Una nada y un todo

Corriendo por los pastizales mientras un suave viento golpeaba mi cara, mi cabello se levantaba y el olor de las flores cercanas generaban una dulce fragancia hechizante; mis penas y tristezas eran olvidadas, subía por esas laderas en las que crecía un largo pasto verde y suave que, al igual que mi cabello, era empujado hacia atrás, de vez en vez apreciaba algún diente de león volando y desintegrándose por el viento. El sol, aquel astro que nos regala su energía, iluminaba con poca intensidad hacia las cuatro de la tarde; sin embargo, las sombras de las nubes se podían ver en el suelo, moviéndose a gran velocidad. Sin pensarlo me tire en la cima de la ladera y observe el cielo, hasta que la única nube se terminó de esfumar, entonces recordé aquella historia que me contaron:

En el tiempo de los griegos, mucha gente temía mirar un cielo despejado, es decir sin nubes, pues no sólo había rumores, sino que también registros de gente que se volvía loca al mirar aquel cielo infinito, y es que como dos grandes filósofos habían dicho a sus discípulos, explicado que el cielo es aquella ventana al universo que nos rodea, pero es también la ventana a nuestra mente.
En cierta mañana, el aire gélido de la madrugada mantenía a los niños, jóvenes y ancianos dentro de los hogares, excepto a uno, el joven introvertido en ocasiones y extrovertido en otras, salió de su casa y contemplo una violeta que abría lentamente sus pétalos y se sacudía el rocío de encima, el joven sonrió sin pensar siquiera en algo, simplemente contempló absorto la obra de la naturaleza, caminó unos metros lejos de la aldea para acostarse en el suelo y mirar el cielo que mostraba un azul claro profundo, lo miró sin parpadear, contempló la belleza de un azul completamente limpio, el sol iluminaba la ventana al exterior de nuestro planeta, pero conforme pasaba el tiempo, el azul se embellecía más y más, y los pensamientos del joven salían a flote lentamente, intentaba descifrar al mismo cielo, que se veía suave, indescriptible, simplemente un azul, un techo que se puede ver pero jamás alcanzar, entonces llegó la primera confusión, ¿Quién soy?, una pregunta que tardó horas en sacar de su cabeza, ya que fue sustituida por otra pregunta ¿Qué hago aquí? y ésta sustituida por otra ¿Por qué existimos?, ¿Qué es la vida?, ¿Qué tan grande es el planeta?, ¿Por qué vivimos?, ¿Qué es el amor?, ¿Por qué amamos?, ¿Por qué? muchas preguntas emergieron de su cabeza, el cielo, tan bello se había convertido en un extractor de incógnitas de su cabeza, el joven alzó su brazo intentando tocar el cielo y gritaba un sin fin de versos ininteligibles. Su madre lo buscaba por toda la aldea, pero sin éxito, preocupada pidió a los dioses por su hijo.
Hacía más de las seis de la tarde, por fin, una nube traicionera o una nube salvadora interrumpió la vista entre el joven y el cielo, de pronto, todo cambió, cerró sus ojos, las preguntas se desvanecieron de su mente, su boca estaba completamente seca, por lo que apenas y podía articular las palabras, llegó hambriento a casa, donde su madre lo esperaba, lo abrazó eufóricamente y le preguntó que había estado haciendo todo el día, su hijo no pudo responder, como si algo o alguien le hubieran borrado su memoria.

Al día siguiente, repitió lo hecho el día anterior, y así todos los días de la semana, él aseguraba sentir una extraña adrenalina al intentar recordar lo que hacía durante el día, pero únicamente “observaba dentro de su mente” un extraño paisaje lluvioso, un algo y una nada, algunos días las nubes aparecieron más pronto que otros, por lo que regresaba a casa temprano; sin embargo, un día su madre decidió seguirlo para averiguar que tanto hacia, para sus sorpresa, simplemente se recostaba en el césped contemplando el cielo, pero decidió observarlo por más tiempo, no sucedió nada fuera de lo normal.
Dos días después, lo volvió a seguir, y esperó, en esta ocasión la nube tardó en llegar, provocando que aquellos extraños versos salieran de la boca del joven, su madre salió al rescate, pero fue inútil, lo levantó, trato de moverlo, sin embargo su cabeza siempre se movía para que sus ojos apuntaran al cielo, era obvio, su posesión terminaría hasta que llegara una nube que bloqueara su vista.

Su madre entonces tomó medidas y le prohibió que saliera de casa.
Un atardecer despejado fue visto por su hijo a través de la ventana, sus pupilas se dilataron y observó cerca de una hora antes de que su madre se diera cuenta, pero ya era demasiado tarde, tuvo que esperar y rezar. Los colores del cielo se iban cambiando de un azul, a un anaranjado, a un morado, a un negro, y pronto las estrellas se asomaron y brillaron, titilaban todas, el cielo era profundo, inmenso, infinito, al igual que todas las dudas del mundo, en ese momento, las preguntas no surgieron, si no que un par de versos en rima fueron pronunciados con ímpetu, para luego decir:
“Las estrellas, astros brillantes, que nos ofrecen su luz y su suerte, entonces pedir un deseo has de hacer”, guardo silencio después de lo dicho, observó la bóveda celeste y añadió “Sin embargo, cuidado de no confundir los planetas con las estrellas, porque son los planetas los que reflejan la luz y suerte de las estrellas, aquellos son tierra fértil para los deseos, plántalos en los planetas, espera resultados a largo plazo, su suerte te acompañará por más de media vida”, entonces después cerró sus ojos para decir “Las estrellas fugaces son magníficas, deseos no debes pedir, pues por el simple hecho de verlas, ellas mirarán en tu corazón, mente y alma para proporcionarte aquel deseo que está oculto en tu interior”, abrió sus ojos que irritados por no parpadear, levanto su brazo derecho y señaló a la luna que brillaba con todo su esplendor, se arrodillo a la ventana y dijo -Mamá… Te Amo-, cerró sus ojos y se dejó caer en los brazos de su madre, quien lo abrazo, con lágrimas le respondió -Yo también Te Amo-

¿Qué es el amor? ¿Por qué amamos? ¿Qué es la vida y por qué vivimos?

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