El naranjo

Hace algún tiempo, en un pequeño pueblo habitaba un joven que era muy trabajador y educado con todas las personas, no obstante, su amabilidad no era reconocida por todos, algo que a él no le importaba.
Su vida era simple, salía poco de su casa, gustaba leer y arreglar cosas, tal como su padre le había enseñado. Estudiaba la universidad en una ciudad cercana y trabajaba los fines de semana para ayudar en la economía de su hogar.
El joven apuesto, de cabello oscuro y alto, entró en una crisis debido a que desconocía cuales eran sus habilidades, creía que no tenía alguna, pues en pocas cosas era bueno, eso sin contar su mente distraída que lo caracterizaba. Al final optó por el estudio de una ingeniería, ya que es lo que más le gustaba, aunque realmente se veía interesado en la mayoría de las áreas. Pero arreglar y entender el funcionamiento de las cosas era lo que más amaba, por lo que la ingeniería parecía una buena elección.

Los días pasaban y la escuela se complicaba, pero nunca se dio por vencido, al contrario, trabajaba el doble de lo normal con tal de obtener las mejores calificaciones, sin embargo, su mente distraída le jugó malas pasadas a lo largo del ciclo escolar. Al final logró aprobar con éxito sus materias, aunque no con las calificaciones deseadas.
Los días transcurrían con normalidad, las vacaciones no fueron muy distintas a las anteriores. Salió con sus amigos a jugar y a platicar, era feliz, se podría decir. No deseaba nada más de lo que tenía, pero cuando algo anhelaba, trabajaba para conseguirlo.
Fue iniciando el siguiente ciclo escolar, cuando se encontró en la plaza del pueblo a una joven de piel clarita y cabello oscuro, ojos de un café claro y estatura menor a la de él. El joven se acercó a ella y le preguntó -Disculpe joven dama, perdone me indecencia, pero no la había visto antes por aquí- la mujer rio y respondió con una sonrisa
-soy de la villa que colinda éste pueblo, pero mi madre ha decidió mudarse a este lugar-
El joven le devolvió la sonrisa diciendo -podría asegurar que estudias medicina- ella se miró y luego vio al joven, respondiendo -eres muy perspicaz, y tu ¿qué estudias?-
-ingeniería-
-un chico inteligente- replicó ella con voz baja a lo que el joven refutó -no exactamente, -pero si tú lo dices- ambos rieron y aprovecharon que se encontraban en la plaza para comer un helado y caminar por el extenso parque que se encontraba en el centro, ambos reían bajo la sombra de los árboles, descubrieron que tenían varias cosas en común, la plática se alargó un par de horas, hasta que la mamá de la dama fue por ella, se despidieron, pero él no podía quedarse con la duda y gritó -¿cómo te llamas?-, ella respondió con otra pregunta -¿Cómo te llamas?- ambos gritaron sus nombres, pero fueron incapaz de escucharlos, pues ya estaban muy lejos.

