Renata

Ya hace algún tiempo que anduve a tientas en las tinieblas, he de confesar que fue una gran aventura el haber ingresado a tal terreno del que pocos regresan cuerdos. Fue allí donde me encontré una vez más con Caronte, por un instante temí por mi alma, luego me enteré que él también era quien llevaba a las personas desterradas de su viejo mundo a las diversas tierras lejanas de la hambruna y soledad. Mi corazón se agitó con gran brío al ver aquel rostro esquelético mirándome sin sentimientos. Quería regresar a mi mundo, pero Caronte me explicó que una vez allí era imposible regresar, entonces me resigné y tomé la barca que me llevaría a una de las islas más tranquilas entre aquellas tinieblas.

Con el paso de los días, los aullidos de dolor penetraban con más intensidad mis oídos, hasta el grado de mantenerme en vela por las noches, de día era en efecto un sufrimiento aún más atroz. Los caciques de cada una de las islas nos ponían a realizar trabajos muy pesados, y durante ese tiempo tan sólo contábamos con medio litro de agua y una pieza de carne. Las horas de trabajo eran de apenas unas cinco o seis horas, suficientes para regresar a casa y tenderte en tu cama sin deseos de levantarte, pero era en aquellos momentos cuando la gente empezaba a gemir y gritar de tristeza y dolor, algunos se golpeaban y los más débiles sucumbían ante el suicidio.

Desconozco el tiempo que pasé en aquellas tierras, pero sé que pronto me veía envuelto en las garras de la muerte, mi cuerpo ya no soportaba más y mis recuerdos daban vueltas en mi mente, yendo de aquí a allá, recordando los fatales errores que me mandaron a este lugar. Si no lo hubiera hecho, si no lo hubiera comentado, si no lo hubiera pensado, un sinfín de hubieras. Pero eso es el pasado, ahora me he visto resignado a sucumbir a los dolores físicos por la mañana y los dolores mentales por la noche.

Durante un fin de semana, decidí dar una vuelta a la isla donde me encontraba, esperando salir de este maldito lugar, pero no había forma de salir, quizás nadando, pero no se veía tierra firme por ningún lado a la redonda. Los rayos solares azotaban con gran ímpetu, ingresé al bosque esperando que el follaje me cubriera del calor, pero allí dentro, los horrores eran aún peores, no había insectos, pero había aves con largos y afilados picos que olían la desesperación y el miedo, había también unos monos que arrojaban piedras y semillas con gran fuerza que eran la principal causa de muerte de las personas que se arriesgaban a entrar al bosque. Logré salir de allí con algo de suerte, aunque debo de admitir que fui golpeado severamente en la espalda y uno de aquellos largos y blancos pájaros me picoteó la cabeza hasta hacerme sangrar. Salí a una parte de la isla en la que nunca había estado, vi los refugios de los demás individuos que habían sido arrastrados al mundo de las tinieblas por errores en su vida, pero no vi a sus habitantes. Toqué a las puertas, la leña estaba fría, parecía que habían abandonado sus hogares, seguí caminando y a unos pasos de llegar a la costa, encontré a más de cincuenta personas ahorcadas y ahogadas, sus cuerpos debían llevar más de una semana, pues se podían observar los efectos del agua salada. Las imágenes fueron aterradoras, algunos ojos salidos y también viseras de algunas mujeres, todos los cuerpos hinchados y otros más amorfos. El fétido olor me hizo correr y alejarme del lugar, corrí por horas recordando mis errores, no sé por cuánto tiempo más corrí, pero sé que llegué a mi cabaña con los pies ensangrentados y sin más energías, lloré por largas horas durante la noche.

