El unicornio

Tuve que irme en ese preciso momento, aquel en el que la gente me miró con odio y repudio, había desaprobación en sus rostros, realmente desconozco la razón y si lo supiera, quizás no estaría huyendo en este momento y si en algún instante, más adelante, recuerdo porque huyo, no lo diré y lo dejaré para otra historia.

Pasados un par de días desde que dejé aquel mágico pueblo, me vi en la necesidad de hallar un refugio estable, pero mi rostro y la leyenda “se busca”, aparecían en cada uno de los pueblos y villas a los que llegaba. Debía escabullirme entre callejones oscuros, basureros y hogares de mala muerte. Apenas tenía para comer y estaba seguro de que pronto mis energías para seguir escapando se agotarían y perecería ante… ¡Ellos!, oh no, vaya desgracia la mía. Todo es tan oscuro, el pasado que no recuerdo, el presente que soy incapaz de vivir y el futuro que es incierto.
Apenas pisaba la entrada de un pueblo y veía en aquellos anuncios que pedían una recompensa por mi cabeza. Los días se hicieron más y más pesados, y al cabo de una semana, ya no podía más y me entregué.
Fui llevado de inmediato al pueblo capital, de donde había escapado; y allí estaba preparada la entrada ¿al infierno o al paraíso?, no sabría decirlo, pero sé que me sentiría tan aliviado de estar allí, atado al poste y sobre la leña a punto de ser encendida. El verdugo roció aceite a la leña y sobre mí, no tardo mucho para que las llamas empezaran a arder, me vi envuelto en una profunda paz jamás vivida antes. Pude entonces observar aquel lamentable cuerpo achicharrase, retorcerse y desprender gritos y aullidos de dolor y gemidos de sufrimiento que la gente alrededor de la hoguera disfrutaba.
Pasaron varias horas y por fin, sólo los huesos quedaron, aquella escena, que mucha gente hubiera detestado ver, no me causo ninguna sorpresa o impresión, vi el espectáculo sin algún gesto de emoción. Era momento de partir y vagar por un extraño camino oscuro, ¿Qué sería de mí? ¿A dónde voy? ¿Es esto la muerte o el despertar? Seguí aquella pequeña y tenue luz al final del camino. Desconozco el tiempo transcurrido en ese túnel que iba estrechándose, aunque no había prisa por salir, no había pensamiento alguno que me invadiera, es más, no hay recuerdos de aquel momento más que camine y caminé.
Seguía caminando hacia luz, que no cambiaba de tamaño y, curiosamente, luego de un tiempo y mientras me acercaba, la luz se hacía más y más pequeña. Una vez llegué a donde se encontraba la luminiscencia, esta me dio una gran sorpresa al descubrir que era una simple lámpara de aceite en el suelo, me agaché a levantarla y seguí mi camino. Conforme andaba sin rumbo aparente, me vi en la necesidad de andar a gatas, pues el túnel ya era muy estrecho. Hubo un punto en el que ya era incapaz de seguir, alargué mi mano que tenía la lámpara para observar cuanto más seguía el camino, y pude divisar con mucho esfuerzo que el camino era tan estrecho que ni un ratón sería capaz de pasar por allí.
Mantenía cargando la lámpara con mi mano izquierda, decidí moverla hacia los lados y hacia arriba esperando encontrar una salida, pero no tuve éxito, entonces decidí voltearme para regresar, y fue en ese momento, que la flama del candil se ilumino de tal forma que me cegó y atrapó en su calor, provocando que me incendiara, por fin sentí dolor, pánico, miedo y angustia. Era incapaz de moverme, como aquel sentimiento que tienes cuando “se te sube el muerto” mientras duermes. Grité con furia, luego mi voz se esfumó, sin poder moverme ni gritar, el pánico se apoderó de mí, empecé a sudar como nunca antes y pareciera que aquello encendía con más vehemencia las llamas, movía mis ojos de lado a lado, para mi horror, era capaz de ver mi reflejo en todas las paredes, pobre de mí que poco a poco me calcinaba.
En aquel momento llegó a todo galope un unicornio, de piel plateada, cresta violeta y cuerno dorado. Sentí como su cuerno acabó con mi sufrimiento al enterrarlo en mi garganta.

Desperté en un bosque, y a mi lado, aquel unicornio. Era incapaz de mirarle a sus ojos, pues aquello me hacía recordar el fuego que me destruía de adentro hacia afuera.
El unicornio me comentó que habían pasado ya dos siglos, habló con las hadas de la vida y la muerte y lograron recuperar mi cuerpo junto con algunos recuerdos, acto seguido, cantó.
Y así desperté de ese agonizante sueño.

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