Aquella charla de fin de semana, mantuvo ocupada la mente del joven, pero una vez regresó a la escuela, dejó a un lado aquellos sentimientos y se dispuso a estudiar. No obstante y conforme la semana se acercaba a su fin, sus pensamientos hacia ella destrozaban su mente.
Llegó el sábado y el joven se preguntaba si volvería a verla, imaginaba distintas situaciones, sabía que el pueblo era pequeño y que, por ende, las probabilidades de encontrársela serían mayores.
El domingo decidió pasar la tarde en la plaza, caminó por las calles, e hizo suposiciones de donde podría vivir; lamentablemente, ella nunca apareció y el corazón del joven se vio envuelto en llamas de desesperación e ira, pero que hacia la noche, se apaciguarían.
La noche del lunes tuvo un giro inesperado, cuando menos se lo esperaba, en la central camionera se encontró con aquella hermosa dama, llevaba su cabello recogido, dejando un pequeño fleco que le cubría la frente, iba vestida como cualquier doctora, completamente de blanco. Cuando se encontraron, no se reconocieron; se quedaron mirando, más él que ella, y al reconocerse, se abrazaron de felicidad. Viajaron juntos de regreso a sus pueblos, platicaron y rieron, descubrieron cuales eran sus diferencias y se convirtieron en muy buenos amigos. El nombre de ella era Natalia y el de él Alejandro.
Ambos se frecuentaban una vez a la semana, eran sumamente felices, Alejandro iba en ocasiones a ayudarle a la madre de Natalia, en otras caminaban por las amplias praderas. Se perdían durante horas y ya en la noche, regresaban a su realidad.
Así fue durante cuatro meses, antes de que ella tuviera que irse a vivir a una ciudad lejos de donde ellos vivían, esto debido a su carrera. Alejandro se puso muy triste cuando se enteró de tal noticia, por lo que toda esa semana salieron. Pero él tenía algo que decirle, una serie de palabras que no tenían demasiado significado si se decían al aire, pero que si eran recibidas por la persona correcta, podrían o causar gran felicidad o una aflicción insoportable. Entonces llegó el último día que se verían, él fue por ella a su casa. Natalia tardó en salir, el joven creyó por un momento, que ella ya se había ido, aquellos segundos fueron eternos, pero al final, salió; llevaba puesto un hermoso vestido carmesí y arreglos en tonos oscuros. Alejandro se quedó sin palabras ante tal belleza, tenía ciertos planes, pero al final ella le pidió que fueran a un lugar al que nunca habían ido. Al lado contrario de la pradera había un extenso valle con un césped de vivos verdes, y en su centro, un naranjo.
-Debo confesarte algo- dijo Natalia -no sabía si confiar en ti, pero ya lo he hecho, como tú lo has hecho conmigo. Encontré este hermoso lugar cuando llegamos mi mamá y yo, en ocasiones me gustaba venir a recostarme bajo la sombra de este naranja y pensar en un sin fin de historias, me enamoré tanto de este lugar que hacia mi tarea de investigación mientras me recargaba en este árbol-
Alejandro se encontraba un tanto nervioso al oír las anécdotas de su amiga, quería interrumpirla para decirle y contarle todo lo que sentía por ella, pero al mismo tiempo, quería seguir escuchando su voz. Entonces, hubo un momento de paz, ambos seguían tomados de las manos y él se acercó más a ella, intentó decirle, pero no fue capaz, al final dijo -bella Natalia, permitame robarle un beso, que mis labios sufren por probar los suyos-, ella se sonrojó y respondió -siempre tan formal a la hora de hablar, acepto tu propuesta- acto seguido, ambos se besaron.
Hacia el atardecer, ella le dijo -Espera a mi regreso y mientras este naranjo siga dando jugosos frutos, mi amor hacia ti será igual de intenso que el amor que sientes por mí-
A la mañana siguiente, el joven acompañó a su hermosa dama a la terminal de autobuses, y a partir de entonces, una vez a la semana él visitaba el naranjo, se sentaba junto a él y platicaba. Probaba las naranjas que seguían igual de deliciosas, brillaban de frescura y jugosidad. Pasados varios meses, tal vez once o doce, el árbol comenzó a marchitarse rápidamente y las naranjas que comenzaron a ser amargas, pronto dejaron de crecer y el naranjo quedo completamente seco.
Alejandro lloró por varios días, dejo de salir de su casa hasta que su tristeza se convirtió en ira. Tomó un hacha y se dirigió al naranjo; sin piedad, comenzó a cortarlo, dejando únicamente un pedazo del tronco, provocando que el pasto alrededor también se secara.
Pasaron nueve meses y el joven decidió regresar a ver el tronco, el cual esperaba estuviera ya carcomido por las termitas, sin embargo, y para su sorpresa, una pequeña y larga planta empezaba a germinar por el costado del tronco. La mente de Alejandro comenzó a dar vueltas, imaginó infinidad de escenarios, que conforme pasaba el tiempo, se esfumaban y pasaban de ser una predicción a simple imaginación.
Aquel joven, convertido en adulto, jamás alteró sus modales, nunca se comportó diferente. Tuvo tres novias con quienes no tuvo éxito, había encontrado un respetable puesto en una empresa de la ciudad, viajaba a varios países desarrollados para dar conferencias y asesorar a otras compañías.
Fue una semana antes de navidad, cuando él ya tenía 42 años cumplidos, que regresó a ver el viejo naranjo, el cual había crecido y del que florecían hermosas flores rojas y naranjas. Se aproximó al árbol para asegurarse de que lo que veía era cierto, pero más grande fue su sorpresa al encontrarse con una joven de 20 años, recostada junto al naranjo. Corrió hacia ella y la miró por varios segundos hasta que ella despertó, ambos cruzaron miradas por varios segundos. La joven tenía rasgos finos, de piel ligeramente morena, ojos claros y cabello castaño. Alejandro se presentó cordialmente ante ella, quien sonrió sin decir palabra alguna, pero él no quería quedarse con la duda y decidió invitarla a cenar aquella noche. Hacía tiempo que Alejandro no se sentía tan vivo y feliz al estar frente a una mujer. Antes de la despedida, ella dijo su nombre, Gisela. El nombre lo dejó pensando por varios días.

“¿quién eres que despiertas el fuego de la pasión en mi ser? Las locuras de mi mente me despiertan por las noches, incapaz de olvidar tu rostro y tu voz, intento distraerme, pero me es imposible porque todo aquello que oigo y ve me recuerda tu ser.
Invitaría a la luna a esta canción, pero ella jamás apreció nuestra relación.
Son las flores rojas y naranjas, las plantas verdes y amarillas las que conocen nuestra pasión.
Sería capaz de besar tus labios sin consultarte, y así determinar si entre tú y yo hay un simple amor jovial o uno de verdad.
El tiempo ha marcado cicatrices en nuestro amor, heridas que parecen curarse, pero que se abren con cada mirada. El ardor del amor, es un precio justo que estoy dispuesto a pagar.
Las palabras que escuché, han salido con dulzura y honestidad, te pido nos encontremos mañana en el naranjo, por favor”
Aquella carta la escribió Alejandro y la dejo en la casa de Gisela, esperando que ella le respondiera al día siguiente en el naranjo.
Lamentablemente no se encontraron ni ese día, ni al día siguiente; pero al tercer día, ella llegó con un vestido oscuro y amplio escote. Alejandro quedó perplejo, pero tan pronto recuperó el aliento, le pidió que fuera su novia. Ella no dudó en responder con un sí.
Y justo cuando ella terminó la carrera, se casaron.
En la boda, Alejandro se encontró con Natalia, se saludaron y los ojos de ambos brillaron como hace veinte años debajo del naranjo, entonces ella le dijo –Serás un muy buen esposo, jamás me decepcionaste, y espero nunca lo hagas. Me alegra tanto que mi hija te encontrara, harán una pareja perfecta. Lamento lo ocurrido hace años, pero nuestro amor era de simples jóvenes, nada serio, además, has de recordar, te llevó cinco años- Alejandro sonrió, hizo una reverencia y besó sus manos.
Alejandro y Gisela se casaron, tuvieron un hijo y vivieron felices hasta sus últimos días.

FIN

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