Al día siguiente, el cacique nos obligó a realizar nuestras labores y fue a la luz del sol y mientras cosechaba uvas en la huerta, que caí en la cuenta que ayer me estaba convirtiendo en los otros, mis llantos y lamentos habían rimado al unísono de los aullidos de las demás personas.

descargaLos días y semanas transcurrieron, mi mente daba vueltas y vueltas, caminaba por las noches y gritaba, trataba de taparme la boca, pero me mordía las manos, cada noche intentaba dejar de gritar, pero mis manos eran mordidas por mis dientes. Tenía cierto control sobre mí, pero el cansancio y el poco alimentó provocó que una noche me arrancara un pedazo de piel de mi mano. A la mañana siguiente, recordaba y era consciente de los hechos, pero culpé a mis compañeros de que ellos lo habían hecho y los golpeé con furia hasta dejarlos tendidos en el piso, uno a punto de morir, al principio suplicaban por sus vidas pero luego pedían la muerte. Mis ojos estaban rojos, podía sentir como la sangre bombeaba, miré a todos, quería seguir golpeándolos, pero empecé a reírme a carcajadas, perdí fuerza en mis articulaciones y me dejé caer sobre el piso junto a mis compañeros.

El cacique no tardó en llegar y percatarse de la situación, supo que yo había sido el causante de los estragos y me condenó a trabajar sin descanso por cuatro meses, en lo que mis compañeros se reponían de los golpes que les había propinado.

Pasaron los cuatro meses y aquellos compañeros ya habían muerto, algunos en mis manos y otros más por debilidad, una serie de caciques llegaron por mí, intenté defenderme, pero eran más y más fuertes, rápidamente caí inconsciente. Desperté atado de pies y manos en una celda dentro de un barco, había un extraño olor que me durmió y desperté una vez en el puerto. Aquella isla era de las más hermosas que había visto, tenía arboles de hojas rosas y verdes, las aguas que la rodeaban eran de un azul celeste igual al del cielo, y los ríos que desembocaban en el mar eran de un agua tan transparente que era imposible determinar si había o no agua. Fui entregado al emperador de estas tierras, allí supliqué por mi vida y luego por mi muerte, el emperador rio y ordenó que me llevaran ante Ángela, un ángel caído decían algunos, había oído hablar de ella, decían que fue una de las primeras mujeres en haber pisado estas tierras, que su belleza era tal que el emperador le perdonó sus agonías con tal que se casará con él. Las historias son varias, pero lo cierto es que no era tan hermosa como decían y ella perjuraba que su nombre real no era Ángela, sino Minerva. Intenté acercarme a ella, pero rápidamente fui golpeado una y otra vez, su fuerza, aunque igualaba a la mía, tenía más odio que el que yo pudiera aguantar, me tomó de los brazos y me encadenó, incapaz de moverme, fui golpeado repetidas ocasiones en la cabeza, grité, pero nadie hizo caso. Entonces decidí sacar mi locura, pues este duelo sólo lo ganaría aquel que estuviera más perdido […]
Alucinaba, veía objetos que se movían, se acercaban y alejaban, crecían y decrecían en tamaño. Miraba sombras que saltaban y corrían a mí alrededor, se movían siempre hacia donde yo estaba observando, recordé una vez más las desquiciadas acciones que cometí y provocaron que llegara a esta tierra de locos, me coloqué mi ropa como pude, saqué la espada de mi corazón y la aventé lejos. Me tendí bocabajo, y sentí frío y calor mientras me desangraba, en mis últimos minutos pedí perdón por todo lo que había dicho y hecho, con mi segundo aire, me vestí, tomé las cadenas, las amarré en una viga que estaba en el techo y me colgué, pensé que quizás aquella espada no me había causado el dolor que yo causé, pero que la agonía que me esperaba en esa soga metálica que quizás terminaría degollándome sería suficiente, no lo pensé, simplemente salté y dejé que la cadena hiciera lo suyo.

De pronto sentí que alguien corría a abrazarme y me tiraba, dejándome por fin respirar otra vez, ¿Quién podría ser? ¿Quién en todo el mundo sería capaz de venir a buscarme? ¿Quién se atrevería a adentrarse a estar tierras, por mí? Abrí mis ojos y la vi, era hermosa, como siempre lo ha sido, sus manos suaves, Renata, en muchas ocasiones me pregunto… estuve sin ti este largo tiempo y has venido a buscarme y a rescatarme.

Me comentó, en nuestro trayecto de regreso a la Tierra, que mi madre tuvo mucho que ver en mi rescaté, jamás podría terminar de pagarles por lo que hicieron, dejé de abrazar a Renata luego de que la situación se volvió incomoda, cerré mis ojos y caí dormido en la barca que nos llevaba de regreso a nuestros hogares, pero nunca dejé de tomar la mano de Renata, nunca.

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