Saturno

El alimento del placer, encadenado en una prisión sin salida, inmortal, pero en agonía, supura sangre y veneno, engendrado del odio y del amor que siempre existió, pero nunca emergió.
Encadenado a un poste, el can que solía proteger la tierra de hades, liberado por la tormenta del miedo.

En la oscuridad y al acecho, aquella sombra con sus erizados pelos y ojos de un anaranjado opaco, andaba entre los pasillos de la soledad.
En mi cuarto había oído las suaves pisadas; procurando mantener la calma, salí de mi habitación, pero para mi sorpresa, la calma duraría poco. Al ver en la pared contraria a la ventana, la sombra del can se mantenía estática; su cabeza girada a la derecha, pero con una mirada que apuntaba a una dirección distinta, tan penetrante e intimidante. Aquel miedo a la muerte, aquella intranquilidad; recuerdos de un pasado en agonía despertaban, mientras las exhalaciones de su nariz se sentían en mi nuca, me quedé sin palabras ni capacidad de moverme en aquel instante, preparado para luchar me giré rápidamente. No había nada, la sombra desaparecida de la pared me tranquilizó. ¿Un sueño o una realidad?
Las sombras de la noche me bloqueaban mi visión objetivo.

Sin embargo, conforme los días transcurrían, el miedo a un peligro inminente aumentaba. Al despertar, varios de mis artículos en mi hogar se encontraban dispersos y otros mordidos. Las preguntas emergían, lluvia de pensamientos.
Las rejas de la pasión, quebrantadas por la ira de la felicidad. Noche tras noche, la risa me invadía entre mis nervios y mis placeres, el temor a ser atacado no disminuía; al contrario, los sonidos dejaban de ser tan sutiles y se convertían en fuertes pisadas, la madera crujía y las paredes temblaban. Aguardaba el momento en que entraría aquel ser a mi recamara, preparado con una navaja, pero la hora nunca llegó y entre más cerca creí que estaba, más profundos eran mis pensamientos. A la mañana siguiente vi una sombra de un ente pequeño, con forma de duende, que se ocultaba detrás de las cortinas de mi cuarto, con miedo, lo apuñalé con mi navaja repetidas veces, la cortina quedó trozada, pero no había rastros del ente. Retrocedí algunos pasos y espantado me pregunté si me había vuelto paranoico, pero mi locura me borró tal pensamiento y acto seguido me lancé contra la cortina entera, la destrocé y grité de ira o de dolor, pues pronto me percaté que la cortina se encontraba intacta y los rasguños e incisiones habían sido contra mis brazos y piernas. El día fue eterno, el atardecer aún peor, pero la noche no terminó, en lugar de ello, fue mi vida la que culminó. Los horrores del can, los movimientos sagaces de los entes ocultos entre las sombras y el miedo que me mantenía en vela, fueron elementos que taladraban mi mente. Saturno se carcajeaba mientras veía como mis delirios terminaban por corromper mi integridad, mientras pisaba mal entre las calles nocturnas, mientras gritaba y mientras me derrumbaba. Antes de sucumbir ante los dolores de mi cuerpo, antes de que mi cerebro colapsara, una sombra se acercó a mí, ya no opuse resistencia.

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