Lluvia de Chocolate

En la mañana te despiertas y observas a través de tu ventana aquella ciudad que tanto color ha retirado el mundo, intentas imaginar un cielo azul con nubes formando extrañas figuras, pero únicamente ves esas nubes grises denominadas “Smog”, entonces decides regresar a tu cama y dormir unos minutos más.

Te encuentras sobre la sombra de un naranjo, te recargas en su tronco y ves ese hermoso  pasto de vivos verdes, a lo lejos y cerca de unas pequeñas flores blancas aprecias una mariposa con sus magnificas alas color turquesa tomando su néctar; pronto ves llegar dos más jugando y te imaginas que son hermanaos discutiendo; ríes y ahora te recuestas viendo el cielo, una gorda nube forma quizás un unicornio o un caballo o una vaca, segundos después llega una delgada nube que empuja a la otra, y sus formas se modifican cambiando y formando un extraño rostro. El rostro te habla, sus ojos y labios blancos como el azúcar se mueven con cada silaba, canta:

“En las noches de este verano  y en las mañanas del futuro invierno puedes observar las mariposas revolotear,

pero en las noches de otoño y mañanas de primavera puedes oírlas discutir.
Sin embargo, he de decirte, el tiempo aquí no existe, como yo tampoco, y podrás revolotear aquí y allá,
 también podrás discutir con estos y estas,
pero ni la primavera ni el invierno y el verano y el otoño son dignos de apreciar ni de discutir,
si me has entendido levántate,
si no, sigue soñando”.

¿Dime se entendiste?, un no sería lo que esperaría de ti. Tu silencio habla, ahora me doy cuenta de donde estás; pero si tu no lo sabes, no te lo puedo decir.

En tu camino en busca de esos deliciosos pasteles de chocolate, sigues el radiante sendero de las rosas azules, aquellas que te miran con alegría, seguramente no han visto a alguien como tú en mucho tiempo, y quizás seas su única esperanza. El camino es largo, el cielo es de un azul profundo, te detienes a observarlo detenidamente, le buscas un inicio y un fin, pero no lo tiene, tus ojos se pierden en una enigmática nada, decides bajar la mirada y ver al horizonte donde sobresale la torre de una iglesia.

El tiempo pasa y no pasa, corres de alegría al imaginar aquellos diversos pasteles de chocolate, trufa y moka; algunos de pan y otros de frutas como las fresas y mango, pero también de otros sabores inimaginables que podrías hallar en este extraño mundo.

Conforme avanzas, dejas atrás las flores que te saludaban y sonreían, para dar  paso a un puente que cruza el lago nocturno, pues siempre es de noche, y si no me crees, levanta tu vista, ¿Ves cuan encantadora es la luna?, no está llena, quizás es porque no ha comido en los últimos días, está en su cuarto creciente, pero eso te permite que mires aquellos titilantes puntos dorados llamados estrellas, y puedas contarlos: una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez… once… doce.. trece… catorce… quince… y tras un rato veinte… cincuenta… sesenta… cien… doscientas… (sigue la cuenta por tu cuenta) mil… y miles de estrellas.

Para este tramo del camino te habrás olvidado de tus deseos y preocupaciones, pues ya estás frente a la puerta de los sueños, pero tu última motivación del día es la que abrirá aquella puerta, para abrirla debes fijarte bien en ella y olvidar tus tormentos.

¿Me preguntas como?, pero si son tus tormentos, no los míos

Entonces la miras, le das la vuelta, pues parece una pared en la nada, con dos cerezas en lo alto, las dos torres a su lado parecen empalagosas y la tierra tiene un extraño olor comestible, en este momento respondes: “Chocolate”.

Al entrar…

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