Pasiones II

De tu desdicha muchos te ridiculizarán,
los cientos y miles que utilizaste,
quienes arden en las llamas de la pasión
que les motivaste y luego abandonaste

Es un tormento el que sufre en el precipicio del dolor
aquel a quien juraste tu amor leal,
el cual manchaste con sangre de otros,
el que deshonraste a sus espaldas,
el que humillaste frente a los cientos y miles,
y es por ello, pues,
que ahora caminas descalza por las praderas
que con vivos verdes te miran con desprecio,
el viento que se estrella contra tu cara hiere tus mejillas
que antes mostraban esa dulce sonrisa con la que enamorabas,
pero con las que también sofocabas con tu aliento primaveral a todo aquel que se te acercara.

Tu corazón ahora arde,
pero no sufre,
pues tus sentimientos han quedado enterrados junto a aquellos cientos y miles
que abandonaste en la oscuridad,
tus manos cargan su sangre,
pero no sientes remordimiento alguno,
pues nunca te importaron aquellos,
simplemente miraste su riqueza y te aprovechaste de su humildad.

Caminas,
subes crestas y bajas por los valles,
un calor aplastante te detiene y oprime,
de tus ojos sale el veneno con el que asesinaste a una nación entera,
de tus labios gritas las palabras que todos callaron,
en tus oídos zumban los insectos
pero también resuenan los gritos de amargura de aquellos cientos y miles que juraste proteger,
el olor a fétido penetra en tu nariz,
una repugnante fragancia con la que conquistabas corazones débiles, es ahora la que te asfixia en las garras del astro rey.

En tu camino te has de encontrar aquel que carga con tus zafiros y rubíes,
tus jades y diamantes que con envida presumías poseer,
es aquel quien te miró,
quien conversó contigo e inclusive te abrazo,
pero nunca se enamoró.

Ahora vaga sin rumbo aparente
pero en busca de encontrarse con aquella que le robó su corazón,
aquella que mantiene en vela su alma.
Los zafiros le muestran el camino,
los rubíes le acogen en las noches gélidas
mientras que los jades le permiten ocultarse
y los diamantes le iluminan su camino.

Recuerdo tu sonrisa,
aquella que me alegraba mis días,
aquella que me borraba las penas,
aquella que me robó mi corazón,
tu piel tan suave y delicada que alguna vez toqué,
cuando en cierta ocasión nuestros pulsos se sincronizaron
y cuando tus brazos me rodearon,
por fin me sentí amado.

No duró mucho,
mis brazos decidieron soltarte,
pues mi pulso desapareció,
era momento de olvidarme del calor sentimental que alguna vez me profesaste,
pero no sin antes te robé rubíes y zafiros,
no sin antes te apuñalé hasta morir,
no sin antes te robé jades y diamantes,
no sin antes me respondiste con un golpe certero,
nuestra sangre ahora corría por el cuarto,
manchando con rencor y pasión,
trazando constelaciones que nos dirigirían a nuestro reencuentro.

Camino por una pradera,
donde los vivos verdes me acogen como su hermano,
donde el viento me advierte si continuo caminando,
intento no hacerlo
y es tu voz angelical la que resuena en mi mente
la que mantiene mi alma en vela,
con fe espero reencontrarme contigo,
esperando me devuelvas aquello de lo que me despojaste,
esperando regresarte lo que te usurpé

A nuestro encuentro me dirijo,
aunque ardas bajo el padre de los astros,
no tardará mucho en anochecer y su amante,
blanca como una perla se asomará por el este
y su amor incondicional te defenderá.

Continuar con pasiones 3

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