Rubato

Despertó de su letargo, y de sus indumentarias extrajo aquella hermosa piedra que resplandecía al reflejar la belleza de su preciosa dueña. Incontable gente en la villa donde vivía aquel hombre admiraba atónita la piedra, tanta era su preciosidad que las personas olvidaban sus problemas y preocupaciones, inclusive curaba sus enfermedades; hasta que un día, el ciclo del hombre terminó, una madrugada, la roca no volvió a brillar ante el pueblo, que entró en una tristeza y soledad asesina.
El único vástago del sabio aseguró que la piedra se encontraba enterrada con su padre; y sin más preámbulos, la horda de buscadores se dirigió al cementerio del norte, para encontrarse con la nada viviente.
El hijo llamó y hablo con la sombra de la verdad, quien le recordó en nombre de su padre, que aquella piedra podría ser vista y admirada por todos, mas no poseída por alguien, pues su belleza reside en la perfección de su dueño.

Dentro de la nada viviente, murmullos de pena y dolor torturaban a los visitantes incautos, la sangre inundada con odio hizo huir a más de la mitad de los buscadores, el resto escapó del lúgubre cementerio luego de sentir con dulzura y calidez una mano fraternal en sus espaldas, sólo unos cuantos fueron los valientes para darse la vuelta y ver quién era aquél que les abrazaba, sin embargo, petrificados por el horror de ver una oscura calavera vestida con una túnica marrón, su cara, de difícil descripción, recordaba al mal, la muerte y la agonía, pues eran los huesos enterrados de la envidia y la lujuria, que ardían en el fuego del horror.

Dos quedaban en la pesquisa de la piedra, dos que nunca dejaron de ver la llama del amor y la felicidad, localizada al final del panteón. Al llegar, se giraron para percatarse que sus amigos que “los acompañaban” habían desistido, los dos restantes se miraron, preguntándose quién de los ellos sería capaz de robar la piedra al sabio. El más joven de los dos tomó la iniciativa, sin embargo, al abrir la lápida, se encontró con una sorpresa, no había piedra alguna, únicamente una flor con hermosos pétalos violetas y rojos, un largo tallo verde intenso con espinas. El hombre colocó su mano sobre el hombro del joven y le dijo -Si acaso crees que encontrarías una piedra similar a la que poseía el sabio que yace allí, estas equivocado, pues nunca hubo piedra alguna, sólo una flor, dueña de la piedra, perfecta como la belleza de una mujer, e imposible de robar- El joven se hincó frente al cadáver, cerró sus ojos, arrebató la rosa de los huesos y la mató pétalo por pétalo, para luego partir el tallo en dos, así, enfurecido y con rabia gritó -Allí está, la belleza destruida y violada, tan perfecta como frágil, así es el amor, así es la felicidad, fugaz y finita-

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