Un día normal

Pasaron dos años, tres meses, cinco días, ocho horas, trece minutos y veintiún segundos después de aquel extraño suceso en aquel hogar donde se conocieron quienes nunca se habían conocido.

El joven de aquella ocasión, Gael Dure Midu, proveniente de un país hermano, miraba atentamente la hora en su reloj, sus amistades lo presionaban para que se apurara, pues las clases habían terminada ya. Gael les pidió que se adelantaran y no lo esperaran; pues él, como su predecesor, conocían el destino de esta institución.
Un largo pasillo era recorrido por un par de personas ya conocidas, sobre el pasillo se encontraba el segundo piso del edificio de laboratorios. Un par de estudiantes caminaba hacia el edificio uno de aulas, donde se encontraba parado Gael.

Aquel que antes de él había enfrentado su destino. El joven mago de hacia algunos siglos había logrado descifrar el conjuro de “La Mancha” y dejado como sacrificio un heredero que cumpliría su trabajo, mientras dejaba una generación de hijos, nietos, bisnietos, tataranietos, y más descendientes que lograron librarse del karma acumulado, pues aquel conjuro protegería a la familia de su salvador, hasta que se su heredero cumpliera con el destino escrito.
-No me llames por mi nombre, pues ese nombre ya no existe para mí- replicó Gael a una de sus amigas, quien en forma burlona respondió -Huy, Disculpe Don señor sin nombre-, el joven sonrió y pensó “Lamento tener que hacerlo”, no tardaron en salir los alumnos de sus clases, Gael recibió un mensaje de sus amigos, quienes irían a comer a la cafetería de la escuela, preocupado les advirtió que no se quedaran más tiempo en la escuela, pues toda la gente se encontraba en un gran riesgo, sus amigos, entre ellos Roberto, con quien había trabajado antes, hizo un chiste al respecto y prefirió seguir con los demás a la cafetería
Sacó de su pantalón un reloj de bolsillo, miró la hora, hizo un par de cuentas y se dijo -Cuatro Minutos-

No tardó mucho antes de que las nubes ocultaran el sol, en su danza de oriente a poniente; las sombras cubrieron lenta y lúgubremente la escuela, dos pequeños remolinos soplaron con ímpetu en dos de los cinco jardines del colegio, levantado polvo y tierra. Alumnos que se hallaban allí salieron corriendo antes de que las ramas de los arboles les cayeran encima. Gael conocía esa señal, La Mancha tenía hambre, y su heredero debía cumplir con su palabra, pues demasiado tiempo había hecho esperar ya.
Su rostro se trastornó ligeramente, sus cejas oscuras mostraban la ira de su alma, ojos que antes cafés ahora rojos por la sangre irradiada por la adrenalina, apenas una navaja y sus manos serían suficientes para cobrar venganza.
Las clases habían terminado en el aula que se encontraba protegiendo, sin embargo, y para su mala suerte, se encontraba allí dentro aquella joven de pelo negro, de piel clarita y rasgos finos, estatura baja y de una suave piel; Gael irrumpió en el salón, cerrando la puerta evitando así que alguien huyera, al primer golpe, no tardaron sus compañeros en detenerlo, sin embargo, era inútil, pues a pesar de tener poca fuerza, su técnica le valía para acabar con tres en un par de movimientos. Intentaba no usar su navaja, utilizando únicamente sus puños. Los rostros maltrechos de algunos figuraban en el piso, muchos terminaron con varios huesos rotos, la sangre fluía sobre el suelo y sólo logró escapar una joven, aquella amiga de Gael llamada Irene, salió gritando por la escuela mientras seguía corriendo por el extenso pasillo. Un trueno golpeó a lo lejos, su sonido la paralizo momentáneamente; Gael, en su ligero estado consciente, hizo tiempo para que ella escapara, pero la masacre apenas empezaba.
Un río de sangre se derramó por el pasillo, proveniente de cada aula, varios jóvenes de gran masa muscular y altos trataron de detenerlo, pero no era ni su fuerza ni consciencia la causante del homicidio, si no la magia que conllevaba a energías oscuras acumuladas de generaciones pasadas.
Una torrencial lluvia se desató, cuerpos con costillas rotas, piernas y brazos dislocados y rostros con ojos blancos y pálidos se asomaban en cada rincón del colegio.
Realizó una pequeña pausa para dirigirse con la seguridad de la entrada principal, aquel infortunio provocó que Gael obtuviera un par de armas de fuego, con lo que la cacería se volvería más simple, a costa de generan muertes más trágicas pero a la vez menos dolorosas.
Ante su persecución furtiva de aquellos que intentaban escapar, tropezó con Irene, quien tenía su tobillo lastimado, ella lo miró con horror, su piel de por si blanca, palideció aparentando ser un fantasma, sus ojos se hundieron, sus labios se resecaron y su hermosa voz se había esfumado, tan grande fue su susto que no pudo gritar, Gael le dijo -Perdóname, pero éste no soy yo- cerró sus ojos y antes de que le apuntara a su cabeza, ella sufrió un ataque al corazón.
El genocidio no duró mucho, pues el susto afectó emocionalmente a varios, provocando que quedaran paralizados ante la presencia del espíritu maligno.
Faltaban sus amigos, quienes intentaron huir de la cafetería, sin embargo, arrastrados por la multitud, dieron a parar cerca de un edificio de aulas, donde Gael se encaró con Dionisio y Zenón, el primero de cabello largo, le llegaba hasta el cuello, fue golpeado repetidas veces hasta morir, Gael cerró sus ojos y lo abrazo pidiéndole disculpas, lloró sangre y se enterró su navaja en su brazo izquierdo, al abrir sus ojos de nueva cuenta, disparó a Zenón, de estatura más baja. Ante él se formaron dos espíritus, viejos conocidos en vidas pasadas, se despidieron de Gael sin resentimiento, pues su suerte será la misma dentro de unos años.
El efecto de las energías oscuras sólo le hacía efecto mientras mantenía sus ojos abiertos, en cualquier otro caso la magia no tenía efecto.
Caminó en busca de sobrevivientes, y debajo de un escritorio, en el segundo piso del edificio de laboratorios, se encontraba ella, aquella de estatura baja y cabello negro, con unos redondos y hermosos ojos, sus suaves manos tocaron la cara de Gael, quien cerró sus ojos mientras le explicaba -No le haré daño, no haré más daño del que ya hecho-, la voz ligeramente aguda de aquella mujer resonó en la cabeza del asesino, quien le respondió -Le pidó, por favor, un abrazo, sólo un abrazo y todo esto terminará-, ella le respondió con miedo, se sintió liberado y relajado, con lo que se disparó arriba del hígado, en una zona segura, el impacto provocó que quedara inconsciente, los policías por fin pudieron entrar, y aquella mujer simplemente le susurró una frase al oído, palabras que lograron modificar su rostro maldito, por uno de paz, tranquilidad y felicidad.

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