El deseo

Hacía tiempo que no me había puesto a pensar en el tiempo, y tanto tiempo el que tengo. Conocía historias que pocos mortales conocen, pues no se cuentan en las escuelas o no se hacen película. Son historias que guardan un secreto místico que pocos comprenderían, podría darles una u otra pista, pero lo más que se me ha permitido decir, además de contar tales anécdotas, es poder susurrarles a sus ojos, que aquellas aventuras hacen un pasado, un presente y un futuro.

Hubo en una ocasión una bruja, hija de un rey muy discutido debido al amor que le profanaba su gente y el odio causado por los otros reinos, pero eso es otra historia. Lo que quería recordar de aquella vez, era el exilio que emprendí con tal de salvar a la bruja Selorts y a su hijo. Si ya han leído la historia, recordarán que ella y yo nos separamos en una de las villas del Sur y que el resto de la anécdota me fue contada por su madre a través de cartas y años más tarde, por su hijo. Durante esos años, o mejor dicho, décadas, en las que me asenté en la villa de Dusché, tuve bastante tiempo para pensar. Obtuve un pequeño trabajo junto a un ingeniero arquitecto, con quién construimos e ideamos diferentes construcciones que hasta la fecha siguen en pie. Tuvimos ideas muy innovadoras, muchas de ellas, inclusive, pudieron ser utilizadas en otras ramas de la ciencia para mejorar las investigaciones. Pero por tales veinte años creo, no conocí a nadie más que al ingeniero, a su esposa, dos hijos, hermanos y sobrina. Tuve muy poco contacto con ellos y nulo contacto con la gente de la comunidad. Ahora me pregunto como pude haber sobrevivido tanto tiempo así, de forma tan inhumana, pero era lo que yo mismo me había propuesto. Evitaba a toda costa a la gente, salía de casa y procuraba no mirar a nadie, cabizbajo me tambaleaba entre la gente. Recuerdo que cuando llegué a la villa, era un lugar con poca gente, pero ahora ya es un pueblo con miles de habitantes. Muchos creían que estaba ebrio y por eso me evitaban, era cierto que abusaba del whisky, pero nunca llegué a estar en tal condición, pues debía presentarme a trabar todos los días, excepto los viernes. Jamás falte un día y nunca cometí alguna impertinencia frente a la familia de Henry Liechsteïn. Teníamos ratos agradables, platicas interesante, pero únicamente cuando estábamos nosotros solos. Luego de salir de trabajar, me sentía incompleto, desolado, como si no fuera yo. No recurrí a la luna en tantos años, no le hable, no la abrumé con mis problemas. Comencé a enfermar, estaba en cama por largas horas, pero seguía yendo a trabajar. Las pláticas me reanimaban, pero muchas veces ya no sentía que fuera como antes. ¿Cuántos años sobre la tierra he estado? ¿Cuánto no he vivido? Entonces me llegó tal pensamiento que llevaba muy dentro de mí, lo había enterrado hace siglos, pero ahora parecía emerger. Lo cierto es que no puedes vagar por la tierra como si nada fuese a ocurrir. El único amor capaz de existir a través de los tiempos, es el de la Luna, las demás personas serían incapaces de entenderlo y rápidamente lo dejarían a uno, en la soledad y tristeza, al borde de una muerte imposible. Es un sufrimiento difícil de explicar, pues la muerte jamás se haya detrás de uno, uno va detrás de ella. Mi enfermedad avanzaba con gran velocidad, aquella apatía y miedo a seguir viviendo me rodeó, estuve a punto de rendirme, ya me había enfrentado a Caronte en dos o tres ocasiones, no tenía miedo; pero el hecho de pensar en volver al mundo de las tinieblas, me hizo dudarlo, y me aferré a un collar que me fue obsequiado por mi madre, lo tomé con fuerza y cerré mis ojos. Luché, no me di por vencido, ese sentimiento de apatía y miedo a la vida debía desaparecer de una vez por todas, era obvio, no desaparecería. Mientras mi enfermedad se esparcía a más regiones de mi cuerpo, yo luchaba con más ímpetu que nunca, intentaba que no hubiera silencios en mis pláticas con Henry, sólo así el virus era incapaz de esparcirse. Pero no fue aquello lo que me salvó, sino su sobrina, Aline, quien estuvo cuidándome por una semana. Mi recuperación fue tardada, pero el viejo sentimiento fue enterrado en otra región de mi mente, incapaz de emerger con tanta facilidad.
Veinte o treinta años transcurrieron, mi deseo era seguir viviendo y más aún, cuando conocí a tal joven, ligeramente mayor que yo, pero que me recordaba en demasía a Itzel, la Luna. Quizás cambiaba su tono de piel, que era más claro y ojos igual de claros. Pero su voz, estatura y forma de ser eran muy similares. Entonces caí en la cuenta que no podía seguir viviendo como ermitaño, debía salir al mundo exterior y conquistarlo.

Estuve siete años con Aline, pero nada fructífero salió de aquella relación y decidí marcharme para conseguir nuevas historias que contarles.

Luego, quizás, me daré cuenta que el lugar donde enterré el sentimiento de muerte, despertaría otro sentimiento, uno más peligroso y difícil de detener.

FIN

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s