Encontrados

Érase una vez, no hace mucho tiempo, en los bajos suburbios de una ciudad, donde un pequeño niño fue abandonado por sus padres hacia cerca de cuatro años, quisiera describir lo ocurrido aquella tarde de verano, cuando sus padres le tendieron una trampa a su propio hijo, pero la anécdota es tan desgarradura que me provoca un terrible llanto de tan sólo recordarla.

Era el año número seis desde que el niño había sido abandonado. Aquel día, resultaba ser su cumpleaños y como ya era costumbre, sin pastel ni regalos, pero ¿Eso que importa?, lo peor de todo es que celebró su cumpleaños en soledad, sin abrazos ni amor, junto a las palomas, de quien ya se había hecho amigo hace algún tiempo, eran sus únicas compañeras. Las pláticas en ocasiones eran muy entretenidas y en otras ocasiones eran terribles. Así fue como el niño fue insultado por la gente del barrio, “el loco de las palomas” le habían apodado, aunque su verdadero nombre era Javier.

El tiempo pasó, quizás dos o tres años más, algunas palomas habían perdido la vida y otras más habían nacido. Por aquellas fechas resultaba ser el cumpleaños número catorce de Javier y las palomas más viejas por fin se habían aprendido la fecha del cumpleaños de su amigo y no tardaron en obsequiarle una noche antes una hermosa camisa bordada por ellas mismas del más fino de los hilos y con uno de los colores más hermosos jamás visto. Las palomas más pequeñas aprendieron a cocinar y obtuvieron deliciosos panecillos para la madrugada de su cumpleaños. Javier despertó por primera vez en su vida con una sonrisa en su rostro, se regocijó de estar entre su familia, comieron, platicaron y cantaron.

Fue en la noche cuando, una vez las palomas volaron hacia sus nidos para descansar, Javier decidió tomar un paseo por el parqué, caminó por varias horas, se metió entre callejones hasta salir a una avenida principal, se encontró por primera vez con las luces nocturnas de las que mucha gente hablaba, anuncios, gente bien vestida, con accesorios en sus cuerpos que él jamás hubiera imaginado. Entre toda la gente, su atención se enfocó particularmente en una joven, alta, que usaba unos lentes rosas, de cabello castaño oscuro, delgada y unos ojos que emanaban una tranquilidad y paz incomparables. Luego de deleitar su vista con aquella mujer, regresó perdidamente enamorado al parque.

Los días pasaron y Javier caminaba por las noches y se dirigía en busca de aquella mujer que tanto “amaba” según él, la encontraba en ocasiones y en otras, regresaba desilusionado a su cama. Las palomas empezaron a notar su tristeza y euforia repentinas. Entonces las palomas se turnaron por la noche para seguirle y entender el porqué de su comportamiento. No tardaron en percatarse de la causa y decidieron hablar con él a la mañana siguiente, recomendándole que se acercara a la joven para poderle platicar.

Y así fue, a la noche siguiente Javier se vistió con sus mejores ropas y sin titubear se dispuso a buscarla, no obstante, ella no estaba. Cada noche se repetía la misma historia, y cada noche, ella ya no se encontraba. Pasó un mes sin verla, luego fueron dos meses y al tercer mes la encontró caminando con una gran sonrisa. Javier estaba listo para a travesar la avenida y encontrarse con aquella mujer, y justo a mitad del camino se percató que la joven iba tomada de la mano con un hombre, con mejor rostro que el suyo, con mejores ropas y obviamente con más dinero. Su impresión le impidió moverse, provocando que un camión lo atropellara.

Las palomas se enteraron de lo ocurrido a la mañana siguiente y se dirigieron al hospital donde se encontraba Javier, quien había sufrido fracturas en diversas partes de su cuerpo. Desde entonces le entró un repudio total hacia cualquier mujer, desde entonces comenzó a mirar con desprecio las familias felices que jugaban en el parque y lo peor y más triste de todo, fue que una vez pasó su cumpleaños número 15, abandonó a su única familia, dejando a las palomas a merced de un águila hambrienta que había escapado del zoológico hacía un par de días.

Los años transcurrieron, las veladas en soledad eran el placer de Javier, ingresó a un mercado donde empezó a ganar dinero y a tener una vida aparentemente normal y, sin embargo, su odio a las familias y las mujeres continuaba, alguna vez se topó con alguna paloma desde entonces, pero la ignoró, desconociéndola por completo, cuando aquella paloma había sido la que le había bordado la camisa que ahora vestía.

A la edad de 20 años se mudó de ciudad y se dispuso a vivir en un pueblo lejos del ajetreo que el mercado le propiciaba, allí empezó a trabajar de granjero para una joven familia que sufría el no poder tener hijos, pues la mujer era estéril. Javier no conocía a la familia para la que trabajaba, pero sus compañeros granjeros eran quienes le contaban las historias.
Fue, pasados un par de años, cuando la joven decidió salir a caminar entre las mazorcas, allí estaba ella, de quien se había enamorado Javier hacía varios ayeres, conservaba su dulzura, se había hecho más hermosa; Javier sintió aquel vértigo en su estómago, sintió como si se lanzara de una montaña rusa y caminaba entre las mazorcas siguiéndola, esperando ver sus ojos que tanto le provocaban. El marido de la mujer la llamó y se giró, en ese momento Javier vio aquellos hermosos ojos que antes castaños, ahora rojos por la pasión. Javier se quedó tendido en el pasto, inmóvil, pensando como poder llegar a ella y de ser posible, matarla.
Cada noche elaboraba un plan más perfecto que el anterior, pero ninguno le convencía, se alejaba de sus compañeros y recorría los huertos para conocer la casa y así darse una mejor idea del terreno de juego, donde se encontraba aquella que tanto odiaba.
En este momento, debemos resaltar que ella es dos años mayor que él, y que en efecto, él logró entrar a la casa y golpear a su esposo hasta dejarlo inconsciente, se acostó junto a la mujer y empezó a hacerle caricias, ella reía y al abrir sus ojos se dio cuenta que no era su esposo, sino uno de los trabajadores. Javier la miró fijamente de pies a cabeza, pero se detuvo en sus ojos, aquellos que ardían de pasión pero también brillaban de terror. El mantenía su postura firme y su daga alzada lista para ser enterrada en el vientre de la mujer, pero los ojos de ella, quien se llamaba Rocío, fueron capaces de apaciguar el odio y tristeza de Javier, sus manos fueron capaces de tranquilizarlo. Ambos comenzaron a platicar y recordar, provocando que él rompiera en llanto, las suaves palabras de Rocío lo tranquilizaron. Así, hasta la madrugada, cuando Javier tuvo que salir corriendo para comenzar a trabajar con nuevos bríos.

Pero la historia no culmina aquí, al contrario, es tan solo el principio, Javier pronto se dio cuenta que Rocío si tenía un hijo, o mejor dicho, una hija, que ella tenía oculta para que su esposo no la golpeara, pues idealmente la hija había muerto en el parto. Fue entonces que ella le contó todo a Javier, inclusive le pidió que le ayudara a abandonar a la niña lejos, pero él se reusó, contándole lo que él había sufrido. Entonces decidieron mostrar a la niña a la luz, la bautizaron como Paola y huyeron lejos del esposo que mantenía esclavizada a la bella de los ojos angelicales, es por ello que rara vez se le veía caminar en las huertas o mazorcas.

Así fue como: Rocío, Javier y Paola vivieron felices para siempre, o hasta allí me quede en la historia.

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