formando. No dudé ni un segundo en colocar mi dedo sobre la ruptura que se iba formando. Se oían cientos de voces, luego me percate que no eran distintas, era mi voz gritando a lo largo de mi vida. Mis oídos comenzaban a punzar del dolor causado por el escándalo de mi pasado, pero eso no impidió que retirara mi dedo del espejo, pues sabía que sólo así, ella no moriría. La palabra ELLA resonó en mi cabeza, y entre el mar de gritos escuché “Sandra”, sí, así se llama ella.
En el espejo se formó el cuerpo de una mujer alta, cabello rojizo castaño y ojos azules, y me dijo
-Es hora de cerrar los ojos-
-Para no volverlos a abrir y así descansar- completé
-Toda la eternidad- concluyó ella, de nombre Aurora. En ese momento solté mi dedo, mientras caía al suelo ya inconsciente.

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