Miradas perdidas

Las voces callan lo que han dicho por eternas noches e infinidad de días, en el incierto punto, entre el cielo y el abismo, la sombra de la verdad sentada conversando con aquél, de rasgos tan peculiares como indescriptibles. Mirabanse sin parpadear, con sonrisas y ademanes, se contaban diversas experiencias de la vida. Llenos de júbilo esperaron a que el astro rey concluyera su camino sobre el cielo; cúmulos de nubes se movían a causa de fuertes vientos. Ni la sombra ni aquel se inmutaban, tan sólo aguardaban a la llegada de su maestra.
Si en aquel momento, en ese pequeño instante hubiera visto la sangre que fluía bajo mi brazo, si me hubiera detenido a reparar en cómo había llegado hasta aquí, no estaría contando esta pequeña anécdota que todo lo dice pero todo lo calla. Una ventisca que duró más de tres horas azotaba mi rostro, con trabajos podía apreciar los hechos en los que la sombra y el ente se arrodillaban ante aquella vieja amiga: La Luna. Le llamaban “maestra”, pues su sabiduría ayudaba a viajeros errantes a llegar a sus destinos, ayudaba a los indecisos a tomar una decisión, ayudaba al pueblo a elegir a sus reyes, y por ahí se dice que ella fue alguna vez aprendiz de Atenea.
Mis ojos lloraban por el gran viento del sur, la sombra de un negro translucido gimió por un momento, ¿de quién podría ser?, el ente ¿quién podría ser? La sombra se volteó hacia mí, aunque la verdad era difícil saber si no lo estaba haciendo ya, una sombra no tiene ni frente ni reverso, pero estoy seguro que antes no me veía, pues una vez se volteó, corrió hasta mí; traté de huir, pero envuelto en mi miedo, no pude mover mis piernas, aquella sombra me atravesó y un dolor de los siete demonios se apoderó de mí. Las puertas del infierno se abrieron ante mis ojos, quién podría ser aquel sino Caronte. El ente sonrió, su rostro pálido, ojos hundidos que infundían aquel temor a morir, el miedo a la perdición. Su brazo izquierdo, esquelético, se acercó a mí; traté de huir, pero me fue imposible, las cadenas de la agonía me mantenían sujeto al suelo. Mí alrededor se incendiaba de un fuego gélido, las palabras indescriptibles de Caronte ardían en mis oídos. La sombra seguía dentro de mí, y mi mente se retorcía de formas inimaginables, recordar el dolor me hace tirarme al piso, taparme mis oídos y gritar con tanta tristeza y agonía.

“No es lo que veo lo que te perturba, como no es lo que sabes lo que te mantiene en vela, los pasos que has dado han dejado las huellas de la aberración humano, tu destino, me temo, ha llegado, pero no te preocupes, todos temen al principio, pero una vez allá en las profundidades, entre el abismo y el fuego, las almas son libres, los seres se han despojado de sus pecados, no hay peso con el cual cargar”

Recitó Caronte, la sombra salía de mi cuerpo, mis ojos ardían y mis extremidades eran inmóviles, me quedé varado sobre el suelo mientras miraba como la sombra le daba la espalda a Caronte. Una neblina nos fue cubriendo, esta se empezó a espesar, el duelo entre ambos seres etéreos comenzaba, y culminaría con la caída de la sombra. En ese momento, comencé a gatear hacia ella.

“Mi trabajo ha concluido” sentenció Caronte

La sombra tenía algo que me pertenecía, un algo que no me dejaría dormir si no lo conseguía. La sombra tosía y de ella emanaba sangre.

“No te esfuerces por salvar la vida que nunca existió, es tan sólo una sombra de un pasado lleno de errores, de un presente inmaduro y de un futuro inexistente” replicó Caronte antes de desaparecer entre las nubes que se aglomeraban sobre nosotros.

6a00d8341d9eec53ef01538e42b49a970bApenas y se desvaneció en los oscuros cielos, retomé mi camino hacia la sombra que se marchitaba con el paso de los segundos, cada paso que yo daba, ella se disminuía en tamaño, como cuando el sol alcanza su punto más alto y nuestra sombra se vuelve imperceptible. Traté de apurarme, pero mi cuerpo a duras penas respondía, la sombra se volteó y sentí su intensa mirada provocada por una nada perdida en la oscuridad.
Los minutos en el reloj han transcurrido a semejante velocidad. Me veo envuelto, por tanto, en una sábana de fina arena que va contando mis días, mis horas y segundos. Las conversaciones perdidas entre distintos vientos provenientes del norte y del sur, llevan mis palabras a los distintos oídos de tan diversas personas en el mundo, no obstante, y aquel grito ahogado de agonía que deseo todos escuchen es callado por el trombón de vientos cálidos y fríos, mientras me desplazo con tal sutileza por el suelo para alcanzar la sombra que me ha robado lo que no creo recuperar, me doy cuenta de las horas que me restan, la sangre emanada por mi cuerpo me destroza, el dolor que siento ahora, es indescriptible. Mi alrededor gira de derecha a izquierda y viceversa, mis alucinaciones provocadas por fuertes mareos son síntomas de una muerte segura, a lo lejos oigo la barca de Caronte preparándose para mi oscuro viaje, pero ahora no puedo darme por vencido y logro con mis pocas fuerzas, detener a la diminuta sombra; como un rompecabezas, requiero de esa pieza que me fue robada para concluir con la obra, mi alma fragmentada por las distintas luchas en las que me he envuelto, ha perdido una pieza que logra conectarla con mi mente y cuerpo. La sombra de la desesperación se ha ido sin éxito, pues en mis manos tengo el fragmento restante.

En mi despertar, bajo la intensa luz del sol, recuerdo aquella noche como una horrible pesadilla en la que pude no haber despertado, no logrando contar mí aventura en la que Caronte y Desesperación se encontraban en duelo. El cálido aire golpea mi débil cuerpo, logro levantarme con mayor energía que la que ayer tenía en la noche, mi sangre sigue allí, huellas de un duelo entre la vida y la muerte.

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